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08
Dom, Dic

Sangrado semanal | Juana Lor

Los actores no nacemos sabiendo. Exceptuando algún talento puro. Los actores aprendemos a conocer nuestro arpa, tecla a tecla, desempolvando rumores enterrados, delicados, frágiles, escondidos tras años de posturas corporales descentradas que nos ayudaron a superar disgustos, fatigas y presiones. Aprendemos a indagar en nosotros mismos con furia de arqueólogo, sólo que lo que sacamos a la luz no son restos inertes de vasijas pintadas, sino vida palpitante, a veces, arrolladora. Me explico:

Para realizar este trabajo arqueológico dentro de nosotros mismos, los actores contamos con diversas herramientas o modos de enfoque o aproximación. Uno de los más poderosos es la voz. ¿Por qué la voz? Porque la voz tiene la capacidad de viajar por dentro del cuerpo y abrir espacios físico-emocionales que estaban dormidos, entumecidos o congelados. Espacios situados en lo alto de nuestras extenuadas cabezas o en el poderoso caldero de la pelvis o en la zona del tórax-corazón, donde habitan, en conjunción, las dos máscaras del teatro: la risa y el llanto, la alegría profunda y la tristeza insondable. Un lugar que contiene ese ambiguo estado-semilla, previo a la sonrisa o la mueca de dolor, en el que nos sumimos las contadas veces en que se muestra ante nosotros el asombroso misterio de la vida.

A menudo, el actor es guiado mientras recorre estos inauditos caminos del alma, tan aferrados al cuerpo. Realiza un trabajo supervisado mientras se va conociendo, dejando en quien guía la responsabilidad de hacerlo ir más adentro o de ayudarlo a salir de aquel territorio. A veces, la actriz comprende el mecanismo de la herramienta que se le está brindando y la hace suya. Decide cabalgar el caballo emocional que ha encontrado en una tierra virgen a la que acaba de llegar, sin más ayuda que su propia intuición, experiencia y valentía. Entonces se produce una mezcla asombrosa de técnica e inspiración, de explosión vital y de control, de indagación consciente en territorio del inconsciente que es una maravilla de ver y de presenciar.

El oficio del actor se mueve entre el control y la vida palpitante interior. Aprendemos a navegar las más puras emociones sin dejar que éstas nos sobrecojan, pero sin matarlas por controlar en exceso. Encontrar esta clave es un misterio que tuve ocasión de presenciar al observar el trabajo de una actriz que sondeó con valentía sus propios recovecos emocionales entregándose a un abismo jondo del que salió, crecida, para ofrecer un canto con mirada limpia y corazón crecido, dueña de sus actos, de su acción, de su teatro. Mientras el resto la mirábamos y resonábamos con ojos asombrados, a golpe de lunes, de lunes cualquiera de entrenamiento.

Los actores tocamos teclas. Teclas interiores. Cuerdas del arpa que conforma nuestro ser: cuerpo, emoción, sentimiento, espíritu, trascendencia. A veces, con suerte, la vibración de nuestro arpa despierta o resuena en el arpa de algún espectador. En ello estamos. Para eso hacemos lo que hacemos.