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Sáb, Abr

Mirada de Zebra | Borja Ruiz
Volteretas del destino, desde hace unos años vive conmigo una tortuga de agua. Animal de aspecto prehistórico, como una especie de versión diminuta y ralentizada del dinosaurio, la tortuga es un ser curioso, digno de admirar. Muy pronto llamó mi atención su estructurada forma de vida. En invierno dormía permanentemente, mientras que en primavera y verano seguía una rutina espartana. A la mañana, muy madrugadora ella, después de comer lo que le echaba, se ponía frente al cristal del acuario y chapoteaba durante horas sin desplazarse. Natación estática, le llamaba yo a esa actividad. Imagino que en la mente de la tortuga aquella natación estática no era otra cosa que cruzar océanos en el intento de migrar a lugares más ricos donde abastecerse mejor. Tras el exhausto ejercicio, volvía a comer para continuar con su migración imaginaria, hasta que el sol de la tarde se colaba en su transparente celda. Entonces subía a la plataforma verde –el jardín, en mi jerga particular–, extendía las patas y tomaba ávidamente el sol con la trascendencia de una escultura griega. Llegada la noche, recogía los bártulos, cenaba y se retiraba al hueco bajo el jardín, a dormir bien resguardada de cualquier peligro. Y así pasaba el animal los tiempos de buen clima.

La vida de la tortuga cambió cuando ya no pude darle de comer, pues pasaba gran parte de los días fuera de casa, y hubo que sustituir mi mano por un expendedor de comida. El aparato es una maquinita que se coloca encima del acuario y que regularmente, en un horario programado, deja caer gambas pequeñitas al agua. Como decía, el dichoso artilugio ha trastocado la existencia del animal, porque ahora ya no hay migraciones transoceánicas imaginarias, meditación al calor del sol ni descanso al cobijo de la cueva. La tortuga se pasa los días impávida mirando al expendedor, como si de un Mesías se tratara, aguardando el momento en que le caerán las gambas. Toda su actividad se ha reducido actualmente a esa tensa espera, que vista desde fuera parece una permanente oración al nuevo y todopoderoso Dios de la comida. De la noche a la mañana, un simple dosificador de plástico se convirtió en el Tótem que rige su vida, pues adorarlo ha sustituido todas las curiosas actividades que desarrollaba anteriormente.

Miro a la tortuga, que en estos momentos subsiste en la fotografía descrita, e intuyo que de ahí se podría extraer, aplicando ciertos ajustes y analogías, alguna fértil teoría sobre el origen de las religiones en el ser humano. Pero se me posa un pensamiento más concreto y desconcertante: ¿No corremos el riesgo quienes nos dedicamos al arte de padecer algo similar a lo que le ha ocurrido a la tortuga? ¿No sucede con frecuencia que a expensas de recibir una ayuda externa condicionamos toda nuestra actividad para lograrla? ¿Hasta qué punto la tentación material, el instinto de engorde, no diluye nuestro primer impulso artístico?

No ponemos en duda la necesidad de subvencionar el arte. Hay actividades indispensables cuyo rendimiento no puede medirse en términos económicos, y que sin embargo necesitan de un soporte monetario para hacerlas posibles (también en periodos de crisis). El arte, que alcanza a tantas esferas intangibles y que escasas veces logra objetivos de índole material, es una de esas actividades. La cuestión no es pues plantear la encrucijada de optar o no a ayudas institucionales, sino saber valorar por parte de quien tiene las manos abiertas, a qué está dispuesto a renunciar a costa de recibirla. ¿Cuán flexibles son los criterios artísticos y éticos de un proyecto que busca una subvención? ¿Hasta dónde se puede amoldar una idea a ciertos criterios externos sin que ésta se resquebraje? ¿Cuándo corrompe el interés mercantil el valor artístico? Y una vez recibido el parné: ¿Cómo se distribuyen las partidas en las diferentes ramas del proyecto? ¿Cuántas de esas ramas corresponden a intereses personales y cuántas a intereses colectivos o sociales? ¿Cuánto tiempo se dedica a la burocracia en detrimento de la creación? El equilibrio entre lo económico y lo artístico es muy precario. Pero la cuerda casi siempre se rompe hacia el mismo lado. Incluso en periodos de crisis la economía tiene el músculo mejor trabajado que el arte. Por eso, frente a las tentaciones materiales y los falsos dioses de plata, el reto es salvaguardar el instinto creativo antes que cualquier otro.

Miro de nuevo a la tortuga. Ya es de noche y esconde la cabeza bajo la concha. Parece dormir después de un largo día de penitencia. Se le han acabado los rezos. Por hoy.