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Dom, Jul

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Una obra de arte es como una puerta. Detrás de ella queda oculta toda una larga estela de disquisiciones teóricas, de enredos filosóficos, de técnicas que se aprendieron ex profeso para su consecución. Atrás quedan también la infinidad de caminos creativos que se apuntaron, pero que al final quedaron sin ser pisados. La puerta veda al espectador el minucioso proceso que se llevó a cabo para llegar al resultado final, le impide acceder al entramado de significados, de imágenes, de asociaciones urdidas para la composición última de la obra. En el momento crucial, el bagaje de experiencias queda cerrado al otro lado. Frente a una obra, el espectador sólo ve una puerta que le invita a entrar. Es el “sí o no” del arte. O se entra o no se entra. O se viaja o no se viaja. Es una moneda al aire, un efecto entre el azar y el misterio, que ningún libro, ningún maestro ni visionario puede explicar completamente.

Hace unos meses me pusieron en las manos dos películas de Federico Fellini: “La dolce vita” y “Fellini 8 ½”. Pese a ser un amante fervoroso del cine, aunque me prodigue poco en ello, hasta entonces no había tenido oportunidad de verlas. Durante mucho tiempo me habían hablado maravillas del genio italiano, de la atmósfera perturbadora e inquietante que envuelve sus películas, de su capacidad de recrear en la pantalla mundos imaginarios que se rigen por sus propias leyes. Después de todo este lapso con el ansia latente, por fin me encontraba frente al televisor a punto de ver “La dolce vita”, con el dedo índice acariciando la tecla del “play”. Sentado en el sillón, me auguraba a mí mismo un viaje extásico por el tobogán del mejor cine. Sin embargo, contra todo pronóstico, al de media hora de comenzar la película, cabeceaba noqueado por el sueño. Todas las esperanzas puestas en el film, construidas a base leyendas y de ilusiones no desembocadas, habían volado ante el soplido de Morfeo como si fueran un castillo naipes. ¿Cómo podía ser? ¿Estaba perdiendo el gusto artístico? ¿Era incapaz de apreciar ya las buenas películas?

Al de unas semanas, en un intento por resarcirme de este sentimiento de culpabilidad y cuidando de que el sueño estuviese saciado, me propuse ver “Amarcord”. Sorprendentemente, para tortura de mis músculos del cuello, también al de treinta minutos exactos de reloj, repetí la misma coreografía de la cabeza. Si antes decía que una obra de arte es como una puerta, era evidente que a mí la puerta del cine de Fellini no se me abría; más bien me producía una suerte de somnolencia que me obligaba a dormir a su vera.

Comentándolo con una historiadora del arte, también amiga, que sabía que no me iba a culpar cuando le hablase del efecto clorofórmico que el cine de Fellini había tenido sobre mí, me dijo que no me preocupase, que eso era normal. Curiosamente a ella sí le gustaba Fellini, particularmente “La dolce vita”, pero me puso otro ejemplo: “Mira, la mayoría de la gente idolatra a Andy Warhol, y a mí, en cambio, su obra no me dice nada. Ya pueden explicarme todos los entresijos revolucionarios de sus creaciones, que él será siempre el último artista del que vería una exposición”. Ella misma dejó en el aire una frase que, desde entonces, estoy centrifugando en alguna parte de mi cerebro: “el arte conceptual cuando funciona, funciona a pesar del concepto”.

Siempre me ha parecido que la relación de una obra de arte con quien la disfruta, está más cerca de la pasión amorosa que de una tertulia filosófica. Gran parte del poder de atracción de una obra reside, precisamente, en el primer impacto, en un flechazo que escapa a todo raciocinio, a toda experiencia previa, a cualquier juicio académico que pretenda capturarlo. Es fácil explicar las razones por las cuales una obra de arte falla claramente. Sin embargo, razonar por qué una obra funciona es muy complejo. Es más, el hecho de que una obra sea difícilmente abordable desde el razonamiento, suele ser el síntoma de aquellas obras que guardan un poder de atracción fuera de lo habitual. Se puede decir con otras palabras: una creación que se puede explicar completamente es posible que no merezca la pena.

El hecho de que ante una obra se abra o no la puerta -esta dicotomía dogmática, inexplicable y un tanto caprichosa-, es uno de los aspectos más estimulantes del arte. Por mucho que una creación esté avalada por la crítica, por el gusto de la mayoría del público, o por el consejo del mejor de los amigos, el arte tiene la capacidad de hablarte en soledad, sólo a ti. Te sitúa en una atmósfera de intimidad frente a una puerta y, como susurrándote, te invita a pasar al otro lado. Después entrarás o te quedarás fuera. Así es el hechizo del arte. Eso sí, en el felpudo siempre estarán inscritas las palabras: “bienvenidos y bienvenidas”.

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NOVEDADES EDITORIALES

Los cinco continentes del Teratro

Querido lector, quisiera contarte aquí cómo nació la idea de este libro porque el origen, como sabes, es al mismo tiempo, el inicio y el fundamento. A fines del siglo pasado, estábamos sorprendidos de que nuestro libro El arte secreto del actor. Diccionario de antropología teatral –publicado por primera vez en 1983– continuara siendo editado y traducido en diferentes idiomas. Probablemente resultó eficaz su fórmula simple en la que textos e imágenes tienen la misma importancia, y uno constantemente remite al otro; las ilustraciones se volvían protagonistas para sostener un nuevo campo de estudios, la antropología teatral ideada por Eugenio. Si como estudioso del teatro yo había colaborado con la antropología teatral, ahora le pedía a Eugenio su participación en la vertiente de la Historia, con un libro que imaginábamos como un complemento del precedente. Aun teniendo que decidir toda la organización del libro, me respondió que era una buena idea y me propuso que los argumentos giraran en torno a las técnicas, nunca lo suficientemente estudiadas, de los actores.
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Puntos de vista

Es un privilegio el poder dar a conocer el trabajo que desde finales de los años 60 Suzanne Osten ha desarrollado tanto en Suecia como en el resto del mundo, a través de presentaciones, giras, conferencias y workshops. El alcance de la obra de Suzanne se se debiera condensar en unas pocas palabras toda su obra hablaría de: riesgo, compromiso, comunicación, lucha y una inalterable apuesta por los olvidados dentro de los olvidados: los niños. Y junto a ellos los jóvenes. Es a ellos a los que Suzanne ha dedicado una enorme parte de su actividad creadora.
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Poética del drama moderno

El objeto de esta obra es el de definir el nuevo paradigma de la forma dramática que aparece hacia 1880 y que continúa hasta hoy en las dramaturgias contemporáneas. Se tiende así un puente entre las primeras obras de la modernidad en el teatro como las de Ibsen, Strindberg o Chejov, y las más recientes, ya se trate de las obras de Heiner Müller, Bernard-Marie Koltès o Jon Fosse. Jean-Pierre Sarrazac desvela la dimensión rapsódica del drama moderna: una forma abierta, profundamente heterogénea, en la que los modos dramático, épico y lírico, e incluso argumentativo (el diálogo filosófico que contamina al diálogo dramático), no dejan de ensamblarse o de solaparse. Lejos de compartir las ideas de “decadencia” (Luckàcs), de obsolescencia (Lehmann) o de la muerte del drama (Adorno), Poética del drama moderno dibuja contornos, siempre en movimiento, de una forma la más libre posible, pero que no es la ausencia de forma.
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La zanja

¿En qué momento compartimos el viaje que nos hizo ser tan iguales? ¿Cómo reprocharnos y atraernos tanto? La respuesta está en el tiempo pasado, en nuestros ancestros, en el recuerdo común que permaneció oculto. Porque en definitiva, hemos heredado las acciones de unos hombres sobre otros y las influencias sobre el colectivo. La Zanja refleja el encuentro entre dos mundos, ese ciclo infinito que se repetirá una y otra vez. Es un trabajo exhaustivo de creación, surgido de la documentación de las crónicas de la época y nuestros viajes al Perú actual.
Precio : 10€

Pasarela Senegal

En enero de 2007 el diseñador Antonio Miró presentó en la Pasarela de Barcelona un desfile no exento de polémica con ocho inmigrantes sin papeles y una escenografía con una patera y cajas. De tal acontecimiento le surge la idea de la obra a López Llera, quien, a raíz del suceso siente la necesidad de reflexionar sobre el papel del artista en la sociedad del espectáculo2, sobre la validez y efectividad de las denuncias sociales a través del arte y sobre el sentido de su propia escritura. La pieza constituye una magnífica denuncia dramática de la banalización de la cultura y del espectáculo.
Precio : 10€

Hacia una poética del arte como vehículo de Jerzy Grotowski

La reinvención de Pere Sais ondea en el título de la obra: Hacia una poética del arte como vehículo. Grotowski, como se sabe, imaginaba que la “cadena” de las performing arts podía mantenerse tensa entre dos extremos: el arte como presentación por una parte y el arte como vehículo en el extremo opuesto. Al hablar de poética del arte como vehículo se realiza un salto epistemológico.
Precio : 24€