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Vie, Oct

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Una obra de arte es como una puerta. Detrás de ella queda oculta toda una larga estela de disquisiciones teóricas, de enredos filosóficos, de técnicas que se aprendieron ex profeso para su consecución. Atrás quedan también la infinidad de caminos creativos que se apuntaron, pero que al final quedaron sin ser pisados. La puerta veda al espectador el minucioso proceso que se llevó a cabo para llegar al resultado final, le impide acceder al entramado de significados, de imágenes, de asociaciones urdidas para la composición última de la obra. En el momento crucial, el bagaje de experiencias queda cerrado al otro lado. Frente a una obra, el espectador sólo ve una puerta que le invita a entrar. Es el “sí o no” del arte. O se entra o no se entra. O se viaja o no se viaja. Es una moneda al aire, un efecto entre el azar y el misterio, que ningún libro, ningún maestro ni visionario puede explicar completamente.

Hace unos meses me pusieron en las manos dos películas de Federico Fellini: “La dolce vita” y “Fellini 8 ½”. Pese a ser un amante fervoroso del cine, aunque me prodigue poco en ello, hasta entonces no había tenido oportunidad de verlas. Durante mucho tiempo me habían hablado maravillas del genio italiano, de la atmósfera perturbadora e inquietante que envuelve sus películas, de su capacidad de recrear en la pantalla mundos imaginarios que se rigen por sus propias leyes. Después de todo este lapso con el ansia latente, por fin me encontraba frente al televisor a punto de ver “La dolce vita”, con el dedo índice acariciando la tecla del “play”. Sentado en el sillón, me auguraba a mí mismo un viaje extásico por el tobogán del mejor cine. Sin embargo, contra todo pronóstico, al de media hora de comenzar la película, cabeceaba noqueado por el sueño. Todas las esperanzas puestas en el film, construidas a base leyendas y de ilusiones no desembocadas, habían volado ante el soplido de Morfeo como si fueran un castillo naipes. ¿Cómo podía ser? ¿Estaba perdiendo el gusto artístico? ¿Era incapaz de apreciar ya las buenas películas?

Al de unas semanas, en un intento por resarcirme de este sentimiento de culpabilidad y cuidando de que el sueño estuviese saciado, me propuse ver “Amarcord”. Sorprendentemente, para tortura de mis músculos del cuello, también al de treinta minutos exactos de reloj, repetí la misma coreografía de la cabeza. Si antes decía que una obra de arte es como una puerta, era evidente que a mí la puerta del cine de Fellini no se me abría; más bien me producía una suerte de somnolencia que me obligaba a dormir a su vera.

Comentándolo con una historiadora del arte, también amiga, que sabía que no me iba a culpar cuando le hablase del efecto clorofórmico que el cine de Fellini había tenido sobre mí, me dijo que no me preocupase, que eso era normal. Curiosamente a ella sí le gustaba Fellini, particularmente “La dolce vita”, pero me puso otro ejemplo: “Mira, la mayoría de la gente idolatra a Andy Warhol, y a mí, en cambio, su obra no me dice nada. Ya pueden explicarme todos los entresijos revolucionarios de sus creaciones, que él será siempre el último artista del que vería una exposición”. Ella misma dejó en el aire una frase que, desde entonces, estoy centrifugando en alguna parte de mi cerebro: “el arte conceptual cuando funciona, funciona a pesar del concepto”.

Siempre me ha parecido que la relación de una obra de arte con quien la disfruta, está más cerca de la pasión amorosa que de una tertulia filosófica. Gran parte del poder de atracción de una obra reside, precisamente, en el primer impacto, en un flechazo que escapa a todo raciocinio, a toda experiencia previa, a cualquier juicio académico que pretenda capturarlo. Es fácil explicar las razones por las cuales una obra de arte falla claramente. Sin embargo, razonar por qué una obra funciona es muy complejo. Es más, el hecho de que una obra sea difícilmente abordable desde el razonamiento, suele ser el síntoma de aquellas obras que guardan un poder de atracción fuera de lo habitual. Se puede decir con otras palabras: una creación que se puede explicar completamente es posible que no merezca la pena.

El hecho de que ante una obra se abra o no la puerta -esta dicotomía dogmática, inexplicable y un tanto caprichosa-, es uno de los aspectos más estimulantes del arte. Por mucho que una creación esté avalada por la crítica, por el gusto de la mayoría del público, o por el consejo del mejor de los amigos, el arte tiene la capacidad de hablarte en soledad, sólo a ti. Te sitúa en una atmósfera de intimidad frente a una puerta y, como susurrándote, te invita a pasar al otro lado. Después entrarás o te quedarás fuera. Así es el hechizo del arte. Eso sí, en el felpudo siempre estarán inscritas las palabras: “bienvenidos y bienvenidas”.