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Mar, Oct

Y no es coña | Carlos Gil

Nos pasamos la vida proclamando grandes posibilidades de reforma en las instituciones que deben regir las prácticas profesionales en las artes escénicas con una grandilocuencia que nos coloca en una órbita que en ocasiones parece escaparse de nuestra capacidad de seguimiento terrícola. Convivimos con una propaganda que coloca la actividad en un territorio del éxito, de los números que redondean una idea capitalista de la cultura, de una intención mercantil que despoja a la propia acción de todo su valor profundo, el de relaciones artísticas entre seres humanos, no entre famosos y clientes, no entre reinas de la televisión y súbditos de la ignorancia. 

Aquí somos ejemplo de esta involuntaria entrega al mercado, a lo que llega cargado de ideología desmovilizadora, que hace creernos ciudadanos de un mundo globalizado en donde el arte está al alcance de todos. Y no es cierto. El arte está, como casi siempre, en la historia de la humanidad, al alcance de unos pocos. Su disfrute y su práctica. Existe un secreto plan de dejar la política en manos de unos supuestos políticos y el teatro en mano de unos supuestos especialistas. Es una regresión evidente, una forma de privatizar, de hacer sectas exclusivistas que pretenden tener la verdad, el arte, el presupuesto y los medios para perpetuar la ignominia en los escenarios. No se cuenta con el humanismo, con la dignidad, la ética, sino con esa manta corrupta por insuficiencia cultural de poner delante de todo y por encima de cualquier otra consideración los resultados, lo cuantificable y contable.

Por eso hoy escribo con la conciencia alterada por una magnífica, bella, superlativa realidad presenciada en una sala de barrio, Tarambana, dentro de un sugerente festival llamado Visibles (arte inclusivo) que acaba de celebrar su tercera edición en Carabanchel y tras presenciar “El principito” realizado por los actores de la Escuela Municipal de Teatro de Úbeda. No sé si seré capaz de transmitir mis sensaciones, lo que significa para mí, alguien que lleva desde los 16 años dedicado al teatro de manera absoluta, desde lo independiente, lo comercial, lo profesional, en casi todos los gremios, con toda graduación salarial que se quiera pensar. 

Tengo que deshacerme de prejuicios, paternalismos y adjetivos que no precisen con exactitud lo que puede llegar a ser el Teatro. Hacerlo, poseerlo, amarlo, verlo. Cuando tienes una discapacidad de cualquier índole y puedes llegar después de años a decir en público que desde que haces teatro, “la gente me escucha, me ve”, estamos ante una declaración grandiosa. Es suficiente como para comprender la importancia de estas iniciativas que transcienden y hacen de las artes escénicas algo necesario, imprescindible. Y Utilitario, aunque no me guste este término, porque creo que el Teatro es en sí mismo algo útil, imprescindible para mantener una sociedad con valores humanitarios, con el arte como profunda conexión y forma de comunicación extrema y popular. Pero, además, esa práctica se convierte en un acto político de primera magnitud. La igualdad. La libertad. La tolerancia. El reconocer en el otro su singularidad. 

Inclusivo, donde cabemos todos, donde todos tengamos el derecho de expresarnos, de estar, de ser, de proclamar nuestras ideas. Inclusivo en contra de lo exclusivo, de lo que privilegia y discrimina. Y dentro de las protecciones de las instituciones políticas, culturales, teatrales, se les debe prestar la atención que merecen a estas iniciativas tan importantes y que tan buenos resultados de categoría individual, social y cultural proporcionan de manera constante. Y tomar medidas prácticas, que los escenarios sean accesibles para estos artistas. Por ejemplo.

Más o menos tengo muy claro dónde dirigir mis energías creativas en el futuro inmediato. Para sentirme útil, solidario y artista integral y comprometido. 

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