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08
Dom, Dic

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

El ritual del cortejo en el mundo animal es apasionante, tanto para quien lo practica como para quien lo observa. Ser aceptado por la pareja escogida requiere poner en juego las mejores dotes seductoras. De ello depende dejar una descendencia que dé sentido a nuestra existencia una vez hayamos desaparecido. Nada menos. De ahí que el embrujo amoroso sea el momento en el que todo animal afila al máximo su sensibilidad y su capacidad de generar belleza. Tanto es así que los cortejos de algunos animales, por su originalidad y delicadeza, pueden observarse como verdaderas acciones artísticas.

Una especie de escorpiones del mediterráneo, los escorpiones amarillos, por ejemplo, antes de aparearse danzan, literalmente. Con las tenazas entrelazadas y las colas en alto, macho y hembra acompasan sus movimientos muy sensualmente pero con sumo cuidado, ya que cualquier desliz puede acabar con el aguijón de uno clavado mortalmente en el cuerpo del otro. El baile en cuestión puede durar horas. No hay prisa si la dicha es buena. El cortejo continúa hasta que en un momento dado, el macho deposita un saco en el suelo en forma de regalo donde guarda su esperma. La hembra, tras valorar la destreza seductora de su pretendiente, decidirá si acepta o no el regalo.

Otro curioso ejemplo es el de un pequeño pájaro de Australia. El tilonorrinco, por si hay algún biólogo interesado. Para merecerse la atención de la hembra, el macho crea un jardín de alta calidad paisajística, con una particularidad: sabe que el color favorito de la hembra es el azul y, por tanto, decora el jardín con la mayor cantidad de objetos azulados posible. El resultado es una suerte de paraíso color cielo que cobijará a la pareja cuando culmine su mutua atracción.

No menos llamativo es el caso del pingüino emperador. Una vez la pareja ha tenido la cría, se cantan y se gritan de una manera singular. De una manera tan singular que, cuando la madre parte durante varios meses lejos del hogar para alimentarse, a la vuelta ambos se reconocen gracias al recuerdo de aquellos sonidos. Uno se imagina que desafinar en el momento crucial del reencuentro, estando rodeado de tanto pingüino desparejado, puede traer consecuencias bastante desagradables. Y cómo no hacer un hueco en esta columna a alguien conocido por todos en estas lides como es el pavo real, que hace ostentosa gala de su plumaje para impresionar y ganarse la mirada de la hembra.

Observado con otros ojos, más que estrategias de reproducción, en estos ejemplos hallamos formas refinadas de arte que incluyen la danza, la escenografía, el canto o el vestuario. En el ser humano la situación no es muy diferente. El hombre y la mujer nunca son tan artistas como cuando seducen. Escriben cartas hermosas, decoran delicadamente la casa para recibir la visita esperada, visten sus palabras con su mejor voz, cuidan hasta el detalle la estética de su imagen y seleccionan meticulosamente las formas y los movimientos de su cuerpo. Y todo ello sin necesariamente saber nada de literatura, oratoria, estética ni danza. La seducción es un instinto que despierta nuestro artista dormido.

Mucho se podría hablar sobre cómo estos tiempos tan virtuales han devaluado la esencia artística del cortejo entre las personas. Pero en cualquier caso, cuando este hechizo aparece, resulta algo tan subyugante como efímero. En la vida diaria el instinto seductor se alumbra intermitentemente, nos convulsiona a ráfagas. Para quienes se dedican al arte, sin embargo, la seducción debería ser el lugar de acción permanente.