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04
Mar, Ago

Y no es coña | Carlos Gil

Entre la felicidad y el asombro, existe un espacio donde las confluencias sociales, procuran un equilibrio que debe ser aprovechado para creer en la magia o para abrazarse a la ciencia. Se están celebrando varios festivales a los que admiro, tengo vinculaciones sentimentales, forman parte de mi propia biografía teatral y personal y siento una suerte de contradicción contradictoria que me convierte en un volcán en erupción que suelta adrenalina, feromonas, aplausos y miedos en unos porcentajes variables. 

 

Vivo sin vivir en mí, anoto las crónicas de amistades y profesionales, admiro el coraje de enfrentarse con la lógica a la demagogia, pero no las tengo todas conmigo, me faltan datos y me encuentro en ese estado de vigilia que afronta una calma chicha que puede aventurar un huracán. El calor no ayuda a mantenerse en un alivio integral. La alarma no sirve para muchas más cosas que para poner los cuerpos en tensión, pero si alrededor de nosotros todo es contagio, ¿podemos mantener el ánimo sereno para seguir siendo una excepcionalidad que asegure como veo en las publicidades que los teatros y cines están exentos de posibilidad de contagio? 

Veamos si soy capaz de convertir esta pregunta capciosa en un aliento esperanzador. Yo he estado en Almada, en un festival, donde las medidas eran exhaustivas, el protocolo se cumplía a rajatabla, yo tenía una butaca por bando vacía y por delante y por detrás. Entrábamos por una puerta, ordenadamente, salíamos por otra, siempre monitorizados por los empleados. En la sala, con mascarilla, y si alguien se la quitaba aparecían inmediatamente empleados que con mucha delicadeza hacían rectificar a quien se daba ese alivio momentáneo. Asistí en Madrid, previamente, a teatros públicos y salas privadas con medidas similares. No tengo queja. Ninguna. Como persona de riesgo, me he sentido totalmente seguro.

A todo ello hay que añadir un factor sicológico importante, en ese Madrid no existían señas de rebrotes. En Portugal, las cifras son ínfimas en relación con lo padecido y lo que sucede ahora en España, en general, con sus focos actuales que dan pavor. Y en uno de ellos, Barcelona, mi Barcelona natal, crecen los casos de manera vertiginosa y en el Grec, ese Grec que unos cientos de actores y directores inventamos en el año 1976, se está celebrando de manera excepcional. Y ahí va mi aplauso, y mi canguelo. Como suceda un contagio, algo demostrable, se acabó la diversión para meses.

Olite es otro festival al que mi vinculación viene de largo, cuando se lo inventó Valentín Redín y lo convirtió en el espacio de libertades artísticas y de propuestas más importante de casi de todo el Estado español en aquellos meses de agosto post sanfermineros. Principios de los años ochenta del siglo pasado. Sobrevive con diferentes formatos desde entonces, vinculado durante unos años a lo clásico, ahora de la mano de Luis Jiménez está en un acercamiento a los lenguajes contemporáneos que me parece saludable, pero en Navarra hay muchos focos, hay restricciones y en el pueblo de donde soy oriundo a muy pocos kilómetros, el ayuntamiento ha parado todas las actividades al aire libre, fiestas, reuniones públicas y demás. Esa cercanía me hace pensar en que la voluntad es grande, que el miedo existe y se metaboliza y nos convertimos en gente que sabe que corre riesgos y lo acepta y tira para adelante. Más aplausos.

En Mérida, por las circunstancias que sean, la noche de inauguración se rompieron los protocolos o así lo sintieron cronistas y públicos que manifestaron su inquietud por la falta de medidas de seguridad, distancias, entradas y salidas, y que, además, al parecer, se vendió o utilizó por las circunstancias especiales de estar la familia real, heredera de Juan Carlos I, presente un número elevado de localidades. Lo definen algunos como escándalo, podemos entender que se trata de un desliz, sospechoso, claro está, pero rectificable, entre otras cosas porque la Consejería de Sanidad de Extremadura hizo que la siguientes funciones se realizaran con el cincuenta por ciento del aforo, según ley, decreto o recomendación en esta ocasión taxativa. 

Pero al parecer las funciones posteriores se realizaron con mucha menor afluencia de público que puede ser, en parte, fruto de lo sucedido el primer día que trascendió a la prensa local, aunque como viene siendo habitual hay un coro de periodistas invitados a cuerpo de rey que en su menú parece que junto a ese espiritual jamón de bellota extremeño, les ponen un poco de burundanga ya que no recuerdan casi nada de lo malo o que puede molestar a la dirección del festival y mandan unas crónicas excelsas, de manual del buen invitado. 

Y que conste en acta, no me estoy refiriendo en absoluto a las opiniones o críticas a la obra representada, ni sus calidades. Me refiero a lo que sucedió y a sus posibles repercusiones, que es ese miedo que tengo metido en el cuerpo de la experiencia. Vayamos adelantando, vayamos perdiendo miedos, pero no cometamos imprudencias que después paguemos todos de manera mucho más lesiva que el actual estado de incertidumbre.

No es fácil tomar una decisión u otra. Aplaudo a todos cuantos deciden seguir, como a los que anulan o atrasan. Pero las precipitaciones pueden volverse contra todos. Y esperemos al telediario, que sabemos que miente sobre los casos existentes. Y que el Turismo parece entrar en estado de coma. Nosotros, atentos al dato, SOMOS CULTURA.