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Lun, Dic

Y no es coña | Carlos Gil
Los escribidores, articulistas, columnistas y otros narradores de ficciones argumentales supuestamente basadas en hechos reales, cuando no tenemos una idea, recurrimos a la meta-literatura, a hablar de nuestro oficio, de la musas, de la postura física frente al ordenador o de los problemas sintácticos. Se trata de una no idea.

Hay ocasiones que en teatro puede intuirse que sucede algo parecido, que cuando se entra en ciertas condiciones en el territorio del meta-teatro, es que estamos ante una confusión, un atasco narrativo, una falta de ideas. Sucede muchas veces que algunos artistas piensan que sus problemas estructurales, personales, creativos son “el problema”. Lo vemos con asiduidad en los escenarios y hay que señalar que en no pocas ocasiones estas disquisiciones sobre el propio quehacer teatral nos deparan buenos trabajos. Son aquellos que trascienden y que plantean algo más que esa circunstancia y que se han basado en alguna idea. Aunque sea subyacente. Que es lo contrario de la no idea.

Quizás deberíamos hacer una enciclopedia de las grandes obras artísticas creadas a partir de una no idea. ¿Sería posible? ¿Existen? Estamos en un tiempo donde las no ideas parecen haberse instalado como fundamento de muchas de las propuestas preformativas. Se trata de una corriente muy extendida.  Es como si ahora descubriéramos que el postmodernismo fue la defunción de las ideas o la implantación de las no ideas en las creaciones de las artes escénicas. Según como se quiera entender este proceso, y si se atiende a algunos teóricos, el arte puro no parte de ideas, sino de acciones casuales o de necesidades subjetivas, y por ahí se cuelan las no ideas que acaban creando un territorio quizás bello, pero baldío para las ideas y las visiones del mundo que contradigan el estatus quo imperante.

Hay dos no ideas fuerza que operan constantemente en el terreno de la gestión y la administración de los asuntos relacionados con las Artes Escénicas. En la gestión de teatros y salas, algunos de los programadores más programadorizados, entienden que para crear públicos, lo que hay que hacer es hablar mucho de crear públicos, teorizar, asistir a cursos y cursillos en donde se cuentan experiencias de creación de públicos de lugares remotos y de contextos sociales y culturales muy claros y activos.

Cada vez que una de estas no ideas se convierte en un gasto público considerable, sin que además de esa utópica fórmula mágica contada una y mil veces no se emprendan medidas estructurales y variaciones conceptuales del propio servicio público que debe cumplir un teatro o sala de exhibición a la luz de los criterios más modernos y actualizados, estamos calcificando en falso una herida que puede paralizar el cuerpo teatral entero.

Este es un asunto complejo, pero siempre escuchamos a los recién llegados hablando de la creación de nuevos públicos, y sabemos que de tan vieja y tópica esta cuestión refleja un complejo de inferioridad, una falta de conocimiento. Quizás se deba pensar que para empezar a crear nuevos públicos se tendrá que ofrecer una nueva programación que pueda interesar a otros segmentos de la ciudadanía. Aquí hay tema. Volveremos.

La otra no idea que se repite es que en cuanto llega un asesor nuevo, un equipo nuevo a un ministerio, una concejalía, una consejería o incluso una organización sindicada gremial, después de las primeras reuniones aparece anunciando la solución final, la definitiva: crear una web para que.... y aquí siguen las frases hechas, las retóricas de mercado, los lugares comunes, la falta de conocimiento de la realidad.

Lo curioso es que esta no idea siempre es aplaudida por los afectados, que al final acaban siendo realmente muy afectados, yo diría que damnificados, porque esas magníficas páginas web se diseñan a precio de mercado, más un poco más, siempre  sospechoso, acostumbran a ser tan bonitas como inoperantes. Y todo por una cuestión muy sencilla: lo que cuesta no es abrir una web, una página, un portal, lo complicado, caro y exigente es mantenerlo al día. Pero eso no se tiene en cuenta ya que sería demasiado para una instancia así: tener una idea y un presupuesto para desarrollarla y que fuera algo positivo y democrático. Desgraciadamente no estamos en ese ambiente propicio. Todo son recelos y mediocridades elevadas a categoría universal. Aquí vivimos ahora de las no ideas y de las apariencias. Así nos va.