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Lun, Dic

Sangrado semanal | Juana Lor

Hay una frase de Leonardo da Vinci que dice: "Alaba a tu amigo públicamente y critícalo en la intimidad". Esta frase del maestro me lleva a pensar directamente en las notas de dirección. Cómo darlas, qué tipo de palabras y forma utilizar para señalar a los actores aquello que puede hacerse mejor. Cómo cercenar de raíz lo que nos es válido. Me refiero aquí tanto a temas técnicos como a actitudes que se toman frente a la cosa y que no ayudan a que una escena galope hasta la siguiente.

Hay maestros que me dibujan media sonrisa sardónica en la cara cuando pienso en ellos. Hay gente que no soporta trabajar con ellos, porque resultan rudos o insensibles frente a los interiores del alumnado. Pero yo creo que, quizás, quien no soporta ese tipo de trato es, en realidad, nuestro ego, entendido como una amalgama de miedos e inseguridades que forman capas de dura cerrazón que protegen nuestra esencia más íntima con garras y dientes de dragón. No vaya a ser que la llave del maestro consiga su objetivo y deje nuestro corazoncito a la vista de todos.

Pero es que se trata de eso. Se trata de mostrar vísceras. Esto va de entrega, señores, no queda otra. Hay que darse la vuelta a la piel y mostrar los adentros. El personaje de Olga Knipper de la obra Neva dice en un momento determinado a sus admiradores: "¡Gracias!" "¡Gracias por haber venido a compartir conmigo este momento tan íntimo!" ¿Íntimo? Resulta por una parte casi ridículo oír a una actriz dar las gracias a la gente porque hayan venido a compartir con ella un momento tan íntimo. Ese momento tan íntimo es su exposición en un teatro ante cientos de personas. ¿Es eso acaso intimidad?

Cuando damos notas de dirección en sala también estamos en la intimidad. Más que nunca estamos en la intimidad. Dirección y actores son la masa proteínica y lipídica dentro de la cáscara de un huevo. Todos forman parte de la misma sustancia y son, en realidad, lo mismo. Por eso, cuando se da una nota de dirección, esa nota va dirigida al elenco entero, aunque haya sido uno de sus miembros quien la haya suscitado. Por eso, cuando un actor llora de alegría, en realidad, lo hace el grupo entero. Y, sin embargo, en las manos de la dirección descansan en gran medida las sensibilidades, los sueños, la motivación y la entrega de los actores. Sepamos tratarlos con sumo respeto y escuchar sus necesidades, para identificar qué circulo de intimidad es el apropiado para señalar sus sinsabores.