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Mar, Abr

@Victor Iglesias

La Zaranda presenta ‘El desguace de las musas’, nuevo espectáculo que se estrenará del 1 al 3 de febrero en el Teatro Principal de Zaragoza. Producido junto con el Teatre Romea de Barcelona y el Teatro Español de Madrid, recalará en dichos espacios en marzo y mayo, respectivamente. Antes, en el mes de febrero, pasará por espacios de Valencia, Granada, Sevilla, Eibar y Galdakao.

 

La pieza, como es habitual en la compañía, cuenta con el texto de Eusebio Calonge y la dirección de Paco de La Zaranda. En esta ocasión, además del elenco formado por Gaspar Campuzano, Enrique Bustos y Francisco Sánchez, cuentan con el trabajo de los intérpretes Gabino Diego e Inma Barrionuevo, y de la soprano Mª Ángeles Pérez-Muñoz. Todo ello con un objetivo: descubrir cómo comenzó el teatro a perder su espíritu creativo y pasó a convertirse en mero negocio.

Eusebio Calonge lo explica así: “El costroso cortinaje de lentejuelas desprende pestes a sudor y desinfectantes. Las notas musicales se esparcen por la penumbra mal ventilada antes de diluirse en el fondo de los vasos. Bajo los focos que desparraman azul noche, el diezmado coro de vicetiples ensaya una rudimentaria coreografía. Pereza de albornoces, chándales y mallas remendadas, aderezado con boas desplumadas, brillantes baratijas y acoples de micrófono. Carnes yertas que entierran tantos deseos, miradas desnudas que saben de tantos ocasos. La mueca de la muerte oculta tras el maquillaje barato. En el espejo del camerino, rodeado por bombillitas fundidas, quedó escrito con pintalabios, la verdadera historia, donde el género frívolo se convierte en trágico.

Allí se refugian estos restos de coristas, vedettes desfondadas, ruinas de caricato, agonía y furor de una cultura, a la hora de cierre, la nostalgia bailando en la penumbra, la hora en que las sillas se colocan sobre las mesas.

Es esta la alegoría de una cultura apuntalada, que espera su desplome, situada en un antro lúgubre infestado por las ratas que asoman a nuestros trabajos, donde un núcleo de artistas aislados y contracorriente resiste, agotados, entre la resignación y el encono, sin ningún heroísmo, más bien a merced de una época que renuncia a lo poético.

Las piedras angulares sobre la que reposa esta obra son los desechos de un mundo olvidado, desprestigiado por la propia cultura, abolido por el poder de la industria cultural: la revista, las varietés, chascarrillos, boleros, ripios de rapsoda, es solo una metáfora de esa puerta de servicio por la que entra ya el teatro, ni siquiera entrada de artistas, a una maquinaria demoledora, hábilmente engrasada para la aniquilación del arte. Y es ahí donde siempre hemos querido incidir, en la destrucción del espíritu humano, que va más allá de la denuncia social, porque esa abolición no solo va a acabar con los derechos sino a instaurar una dictadura sin precedentes, que suministra niveles de anestesia industriales por todas sus pantallas, camuflada bajo nombres que se han vaciado de contenido, dejando solo la cáscara de las palabras, como “Cultura” o “Teatro”, sin ningún vigor, sin ninguna trascendencia que permee a la sociedad, totalmente ya suprimibles. El espíritu de búsqueda que alimentó las últimas vanguardias se va disolviendo con la expansión del poder de lo económicamente correcto. Los grandes autores, redecorados o como pesadas lápidas, o los novedosos nombres en papel couché, los catálogos de los enfant terribles, totalmente digeribles por los festivales, todo un biombo para ocultar el teatro de compañía, el que verdaderamente mantuvo su pulso con la sociedad y fue cambiando las formas de un teatro anquilosado.

El teatro reducido a desguace, donde cada uno va usando las piezas que sirvan para aguantar en un mundo tecnológicamente implacable, cada vez más ruidoso y menos humano. Donde se cacarea la rebeldía pero de hecho el sometimiento a las normativas de los despachos es total. Hemos decidido desandar sobre sus huellas para saber dónde comenzó este extravío que llevó del espíritu creativo a la mera mutación en negocio”.