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19
Mar, Feb

Mirada de Zebra | Borja Ruiz
Una luz primeriza entrando por la ventana de una habitación, al amanecer. Los ojos de una niña despertándose en un día que nunca olvidará. De fondo, la voz de una madre angustiada que busca a su marido Agustín. Y después un bastón golpeando repetidamente contra el suelo. Toc, toc, toc... Así empieza "El sur", una de mis películas predilectas. Desde su estreno es considerada una obra maestra. Un film incontestable. El único que se atreve a contestarla, a ponerla en cuestión, es su propio creador, Víctor Erice. Como explicaba en detalle hace unos meses, la película es claramente una obra inacabada y no puede admirarse como un todo, como algo redondo. Obligado por el productor Elías Querejeta a finalizar el rodaje antes de tiempo, según el director el resultado final es sólo una mitad a la que le falta la otra mitad para adquirir verdadero sentido. Y sin embargo quien la ve sin estos antecedentes la admira como una creación entera, magnífica, embriagadora. ¿Cómo es posible esta divergencia entre creador y espectadores?

A un creador o creadora se le presupone genio, talento, disciplina, inteligencia, sensibilidad y otra serie de atributos que le hacen brillar de forma diferente. Se obvia sin embargo otra característica común imprescindible de esta estirpe: la crueldad. Un creador es necesariamente cruel con su obra. En su pasión por lo que crea no hay espacio para la condescendencia. Antes de que su creación pueda ser vista públicamente, la espía noche y día, de cerca, de lejos, de frente, de perfil, le corta ahora esto y luego aquello, para más adelante añadirle aquello otro, de lo que finalmente volverá a prescindir. Para el artista la obra en ciernes es un rehén que no merece piedad. No le permite ninguna imperfección, por muy leve que ésta sea, aunque sea tan leve que sólo la puedan apreciar sus ojos. El todo es una suma de muchos detalles imperceptibles. La meticulosidad es una forma sutil de violencia.

Cruel es Virginia Woolf paseando por las laderas de su casa de campo, probando al aire la musicalidad de las frases de sus novelas; cruel es Stanislavski redactando las infinitas versiones de su inacabado sistema; cruel es Picasso probando y desechando múltiples bocetos de las figuras que después aparecerán en su "Gernika"; cruel es el fotógrafo Chema Madoz visitando infinidad de carpinterías hasta lograr el tablón que tuviese un nudo de la forma de una llama de cerilla; cruel es Samuel Beckett redactando las precisas didascalias de sus obras; cruel es Angélica Liddell cada vez que sube al escenario, no porque se agreda a sí misma sino por el compromiso artístico que le arde dentro.

La crueldad hacia esa extensión de uno mismo que es la creación propia, es el impulso ineludible de quien busca la excelencia. Para ellos el disfrute está vetado. Mover, cortar pulir y afinar, para volver a mover, cortar, pulir y afinar. El ciclo no tiene fin. Incluso cuando la obra parece acabada, en sus ojos los errores brotan con más rapidez que la mala hierba. Donde el espectador ve una media naranja, un acontecimiento que completa sus expectativas, que sublima su percepción, sus sentidos y su raciocinio, el creador percibe una naranja a medias, una obra inconclusa, llena de desperfectos. Ahí está el ejemplo con el que abríamos la columna. Lo que para Elías Querejeta, espectadores y críticos es una maravillosa película perfectamente acabada, para Erice no es más que un cuerpo condenado a vivir mutilado. Es la paradoja infeliz de los artesanos por vocación. Tener la certeza de que no colmarán sus deseos si no crean, sabiendo al mismo tiempo que la creación, salvo aislados chispazos, es un estado de insatisfacción perpetua.

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