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Vie, Abr

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Escribo después de haberme tragado el documental sobre el 23-F de Jordi Évole. Matizo. El documental me lo tragué entero; la mentira solo me la tragué hasta la mitad del documental aproximadamente. Una vez se acumularon demasiados datos sospechosos, se me hizo una bola que a duras penas pasaba por ese estómago a veces tan estrecho por donde pasa la credulidad.

En su conjunto me pareció un experimento curioso, con mayor número de capas de las que aparentaba y con esa mezcla característica de mordacidad e inocencia con la que Évole sella sus proyectos. Solo me pareció sorprendente a medias, pues ya de niño había escuchado "La guerra de los mundos" de Orson Welles, y hace unos años había visto aquel falso documental que planteó el viaje a la luna de Armstrong como un montaje propagandístico de Estados Unidos, dirigido, ni más ni menos, que por Stanley Kubrik. Más sorprendente que el propio documental resultaron, en mi opinión, las reacciones posteriores. Hay que ver, oye, cuánto purista periodístico hay alrededor, cuánto defensor de la objetividad de la información y cuánto hipersensible ha conseguido educarse en el sentido de la verdad en un país nada propicio para ello. Hay que ver, sí, cuántos son y lo poco que se les escucha cuando nos cuelan todo tipo de falacias hoy sí y mañana también.

Sin ir más lejos, a la semana siguiente del documental nos tuvimos que calzar entre pecho y espalda que el Ministerio del Interior concediese la Medalla de Oro al Mérito Policial a la virgen María del Amor (la noticia es literal, por si algún despistado no se ha enterado aún), y también que el capitán del barco pirata nos vendiese en el debate del Estado de la Nación que esto de la crisis... ná, agua pasada. ¿Dónde estaban todos esos portavoces que la semana anterior clamaron por proteger a la ciudadanía de la mentira? ¿Por qué no se ofendieron de igual manera a como lo habían hecho con el documental de Évole? ¿Por qué no soltaron las mismas palabras descalificadoras: patraña, engaño, delirio, broma, irresponsabilidad o bochorno?

Ya ven, muchos no aceptaron la inmediata confesión de haber mentido de Évole, y pedían mayor objetividad a la hora de afrontar un documental sobre un tema tan delicado como el 23-F. En mi caso, asumiendo la clamorosa falta de objetividad (por decirlo suave) del premio de la Virgen o del discurso del capitán pirata, eché en falta precisamente una confesión posterior en la que nos dijeran que todo es un montaje. Que nos dijeran que sí, que lo de la Virgen es una inocentada en diferido del pasado 28 de diciembre y que, efectivamente, el discurso del capitán pirata es un guión confeccionado para la ocasión, cuyo objetivo no es por supuesto trasladar la situación socio-económica a la población, sino maquillar los datos para soterrar una reforma ideológica tan derechista que no se atreverían a exponer abiertamente.

En cualquier caso, creo que el programa de Évole se sostiene por sí mismo y no porque, en la comparación, haya tanta patochada con la solidez de un castillo de naipes. Imaginar alternativas a la realidad que vivimos, inciertas a sabiendas, puede ser una estrategia útil, si la inteligencia acompaña, para enriquecer el criterio crítico y profundizar en nuestro posicionamiento ético y moral. Hablamos de plantear hipótesis imaginarias para despertar un debate que se vierta en el análisis de la realidad que nos circunda. ¿Qué pasaría si en lugar de estar en esta situación social, política o coyuntural estuviésemos en otra? ¿Si el mundo que habitamos tuviese esa otra hechura? ¿O si estuviésemos en la piel de esa otra persona? ¿Cómo nos comportaríamos en tales situaciones? Son preguntas que plantean una posibilidad irreal, pero cuyas respuestas pueden tener un valor real si con ellas somos capaces de llevar la reflexión a terrenos fértiles. Se asume el artificio como trampolín para generar un debate de verdad. En este espacio esta paradoja no nos suena extraña, pues el teatro que se orienta hacia una utilidad social y política se basa en ella.

La estrategia opuesta que se orquesta desde las altas instancias, encubrir el engaño permanente a través de un macro-sistema que utiliza los conceptos de democracia, justicia e igualdad solo como palabras fachada y que no deja grietas para la duda y el debate profundo y abierto, es la que permite perpetuar la mentira en una atmósfera de aparente honestidad. Así nos va.