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Vie, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Son numerosos los lugares donde por estas fechas se realizan pasiones populares. Impregnadas las mayorías por una inspiración religiosa, lo cierto es que, en algunos lugares de Catalunya, son un reclamo turístico y un campo de experimentación para todos los gremios teatrales. Espectáculos realizados en teatros construidos para ello, como Esparraguera, con unas dimensiones de su escenario realmente impresionantes. En Carranza, Vizcaya, se realiza una que usa todo su magnífico casco medieval como escenario. La lista es interminable, y en todas las circunstancias se trata de una actividad sin ánimo de lucro, aficionada, en ocasiones como un servicio a la comunidad religiosa y en la mayoría como una actividad recreativa enmarcada en ese contexto de la semana santa tan extrañamente laica.

Es una tradición. Hay individuos que han sido desde el niño Jesús recién nacidos, hasta llegar a encarnar al propio Jesús en su calvario y al pasarse de peso o edad desempeñando otros papeles fundamentales en la dramaturgia más establecida. Conozco a actores profesionales que se conocen de memoria pasajes de estas pasiones porque fueron una parte esencial de sus inicios teatrales, donde se les fue inoculando la vocación. En Catalunya, grandes actrices, directores, escenógrafos y dramaturgos tienen sus antecedentes precisamente en sus participaciones en estas pasiones. Con otro añadido también tradicional y de inspiración religiosa: Els Pastorets. Sin ir más lejos, Comediants y Teatre Lliure tuvieron un número importantes de sus miembros procedentes de esas localidades donde existen potentes montajes de la pasión desde hace décadas. Pero se pueden seguir estas huellas en otros lugares de la península.

Estamos ante una manifestación cultural, de origen religioso, que ha ido ganando en entidad teatral, con montajes incluso considerados novedosos, que reúne a numerosos ciudadanos y ciudadanas, tanto en su colaboración “artística” desinteresada, como en su condición de públicos que asisten de manera incondicional año tras año. Un fenómeno social, que a mi entender, adquiere un valor cultural innegable y nos coloca ante una evidencia: el teatro, las artes escénicas y performativas vienen de la noche de los tiempos, siempre han sido rituales populares y es en los últimos siglos cuando se ha estratificado el sistema de profesionales que viven de esas labores de manera casi exclusiva. 

Por eso una de mis pasiones es defender sin retóricas la labor importantísima del teatro aficionado en todos los órdenes de la vida. La necesidad de incorporar al teatro, su práctica, en las escuelas, institutos y universidades. Como asignatura y como opción complementaria. Junto a la música y la danza, obviamente. La especialización y profesionalización que sea desde la cantidad y la excelencia. Desvarío pragmático, como en el fútbol, para entendernos. Y que exista en los hogares de jubilados, en las asociaciones de vecinos, en todos los centros municipales, pueblos, villas y aldeas núcleos de hacer teatro. Para hacerlo. Por hacerlo. Porque sí. Porque es sano. Porque es bueno para los seres humanos hacerlo. Por lo tanto, es bueno para la sociedad.