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Jue, Jul

Fantástico relato desde acá

Los grupos de teatro latinoamericanos que recalan en Cádiz tienen, entre otras características –ya lo he expresado en este medio en varias ocasiones– que tratan temas que necesitan reivindicar, y abordan su propia identidad. Gran parte de estos espectáculos cuentan su historia, su situación política y social, y denuncian tanto el pasado colonial como el presente marcado por injusticias y cierto tipo de corrupción. No obstante, la grandeza de sus discursos está en que, partiendo de lo local tienen un alcance global.

En el marco del 33 Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz se ha presentado el espectáculo “La Zanja” de Diego Lorca y Pako Merino quienes también asumen la dirección y la interpretación. El argumento de mi crítica me surgió inmediatamente, lo tenía definido por intuición como me suele ser habitual, nada más de terminar de ver la función. 

Me sorprendió que unos creadores europeos se interesaran por un tema que hablaba del otro lado del Atlántico, en concreto, del encuentro del colonizador español Francisco Pizarro con el emperador inca Atahualpa. La extrañeza se debe a que la colonización española sobre los pueblos de América Latina siempre ha sido un tema tabú desde la parte española que escasas veces ha tenido contestación negativa puesto que acá damos por hecho, al menos por parte de las instituciones oficiales, el beneficio que supuso para los indígenas americanos aquello de la lengua, la religión, las nuevas formas de relación jerarquizada, los adelantos tecnológicos…, que engloban la Hispanidad.

Por supuesto, en Cádiz los grupos de teatro latinoamericanos me han empapado de otra realidad que, aunque ya conocida, consiste en reconocer que aquellos indígenas primitivos –término euro centrista, con perdón– tenían su lengua, sus religiones, sus costumbres, su propia organización política y social, su civilización, que los europeos de la época “nos encargamos” de suprimir y suplantar.

Es decir, desde el punto de vista español, me parecía una osadía por parte de Titzina que se sacaran los colores, que se abordara cierta crítica a la consabida colonización histórica. Pero, eh aquí la doble la doble sorpresa que recibí en el Foro de Creadores, actividad del FIT donde se entablan discusiones con intercambios de pareceres y opiniones entre los académicos e investigadores de diversas universidades americanas, así como críticos y otros especialistas en teatro, y los creadores de los respectivos montajes. Decía, la doble sorpresa viene porque alguien del grupo de intelectuales lanzó la pregunta. “¿Cómo validan ustedes su espectáculo?” Los autores de “La Zanja” (Diego y Pako, para quien iba dirigida la pregunta) no entendieron en un primer momento, qué se les pedía responder.

La pregunta tenía una carga de profundidad oculta; había un duro reproche, que de una u otra forma se asumió por buena parte de los presentes en el acto. Más o menos, la pregunta quería decir: “¿cómo justifican ustedes su espectáculo?, ¿hasta qué punto ustedes –los autores Diego y Pako– pueden hablar de lo que es nuestro, de nuestro sometimiento histórico a la colonización?, ¿no hay una falta de ética en ustedes por adueñarse de una historia que nos pertene?”

El revuelo que se armó tomó tintes de tragedia porque Diego y Pako hicieron una justa defensa de su espectáculo, de la ética y del compromiso de Titzina demostrado a lo largo de sus montajes anteriores y, en todo caso, apelaron a la libertad creativa que nadie tiene derecho a imponerles; argumentaron que con este trabajo buscan puntos de unión entre Latinoamérica y España; la pieza habla del encuentro histórico –“la historia se repite– entre las crónicas del pasado y las relaciones mineras en la actualidad, además que el hecho local transciende a la universalidad.

Aparte de la anécdota que viene a justificar mi discurso crítico, en “La Zanja” se narran las aventuras de un ingeniero perteneciente a la civilización económica multinacional que aterriza en un remoto pueblo andino donde las personas viven entre la Naturaleza, se rigen por costumbres tradicionales y resuelven sus problemas, que tienen una categoría diferente a los de la población urbana y tecnológica donde estamos inmersos gran parte de los humanos, con paz y una filosofía ancestral.

El encuentro del ingeniero de minas para extraer oro con el nativo se desarrolla en los términos del invasor capitalista, que argumenta las ventajas capitalistas, repito: mejoras de infraestructuras en carreteras y comunicación, creación de puestos de trabajo “para todos”, construcción de escuelas y dispensarios médicos, mayor riqueza para la zona… Vaya, que aunque se tenga que talar un monte de árboles milenarios y producir montañas de escombros, si los nativos venden sus tierras, el estatus del nativo cambiará “para siempre”. En realidad, lo que cambia para siempre es la destrucción del medio natural, la población seguirá sometida a la miseria y a nuevas enfermedades y dependencias. El capitalismo sigue argumentando que el beneficio es mutuo y que “si no lo hacemos nosotros, otra empresa lo hará”, es cuestión de oportunidad.

Estos razonamientos también los conocemos en España donde vivimos la destrucción de bosques y paisajes para crear urbanizaciones y actividad económica rentable, ¿para quién? “La Zanja” ya tiene su propia justificación.

En la obra se muestra un paralelismo entre la presente colonización capitalista de territorios con alto nivel ecológico, y la colonización de Pizarro, en este caso. El discurso histórico parece calcado al actual, incluso con la muerte de Atahualpa que hoy se salda con unos sicarios que asesinan al alcalde de la aldea porque se arrepiente de haber colaborado con la explotación minera que solo ha traído la desolación del paisaje y enfermedades que antes no tenían para la población.

El trabajo de Titzina en este montaje me parece fantástico no solo por la valiente crítica de la histórica colonización y por la denuncia de las prácticas abusivas de las empresas multinacionales de hoy, sino por una puesta en escena fresca, limpia y poética, basada en la magnífica interpretación de los dos actores; entran y salen en el juego, cambian de registro una y otra vez con absoluta naturalidad y convicción. El trabajo escénico, la utilización de los significativos objetos, la iluminación, todo en conjunto proyecta un espectáculo de enorme calidad artística e intelectual.

En fin, “La Zanja” me ha reconciliado con Titzina –no obstante amigos gracias a su amabilidad– de anteriores trabajos que no me hicieron vibrar. El compromiso político, aunque no precisaban demostrar nada, en esta ocasión ha sido patente con el plus del revuelo que ha provocado en el FIT de Cádiz entre quienes pretenden la exclusividad de algunos temas. Pero siempre se puede apelar a la libertad de creación.

Manuel Sesma Sanz

Espectáculo: La Zanja. Autores, intérpretes y dirección: Diego Lorca y Pako Merino. Música y sonido: Jonatan Bernabeu. Iluminación: Albert Anglada y Diego Lorca. Escenografía: Titzina. Vestuario: Núria Espinach. Compañía Titzina. Sala La Tía Norica de Cádiz. 33 Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz.

 

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