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Jue, Ago

Teatro en el aire invita a las mujeres a despertar su potencial sensorial, redescubrirse y compartirse a través de una de sus producciones más poéticas e íntimas, 'La piel del agua', un montaje cargado de belleza y sensualidad con la percepción como hilo conductor.

Decía Peter Brook en su libro 'Hilos del tiempo' que "el teatro no es un arte, sino una forma de alegría, viva y directa...El teatro no es intelectual. Es un fugitivo destello de vida, que nos recuerda que en el mundo nada es lineal, ni permanente, ni simple".

Y esto es exactamente lo que experimentamos las mujeres que tuvimos la suerte de compartir la experiencia que nos regaló Teatro en el aire a través de una de sus producciones más poéticas e íntimas 'La piel del agua'. Un espectáculo de teatro sensorial construido como un gran poema escénico donde la sensibilidad y la percepción del cuerpo son los principales instrumentos de lectura.

A través de la recreación de una auténtico hammam, la compañía invita a un grupo reducido de mujeres a viajar a través del tiempo hacia sus orígenes utilizando el agua como metáfora de la vida, de modo que no sólo se insta al público a despojarse de sus ropas para entrar en un baño turco, sino a liberarse de sus roles, cargas, ataduras, y despertar su potencial sensorial mediante la fuerza simbólica del agua. Es una invitación a dejarse fluir y reencontrarse cada uno con su centro, y al mismo tiempo compartir la alegría de ser a través de la piel, en un espacio donde el elemento vital de la vida, junto a los aromas, texturas, te conducen a un estado más sutil, más pleno.

Entre juegos y risas, la palabra poética de las actrices se desliza a modo de suaves susurros entre las asistentes al igual que el agua que resbala por cada uno de los cuerpos, detrás del que se esconden tantas historias, vivencias, recuerdos...

Un montaje cargado de belleza y sensualidad en torno a un acto de comunión y cofraternidad lleno de luz, que no escénica, tenue y delicada, sino la que emana de cada persona; un espacio donde no faltan las sonrisas, complicidades e incluso alguna que otra lágrima, pues la emoción se vive, se siente, se palpa; una experiencia para vivir el teatro a flor de piel, un auténtico baño para los sentidos y para el alma.

Una pieza tejida con el delgado hilo de los sueños, que encaja a la perfección en lo que Peter Brook denomina Teatro Sagrado, "un ritual para hacer brotar la esencia humana como un acto de magia, casi una transustanciación".