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Vie, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Falleció Lindsay Kemp. Uno de los grandes artistas de las Artes Escénicas. Demasiado especial, demasiado único, como para dejar escuela. Tiene seguidores. Diría que imitadores, pero no hay una concepción Kemp. Y sin embargo recordando sus espectáculos, había un lenguaje escénico marcado a fuego, una manera de adaptar textos a una estructura dramatúrgica esencialista que le llevaba a concebir la totalidad de los montajes y de su propia presencia de una manera que sobresalía por encima de toda idea superficial. Era Inimitable como intérprete. Esos ojos que parecían dos fogonazos de ternura o lascivia, o amor o amenaza, se incrustaban dentro de una cara con unas redondeces convertidas en un tejido comunicativo. 

Sus movimientos, su liturgia, su manera de unir espacio, danza, cuerpo, música, efectos y silencios clausuraban cualquier idea de banalidad. Todo estaba pensado, ensayado, salía de una mente creativa con un bagaje cultural importante y una sensibilidad multidisciplinar que producía imágenes fruto de una imaginación al servicio de una idea de espectáculo. Y en cada momento, en cada uno de ellos, sin dejar de ser el mismo estilo, el mismo lenguaje, incluso el mismo esquema, siempre existía la diferencia cromática, espacial, evocativa, lo que hacía que el discurso apareciera nítido dentro de un excesivo barroquismo aparente y una cierta tendencia al acoplamiento de signos, pero que acababan descifrándose fácilmente debido a su categoría comunicativa.

Durante años mantuvo una actividad productiva en el Estado español. Yo lo conocí a finales de los setenta en Barcelona donde vivió durante largas temporadas. Sus “Flowers” fue un acontecimiento. En 1981 tuve la oportunidad de contratarlo en el Festival Internacional de Vitoria que coordinaba. Era un trabajador incansable, obsesivo. Pero al acabar sus obras, era una persona con ganas de beberse la vida, de disfrutar, de explotar, de convertirse en un ciudadano desmadrado, pero cariñoso y generoso. Recuerdo por las calles de Vitoria a Lindsay y Julian Beck, al día siguiente actuaba el Living, y cenamos, salimos a tomar copas, y ambos por la calle Dato, abrazándose, besándose, bailando, cantando. Un espectáculo.

A la mañana siguiente en una entrevista radiofónica aseguró que quería morirse en Vitoria. Apareció con su figura reconocible a comer, a tomar vinos, a pasear. Tuvimos un encuentro con los espectadores que quisieran venir y fueron cientos. En aquellos momentos con sus asistentes y con él mismo establecimos una bonita relación. Su presencia me llevó a tener un conflicto con la SGAE, porque él quería cobrar en el momento su porcentaje que le correspondía por ejecución. Acabamos junto a Valentín Redín de Pamplona estableciendo jurisprudencia. Estaba en su derecho.

Creo que he visto una decena de espectáculos posteriores. Todos tenían su sello. En algunas ocasiones parecía que había pedido fuerza, pero al siguiente retornaba su capacidad de ensoñación. En la ópera le dejaron manifestarse con plena libertad. En los primeros años posteriores a su paso glorioso por Vitoria iba a saludarle al camerino cuando actuaba cerca. Siempre quedábamos para iniciar proyectos. Era muy amable. 

Existieron en aquellos años grupos, especialmente uno gaditano, que hacían Kemp, que lo copiaban, que utilizaban su imaginario, sus formas, pero que no lograban llegar a esos momentos de profundidad en la nostalgia, el dolor, la tristeza o el júbilo. Confieso que hace años que pregunto sobre él y casi nadie me daba pistas. Creí que se había retirado, pero la noticia de su fallecimiento nos dice que estaba montando una obra en Italia. Dentro de la tristeza me reconcilia algo. Estos artistas deben morir en los escenarios, y Lindsay Kemp fue uno de los Grandes, aunque nadie supo codificarlo y darle el lugar en el Olimpo que se merece. Esperemos que una vez desaparecido se le reconozca en su justa medida artística y de trascendencia por abrir espacios a otros lenguajes, más allá de cosas puntuales por muy mediáticas que hubieran sido.