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Mié, Oct

Mirada de Zebra | Borja Ruiz
Somos muy pequeños. Pequeñísimos. Infinitesimales. Mientras el mundo se dirime dentro de una crisis que amenaza el bienestar básico de las personas, no hay zoom que nos pueda ver. Frente a los intereses que se manejan en la industria armamentística, alimentaria, urbanística, tecnológica o farmacéutica –esos depredadores sin cerebro que sólo buscan su propia supervivencia a costa de todo lo demás– nuestra actividad cultural se esfuma en la indiferencia. No es una queja, es una constatación. Nuestra minúscula dimensión es parte sustancial de lo que somos, es un sello propio, nuestra denominación de origen.

Sobre el papel, podríamos valernos de esta marca diferencial para distanciarnos de los procedimientos tan cuestionables que llevan al mundo a una irreversible deriva, y hallar una manera de estar y ser propia, acorde con una vivencia más gustosa, apasionada y consecuente. Sobre el papel tal vez sería posible, pero en la práctica somos víctimas de las mismas calamidades que afectan al macro mundo. La extrema y mal entendida competencia, el hecho de funcionar sobre la base del enfrentamiento antes que con la sinergia, el elogio superficial en la cara y la desconsideración a la espalda, anteponer el interés personal frente al interés colectivo o comunitario, los arribismos sospechosos... todo ello es tan común como en cualquier otra actividad. Tampoco más, pero tampoco menos. Imagino que la culpa es de nuestra naturaleza, tan retorcida e incontrolable como es, de la cual no nos podemos desprender, aunque a veces ganas no nos falten. Como humanos que somos, tenemos la asombrosa capacidad de añadir más dificultad a lo que ya parece estar colmado de dificultades.

En este reducido conglomerado de contradicciones que es la cultura, no siempre es fácil encontrar intereses diáfanos, puros, que estén exentos de segundos filos. Lo transparente es un espacio en extinción. Aquí y en cualquier parte, pero sobre todo cuando se van ascendiendo escaleras, pues la ambición aumenta cuanto más alto se está. Aún sabiéndose pequeño, la tentación de ser más grande parece inevitable. Y en el momento en que se intenta jugar con esta contradicción, cuando lo micro se mezcla con lo macro, la burocracia, los intereses materiales y económicos se filtran insidiosamente con la amenaza de corromperlo todo. La ilusión e inocencia inicial que movilizaron el extraño mundo de la creación escénica se desvanecen, y su lugar es ocupado por una perspectiva más empresarial y dogmática, tan habitual en la vida cotidiana. Y entonces, se tomen las decisiones que se tomen, la parte más débil, la artística, siempre tiene las de perder. Lo dice un antiguo proverbio medieval: "si la piedra golpea el huevo, se rompe el huevo. Si el huevo golpea la piedra, se rompe el huevo".

Para los instantes en que me sobrevienen estos pensamientos un tanto oscuros, siempre guardo el recuerdo de ciertas personas que me revitalizan casi inmediatamente. Nadie de ustedes las conoce. No aparecen en los libros, ni en la prensa, ni siquiera dentro del organigrama de ningún festival. Son personas que he ido encontrando en el camino, de muy diferente índole, aunque la mayoría fueron voluntarios en diferentes actividades teatrales. Su recuerdo me asalta porque en su momento, guiados por un entusiasmo desmedido, hicieron lo posible y lo imposible para que el espectáculo o proyecto que llevaba entre manos se mostrase en las mejores condiciones. Su pasión se alimentaba por sí misma, el sólo hecho de hacer posible el teatro en las mejores condiciones que marcaban las circunstancias era recompensa suficiente. La suya era pues una pasión sin apellido, pulcra, que no necesitaba ningún tipo de contrapartida. Sus nombres se me agolpan: Ariel, Camila, Bruna, Natalia, Víctor, Pei, Samuel, Erika... y otros tantos más cuyo nombre he olvidado, pero cuya imagen aún conservo. Me acuerdo de ellos y me digo que si mis compañeros y yo conseguimos mantener encendida en algún lugar de nuestra actividad esa misma pasión sin apellido, todo esto seguirá mereciendo la pena.