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Dom, Feb

Velaí! Voici! | Afonso Becerra

La danza, entre otras cosas, se compone de movimientos en movimiento y movimientos en la quietud, de gestos, de pasos prefijados, que pueden pertenecer a un estilo o a una tradición, y de pasos que surgen inéditos de la necesidad del momento. La danza puede poner su movimiento al servicio de una narrativa más o menos explícita, con la voluntad de contarnos algo. La danza puede ser libre de cualquier narrativa y cautivarnos, sin necesidad de cuentos, por su propia energía y gracia.

 

La energía y la gracia emana de las personas que danzan y la danza materializa o fisicaliza, hace física y palpable esa gracia, esa energía que nos alcanza.

En Galicia existe una joven compañía de danza contemporánea que se llamaba Prácido Domingo y que debutó en diciembre de 2017 con su esotérica y sensual pieza Non hai que ser una casa para ter pantasmas (No hay que ser una casa para tener fantasmas). Sea porque los confundían con el famoso tenor Plácido Domingo, debido a que el nombre de la compañía coincidía con la traducción al gallego del nombre del tenor, sea porque la identidad no tiene porque ser un constructo totalmente sólido e inmutable, sea porque las circunstancias para la danza, en el Estado español y aún peor en Galicia, no son para nada plácidas, en 2019 cambiaron el nombre para Pálido Domingo. De plácido a pálido, pese a la casi homofonía, hay una cierta diferencia.

Pálido Domingo son, en la danza y coreografía: Belén Bouzas y los gemelos Diego M. Buceta y Fran Martínez, y en la iluminación: Laura Iturralde.

El pasado jueves 23 de enero de 2020, después de una residencia en el Teatro Ensalle de Vigo, estrenaron, en esta misma sala, su segunda obra: Pentecostés.

En esta pieza la danza es libre, no persigue una narratividad explícita. Es libre, aunque haya una coreografía y podamos percibir diferentes secuencias dentro de un ceremonial dancístico, que también se acompaña de acciones caligráficas, proyectadas sobre el muro de fondo.

Esos textos, proyectados sobre la pared a modo de carteles, contienen pensamientos y mensajes que la compañía nos desea transmitir. En algunos casos se trata de un discurso metateatral, en el que reflexionan sobre la propia danza que estamos a presenciar, en el que nos abren las dudas y cuestiones que les fueron surgiendo durante el proceso de creación. De esta manera, nos hacen partícipes del mismo y no intentan enmascarar o disimular la incertidumbre y el temblor que supone el acto procesual de la creación. De esta manera, Pentecostés no se nos presenta como un producto de las denominadas “industrias culturales”, con su data de consumo y de caducidad, sino como una obra de arte viva que, en el momento de su presentación, sigue respirando y temblando, como un animal que busca la luz del sol para calentarse, para ronronear, para esponjarse, para retozar, para estar a gusto… con nosotras/os.

En uno de los textos, Fran se pregunta si un movimiento puede pertenecer a alguien. Él llevaba un tiempo encantado con el trabajo de una bailarina extranjera y aquí, en Pentecostés, inspirándose en ella, nos ofrece un solo en el que se mueve de una manera irreconocible. O sea, la referencia se esfuma, o por nuestro desconocimiento de la fuente o porque, en realidad, su performance responde a la pregunta sobre la propiedad de un movimiento: el movimiento solo es danza cuando canaliza o materializa la energía, la luz y la gracia de la persona que lo realiza, sea este movimiento imitado de otra persona o inspirado en otro movimiento, sea “original”.

Esta es, precisamente, una de las virtudes de Pentecostés, igual que ya lo era de Non hai que ser unha casa para ter pantasmas, la originalidad coreográfica, alejada de tendencias en boga, alejada de referentes artísticos reconocibles. Esa originalidad de la cía. Pálido Domingo me parece a mí que tiene su raíz en la singularísima energía y gracia de Belén, Diego y Fran, en sus mundos personales, en su armonía con el planeta, en su buen rollo. Porque, para qué vamos a negarlo, hay gente por ahí que tiene muy mal rollo, que están encabronados y amargados por frustraciones o por lo que sea, hay gente que atesora odio y miedos… Sin embargo, estas personas danzantes: Belén, Diego y Fran, son todo lo contrario, destilan simpatía y buen rollo, de ese buen rollo que no es impostado, que no es una pose ni el “buenrollismo” hipócrita estilo Walt Disney.

Por otra parte, la “originalidad” coreográfica de Pálido Domingo, además de enraizarse en el estar y el ser de las personas, también se basa en un depurado trabajo de creación, que no se debe a nadie, ni a circunstancias exógenas (programadores que están a la espera de un producto con unas características determinadas, la ambición de competir con otras compañías y de producir uno o más espectáculos cada año, etc.). Un trabajo de creación fiel a las necesidades y al devenir de las personas que lo integran.

De fondo late el substrato de tres profesionales con una formación intensa y multidisciplinar. Belén, Diego y Fran estudiaron arte dramático en la ESAD de Galicia. Después, Belén se especializó en Aikido, el único arte marcial pacifista que, en una situación de conflicto, reduce al contrario sin violencia, sin agresión y sin humillación. Y Diego y Fran, uno se fue a aprender Danza a Lisboa y el otro circo a Madrid. Los tres tienen, además, una formación en danza diversa. Esto, junto al trabajo con otras compañías, sin duda, alimenta la calidad de sus propuestas.

Pentecostés es una ceremonia dancística de la luz. De esa luz que emana de la fe en las rutinas cotidianas, en las que se incorpora el camino de la voluntad rehabilitadora del ser humano. Porque caemos en las tinieblas del abandono de nosotras mismas, de nosotros mismos, desfallecemos y las rutinas nos ayudan a erguirnos y a rehabilitarnos.

Pentecostés es, también, una ceremonia de la luz que se enciende en los rituales individuales y en los compartidos. Por ejemplo, la acción caligráfica nos dice que Diego se ha dado cuenta de que cuando se ducha hace siempre el mismo recorrido con las manos (frotar las ingles, las nalgas, la cara…). Y de ahí sale una partitura de movimientos repetida como una letanía, por los tres, en círculo, mientras entonan cánticos en latín: la secuencia de Pentecostés Veni Sancte Spiritus (siglo XI – XII).

Los rituales y liturgias compartidas en buena compañía son otro manantial de luz. La dramaturga Laura Porto, me comentaba, a través de las redes sociales, que la canción en inglés que canta Belén en una de las secuencias, Perfect Day de Lou Reed, “es todo un himno del siglo XX y habla, fundamentalmente, de cómo la compañía adecuada nos hace ser mejores personas, incluso en los peores momentos.”

La ilusión y la fe que depositamos en pequeños gestos, como ofrendas que nos alumbran, es otra acción. Velahí el juego con las velas y el pequeño altar en el que Dios o los Santos son sustituidos por una lata inclinada que gira igual que el planeta Tierra. Una lata de la hermandad de las latas, que colocaron en fila, para trazar una especie de instalación en la que confluye la luz maravillosa de Laura Iturralde, que dibuja una línea entre los intervalos de las latas. Velas, latas, un altavoz, cerillas y unas pocas flores secas.

En Pentecostés hay amor y humor; cánticos en latín (divinas palabras), que contrastan con música profana en inglés, desde la música comercial para las rutinas de gimnasio hasta la melancólica Perfect Day de Lou Reed; velas votivas, que contrastan con las latas de cerveza y de refresco; giros sufís y un movimiento, en general, que evoluciona por el suelo en arrastres, otros giros e impulsos, con pequeñas elevaciones del cuerpo que cae a plomo, en composiciones a trío, a dúo y a solo, con posiciones invertidas, sobre la cabeza, que contrastan con frases físicas de entrenamiento a base de asanas (posturas) de yoga, y más aún con las rutinas típicas de un gimnasio “para tener unos glúteos de acero”, como dice la voz en off de la monitora.

También me gustaría señalar ese momento en el cual la acción caligráfica ironiza sobre las ganas que tiene Belén de mostrar una imagen de fuerza al mundo. Ella duda de si es realmente fuerte o si solo se ha convencido de que los es. Mientras, realiza una coreografía que pone en danza movimientos de artes marciales. En contraste, Diego y Fran miran el solo de Belén tumbados plácidamente en el suelo, con un rayo de luz atravesando su mirada. Descargas de fuerza en la vertical y reacciones corporales a golpes invisibles en la horizontal, bañada por una densa luz roja, que hacen de la fuerza pura belleza y embeleso.

Otro momento precioso, para mí, es la ceremonia en la que uno de los bailarines alumbra con velitas la silueta de su cuerpo yaciente, mientras escuchamos la voz de Julio Cortázar hablando sobre recaídas y rehabilitaciones, con el texto circular titulado “Me caigo y me levanto”. Un rayo de luz, de los que Laura Iturralde desliza por el suelo y las paredes, atraviesa el cuerpo yaciente. La instalación de latas de cerveza y refresco desfila hacia la cabeza de ese cuerpo y una de ellas hace equilibrios sobre su frente, en los límites del entrecejo. El bailarín abandona su silueta yaciente, de contornos iluminados, y Belén entra en ella, encaja su cuerpo en ella. 

En Pentecostés, por tanto, hay un sincretismo polifónico, politeísta y laico, que se mueve y se alza en una especie de liturgia dancística, para pasmarnos con su luz.

Belén Bouzas, Diego M. Buceta, Fran Martínez y Laura Iturralde nos regalan una luz muy singular, que nos abarca, una luz graciosa, porque es una gracia divina. De la divinidad que les habita y que es, también, una invitación para que permitamos que la nuestra aflore.

 

P.S. – Otros artículos relacionados:

Fantasmas y transportaciones en Prácido Domingo”, publicado el 18 de diciembre de 2017.

Vigo en bruto 2018. Nacer para crecer”, sobre As vacacións máis longas de Diego M. Buceta, publicado el 2 de julio de 2018.

La amnesia de Clío. Una ópera Voadora de Fernando Buíde”, publicado el 17 de noviembre de 2019.