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Mar, Ago

Y no es coña | Carlos Gil

Jan Fabre ha presentado en el Teatro Central de Sevilla un espectáculo que ha durado veinticuatro horas. Todas las crónicas hablan del mismo como un acontecimiento único. Realmente es un evento no muy habitual, algo exuberante, un auténtico reto para los propios artistas y para los espectadores. En el principio de los tiempos teatrales esto era bastante habitual. Ir al teatro en aquellos tiempos era un acto de vida, una celebración, una fiesta.

Jan Fabre es uno de esos creadores que llevan muchos años convocando a la ciudadanía para sorprenderla. Yo he visto monólogos de Jan Fabre, espectáculos con muchos bailarines, siempre con una pulsión de la muerte y la vida como expresión de un concepto artístico global, multidisciplinar pero siempre en el límite de lo novedoso, avanzando. Claro, lo puede hacer porque es Jan Fabre, por su talento, por su historia, porque hay instituciones que apuestan por su trabajo, aunque sea limitado a un número cerrado de privilegiados que pueden verlo, para después pasarse años comentándolo. Si habían unos cuatrocientos privilegiados, en un tiempo prudencial escucharemos a miles que estuvieron allí. Pasa con sucesos anteriores, un "Orlando Furioso" de Luca Ronconi en el Pabellón de los Deportes del Madrid, por ejemplo. Y así tantos otros acontecimientos históricos singulares.

Pero yo vengo de estar estos días en Beja, en el Alentejo portugués, en el Festival Internacional de Teatro del Alentejo, ya que se hace en varias poblaciones, y es lo contrario, trabajos pequeños, producciones de calidad, pero sin apenas necesidades técnicas, para un público de unos sesenta espectadores que llenaban la sala pequeña del Teatro Pax Julia. Espectáculos portugueses, dominicanos, brasileños y mexicanos, a los que se juntarán chilenos y canarios. Y allí con directores de festivales de otras partes del mundo, al saber que estamos a punto de que se inaugure el Festival Iberoamericano de Bogotá, otra exuberancia, pero que a la vez se celebra en la capital colombiana un festival alternativo, pequeñas producciones en otras salas, con otra dimensión.

Y viendo lo que sucede, lo que puede suceder, que hoy estaré en Donostia en dFeria, viendo cuatro o cinco espectáculos por día, sin otra recomendación que mi observancia de todo lo que acontece, y hacerlo en primera persona, y teniendo antecedentes personales y profesionales para poder reclamarlo, sugiero que es un momento adecuado para volvernos a plantear la significación de los festivales internacionales de teatro, los festivales en general, reflexionar para ver si se mantienen los mismos paradigmas o deben cambiarse, para conocer todas las formas de organizarlos, ver qué objetivos se buscan y se cumplen, yo diría que si se preguntara a muchos por los porqués se hacen los festivales y los paraqués, nos encontraríamos con una inconsistencia. Es una rutina. Es una marca, es colocar a una ciudad durante unos días en los noticiarios.

No se niega nada, probablemente se deben mantener muchos de ellos y en las mismas condiciones, pero estamos viendo que celebramos tres décadas de muchos, cuatro décadas, dos y media. En esos años la sociedad ha cambiado mucho, los medios de comunicación, el tiempo de ocio, los criterios de entretenimiento y hasta una desculturización constante. Hablar sobre qué se hace, cómo, para quién, con qué presupuesto, no es nada malo, sino todo lo contrario es volver a resetear los festivales para que no sean, como a veces uno detecta, tan rutinarios, tan fuera de todo riesgo, camuflando una programación que debería ser la habitual dentro de un contexto magnificente.

Yo aplaudo y doy vivas a todos los Jan Fabre del mundo y de la historia, a todos los programadores que se lo pueden permitir, a todos los festivales que buscan la exuberancia, pero atendamos también a los pequeños, a los cercanos, a los necesarios, a los de regiones apartadas, a lo rural, a todos los ciudadanos para tratarlos por igual. Es un derecho y se puede estructurar maneras para que ello sea posible. Es una cuestión política.