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Jue, May

¿De qué sexo es la palabra? | Marianella Morena

Estoy ensayando una versión propia de Barranca Abajo con el elenco estable de la Comedia Nacional uruguaya. Barranca Abajo es un clásico, de Florencio Sánchez(1875-1910), autor rioplatense que marcó un cambio de paradigma en el lenguaje, hasta él, lo que se conocía por el Río de la Plata, tanto en Montevideo como en Buenos Aires, era la fuerza dramática de las compañías españolas e italianas, también francesas. La lengua propia, si bien es español, ya no es, aunque sea el mismo, el lunfardo, sumado a las temáticas y la orignalidad es algo que él impone, y se desconocía hasta el momento. Él logra contar historias por primera vez. Contarlas desde un latinoamericano que vive y se relaciona con su gente, continuar el largo camino de la independencia. Recorrido que no termina con la libertad de América como pueblos autónomos. El lenguaje coloniza más de lo que nos damos cuenta. Pero el lenguaje en la ficción nos libera y nos da posibilidades, también territoriales, que a veces, en las geografías y sus culturas sociales, es más complejo de evidenciar.

Por eso es capital teatral y dramáturgico su aporte.

El asunto, como siempre pasa en estos casos, es desde dónde , hacia dónde , por qué y para qué se hace un clásico, qué dialoga cuando dialoga en escena, ¿sólo el papel y el cuerpo del actor con la mirada del director?

En un ensayo un actor me pregunta, ¿quién lo dice, el personaje o el actor? Y yo le respondo: ¿de quién es el sudor?

Hemos desarrollado muchas estrategias para mantener viva la llama del teatro, para que la gente no se vaya con los nuevos espejitos. El mundo del espectáculo vivo es de alta dinámica, y la industria del entretenimiento, rapidamente conspira, para confundir.

Ahora, no importa lo que se dice, desde dónde, no importa si el actor enuncia su nombre con documento de identidad, y reniega de toda ficción. No importa si hay escenario, luz, vestuario o es en medio de la calle. Sólo son estrategias, las nuevas tendencias son eso: intentos desesperados para que no nos dejen.

Un actor sigue siendo un actor y el espectador seguirá siendo espectador, el resto es ruido. O no importa, no importa si es real, ficción, biográfico, ajeno, cercano, importa que suceda y que nos importe. Ahora, nada logra eliminar la convención, vos contás y yo te escucho, el cómo, bueno , esas son las proezas personales, cada cual resuelve con lo que tiene, con lo que puede, con lo que cada carga genética, cultural y económica le permitan, pero no es lo central, lo esencial es como nos reformulamos y la gente nos sigue. Lo demás siguen siendo artimañas de época.

Porque el silencio perenne cansa y se puede convertir en solemne, y no hay nada más peligroso para el teatro que la solemnidad.

Por eso: a jugar. Ya encontraremos cómo. A jugar que nada nos salvará del error, de ser infelices y de la inmadurez que nos condena con cada fracaso. A jugar que es lo más parecido a la plenitud y viene con cada uno de nosotros, con la diversidad, y sin la obsesión por la diferencia.

A jugar.