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Lun, Jun

Cautiverio por su condición

¿Quién no tiene alguna limitación ya sea física, síquica o de relación? Los individuos, todos, poseemos algún tipo de condicionante, bien personal, bien político, económico, laboral o social que atrapa nuestra libertad. La libertad absoluta, al igual que la felicidad, la justicia o la igualdad, viene a ser una utopía universal que todo ser humano busca constantemente, lo que se traduce en una permanente actitud de lucha e insatisfacción para poder alcanzar el estado ideal.

Pero, cuando la condición de ser mujer que está instalada en la naturaleza humana por razones de cultura histórica, la búsqueda, la pelea por la liberación y la igualdad no solo agota y desgasta el ánimo de la persona, sino que le puede llevar a la locura, cuando no a la desesperación y a la autodestrucción. Este puede ser el caso del personaje de ficción Petra Leduc.

En la Muestra Ibérica de Artes Escénicas, MAE Extremadura Escena que se ha desarrollado en Cáceres, hemos podido presenciar, entre otros, un espectáculo que narra el cautiverio que sufre, y la lucha que lleva a cabo una mujer por reafirmarse como un ser libre que reclama reconocimiento e igualdad en un ámbito artístico tradicionalmente dominado por el varón. La condición de ser mujer y además artista de enorme valor marcan la existencia del personaje que padece el desprecio, la indiferencia y la incomprensión sumido en diversos tipos de reclusión.

En “La vida secreta de Petra Leduc”, la autora Memé Tabares dibuja con exquisito pulso y sumo encanto lo que se asemeja a un juicio oral sobre la presunta locura de la escultora Petra Leduc. El personaje de ficción está inspirado en la artista Camille Claudell (1864-1943) que vivió a la sombra del escultor August Rodin como alumna y como amante, acabando sus días en un manicomio por despecho y desamor.

Memé Tabares ha escrito un texto literario espléndido en cuanto que la palabra precisa, y los diálogos concisos y certeros trazan no solamente a los respectivos personajes, sino cada momento y situación con la mera palabra. Las didascalias conforman una poética en sí mismas para visualizar una puesta en escena con acciones y personajes cambiantes constantemente en la rapidez de un clic.

Pero, si la lectura del texto es motivo de gozo por la calidad literaria de la sucinta y clara narración, la puesta en escena aporta cierto vértigo intelectual al espectador ya que dos estupendas actrices y un admirable actor interpretan varios personajes por medio de un formidable juego escénico de fácil comprensión.

La obra tiene una estructura cinematográfica a modo de flash back. Comienza en el manicomio y le siguen escenas del pasado que explican el dolor de la protagonista, para regresar una y otra vez al manicomio intercalando en el relato momentos –imágenes y situaciones– que alternan la descripción con la escenificación.

El manicomio está asistido por una enfermera y un médico que reclama a un equipo de especialistas médicos, simbolizados por el público asistente a la sala, el veredicto acerca del estado mental del personaje en cuestión. En este sentido, como ya he expresado, la pieza se convierte en la vista de un juicio oral donde diversos personajes aportan las pruebas que hay que valorar.

Petra Leduc, en un principio, se presenta humilde –“No tengo intención de reclamar nada” –, pero no encuentra justificación para ser recluida: “Me lo han robado todo. Mi estudio, mis muebles, mis herramientas. Qué bonito, ¿verdad?”

No obstante, el caso de Petra Leduc no es excepción en el universo del arte ni se circunscribe a un momento o lugar del devenir histórico de nuestra cultura. Son de sobra conocidas las mujeres escritoras que adoptaron el seudónimo de un varón: Amandine Aurore Lucile Düpin (George Sand), Cecilia Böhl de Faber (Fernán Caballero), Charlotte Brontë (Currer Bell) o Caterian Albert i Paradis (Víctor Catalá), entre otras. Y en el texto de Memé Tabares ahí están “Luisa Roldan, Marie Kroyer, Hilma Klint, Ángeles Santos (…) Tenemos cientos, miles de nombres…/ He nacido en Francia / En Alemania, en Noruega, en Estados Unidos, en España…/ Viví a principios del siglo XX…/ y a mediados y a finales. / También he vivido en la Edad Media, en el siglo segundo antes y después de Cristo. / En el Renacimiento, en el Barroco y en el Siglo de Oro español. He habitado en palacios y conventos…” Este discurso se lo reparten entre Petra, el Hombre y la Mujer en un alarde literario de escritura dramática determinada por la modernidad.

A lo largo del texto se suceden los intercambios de personajes e intérpretes que en la representación implican rápidos cambios de registro realizados con absoluta convicción y organicidad. La Madre que la echa de casa; la amiga Julia que le recuerda la infancia y las labores propias de una mujer rural: “y parir, tener hijos, y parir, parir, parir…”; el Padre con actitud comprensiva; Bastián, el escultor que, venerado por Petra, se aprovecha de su talento; un Hombre y una Mujer en la exposición que critican con acidez y desprecio que una mujer haga esculturas y se quiera comparar con el trabajo de un hombre; la Enfermera, el Médico, los personajes que parodian el music-hall. La obra plasma toda una serie de figuras que se reconocen fácilmente en cada contexto –ahí está la categoría literaria- a pesar de la rápida y sincrética sucesión.

En fin, Petra Leduc se enfrenta a una larga seria de pruebas que la culpabilizan para estar recluida en un manicomio o, lo que es lo mismo, sufrir cautiverio o prisión. La Madre no soporta que su hija sea escultora –“Eres una mujer y ya no puedes andar con esas tonterías de los muñequitos y el barro” –; el descuidado aspecto físico, el desaliño en el vestir, “esculpes como un hombre”; la sociedad en general no admite que sea artista y mujer; los informes médicos aconsejan el ingreso en el manicomio; los episodios de ira que le llevó a destrozar sus esculturas… La obra describe todas las circunstancias y acusaciones que incriminan a Petra Leduc para padecer reclusión.

Esa privación de libertad se ubica no solo en el manicomio, sino en ella misma que sacrifica su cuerpo y su aspecto para sentirse libre en la creación artística, paradoja existencial del auténtico creador/innovador o innovadora, que nadie se moleste. Del mismo modo, Leduc está prisionera –también por voluntad propia– en el taller de Bastián: “Fueron los momentos más felices de mi vida. Los únicos. Felices. El amor sacudió mis entrañas… y me enamoré…” En fin, la casa materna forma parte del tormento de reclusión: “Mi madre. Me odia. Creo… creo que daría algo porque yo me muriera, porque desapareciera de este mundo”, dice Petra Leduc casi como un alegato final. Se ha rendido al proceso judicial. Y como Cristo en la agonía dice: “Todo está dispuesto. Los dioses pueden intervenir”.

En cuanto a la puesta en escena que ha dirigido la propia Mamé Tabares, además de lo expresado más arriba, cabe decir que ha compuesto un espectáculo sorprendente tanto por la plasticidad expresiva como por su frescura y capacidad comunicativa. Utiliza el espacio como un todo semivacío –las banquetas y la mesa apenas aportan no más que un mero anclaje espacial– donde se juega a hacer teatro en estado puro; es un juego que se apoya en la calidad interpretativa de Maite Vallecillo como Petra Leduc, Nuqui Fernández como Enfermera y Mujer, y Jorge Barrantes en los papeles de Hombre y Médico. Es de agradecer la solidez y la contención en unas actuaciones que bien podían haber caído en el histrionismo y la exageración. Pero no, hay un fino hilo interpretativo colectivo e individual.

Para finalizar, quiero destacar dos escenas llenas de encanto. Una, la del torbellino que expresa el viaje y la llegada a la ciudad. La autora lo narra con generosidad en la fantástica didascalia de la escena tercera; los personajes parecen marionetas volanderas en una película a cámara lenta. Y la otra escena que me fascinó se refiere a la parodia cómica del music-hall.

“La vida secreta de Petra Leduc” se me antoja un texto impecable, y un montaje extraordinario que, con economía de medios, aporta un discurso necesario desde la perspectiva política y social actual, por medio de un lenguaje contemporáneo que juega al teatro sin artificios, con la verdad.

Manuel Sesma Sanz

Espectáculo: La vida secreta de Petra Leduc Autora: Memé Tabares. Intérpretes: Maite Vallecillo, Nuqui Fernández y Jorge Barrantes. Espacio escénico: Memé Tabares. Diseño de iluminación: Pedro Luis L. Bellot. Dirección: Memé Tabares. Compañía: De Amarillo Producciones. Sala La Nave del Duende de Casar de Cáceres. Muestra Ibérica de Artes Escénicas. MAE, Extremadura Escena.

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