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08
Dom, Dic

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Desde muy pequeños asimilamos que cada acción nuestra, sea ésta fruto de una larga reflexión o del chupinazo del instinto, tiene unas determinadas consecuencias de las cuales somos responsables. Sobre esta relación de causa y efecto se establece el mecanismo por el cual construimos nuestro pensamiento ético. Aunque siempre hay excepciones para el azar y la incertidumbre, permanentemente aprendemos que si hacemos esto probablemente pasará lo otro, y que si, por el contrario, hacemos lo de más allá seguramente pasará otra cosa. Y así, a medida que vamos recolectando actos y consecuencias, elaboramos una escala de valores que nos hacen comportarnos en cada situación de una o de otra manera.

Lo dicho suena elemental, pero resulta que hace tiempo que ha dejado de cumplirse, empezando por las altas esferas que nos gobiernan, que están cada vez más arriba, no se sabe si porque cada día suben más, o porque los de abajo cada día estamos más abajo. La cuestión es que no hay día que el periódico no traiga un caso donde un alto cargo acusado por acciones de dudosa honestidad, se descarga a sí mismo de toda responsabilidad. A pie de calle los ejemplos pueden recitarse de carrerilla, como las alineaciones históricas de los equipos fútbol. Los banqueros de las preferentes, los políticos del programa electoral falso, los corruptos de cualquier género, los empresarios de la especulación y los que hicieron de la especulación su empresa. Todos ellos seguramente tuvieron que demostrar que sabían mucho para acceder a ese puesto que ahora les decora, pero llegado el momento de asumir las consecuencias de sus actos, ya no saben nada. Aquí la ignorancia no es la madre del atrevimiento, sino de la impunidad, una premisa necesaria para salir indemne de cualquier acusación. Y claro, aquí no paga nadie, que diría Dario Fo.

Lo peor de todo, sin embargo, no es solo que la responsabilidad se haya traducido en la habilidad de escurrir el bulto, sino que finalmente las consecuencias de esta catástrofe recaen en quienes no tienen responsabilidad alguna. Aunque la sencillez y la obviedad puedan teñir toda explicación con demagogia, la realidad es demasiado tozuda para que eso ocurra: los ciudadanos de a pie asumen la culpa que otros eluden en forma de pérdida de justicia, educación, cultura y poder adquisitivo. Y así, con esta interesada vuelta a la tortilla, se quiebra esa relación entre causa y efecto que sostiene todo pensamiento ético para invertirse de manera pérfida. En consecuencia, no solo empezamos a asumir que los responsables no deben asumir responsabilidad alguna, sino que es el resto, aquellos no han contribuido en nada para llegar a esta situación, quien debe hacerlo.

Instaurado el mecanismo por el cual se permite hacer cualquier cosa (hasta instaurar una crisis financiera mundial) sin tener que asumir consecuencias perniciosas, pues siempre habrá otros más débiles que lo harán, el sustrato ético que debería sostenernos se resquebraja. Ya no entendemos la conexión entre nuestros actos y sus consecuencias, y el dominó de los valores que deberían fomentar el verdadero progreso y un mejor entendimiento, cae pieza por pieza.

El riesgo es dejarse contaminar –y ahora hablo ya en materia de arte escénico– y perder esa estrecha relación que se da entre la implicación, la responsabilidad y la ética en todo proceso creativo. Relajar los criterios, pensando que siendo el nuestro un oficio humilde y de corto alcance, no hay actos cuyas consecuencias merezcan preocupación por los detalles pequeños. La salvación está, sin embargo, en el pensamiento inverso: dar importancia a todos esos nimios elementos que cada vez se obvian con mayor frecuencia es lo que finalmente insufla sentido y coherencia a la búsqueda artística.

Toda esta disertación brota de un suceso casual. Después de las recientes explosiones ocurridas en Boston, la SITI Company debía actuar en la ciudad con su versión de "Las troyanas" de Eurípides. Siendo una obra que toca en profundidad el tema de la guerra y la violencia, el conflicto ético dejaba un interrogante ineludible: ¿Tiene sentido representar la obra en medio de una ciudad conmocionada tras la muerte alevosa de tres civiles? Sé que finalmente actuarán. Lo relevante no obstante no es la decisión final, sino el hecho de entender que inclinarse por una u otra opción acarreaba una responsabilidad, un ineludible posicionamiento ético. Así al menos lo he percibido a través de algunas de sus reflexiones y debates por las redes sociales. Pocos alcanzarán a comprender la encrucijada en la que se encontraba la compañía, pero esta semana la toma de la decisión lo ha sido todo para ellos. En teatro vivimos con frecuencia en esta contradicción: conferimos gran importancia a aquello que los ojos ajenos consideran trivial. Una contradicción que amenaza con acentuarse cada día más.