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Lun, Nov

Velaí! Voici! | Afonso Becerra

Estamos en una época extraña. Quizás todas lo son, pero esta, con una pandemia global restringiendo el libre albedrío y acotando algunas de nuestras expresiones de afecto, aún lo es más. La “normalidad” de ayer, antes de la invasión del coronavirus, no era la panacea. Supongo que ninguna “normalidad” lo es. Las normas o reglamentaciones, necesarias para vivir y convivir en sociedad, pueden ayudar en algunos aspectos, el problema es cuando aprietan o ahogan.

 

Un ejemplo, que Netflix pague en impuestos en España, el pasado año 3146 euros, con todo lo que recauda, frente a lo que debe pagar una pequeña autónoma durante un año, a mí no me acaba de parecer muy “normal”, pero la norma lo permite. Y no te digo nada si me pongo a pensar en lo “normal” que me puede parecer que exista una monarquía que no ha sido elegida por el pueblo. Creo que la puso el Dictador, ¿me equivoco? Y que el rey emérito tenga el privilegio ese que suena tan… “normal”, la “inviolabilidad”, aunque haya sido corrupto, etc.

Todo esto, el coronavirus, la corona, etc. no son temas sobre los que a mí me guste escribir aquí, aunque la dramaturgia, en su análisis sobre los conflictos y cuestiones candentes de la actualidad, necesita estar siempre atenta. El teatro, desde tiempos inmemoriales, siempre ha puesto la lupa sobre los asuntos más controvertidos.

En todo caso, la “normalidad”, sea la anterior o la supuesta “nueva normalidad” a la cual la pandemia nos aboca, roza lo “paranormal” y lo marciano.

En teatro, sobre todo en el más “canónico”, en el más “normal”, el del paradigma dramático realista, a veces, parece como si quisiésemos ser más papistas que el papa y reflejar la realidad, representándola desde la lógica, cuando la realidad, sea lo que esta fuere, cada vez semeja menos lógica y más “paranormal”.

En este sentido podemos encontrar algunas propuestas escénicas que nos rompen los esquemas y que, rompiéndonoslos, nos conquistan.

Ese es el caso de la poética teatral de Diego Anido, un trabajo que mezcla realidad y ficción en una intersección que ronda lo paranormal.

Quien no conozca el trabajo artístico de Diego Anido no sabe lo que se pierde. Este compostelano es un creador escénico muy singular y heterodoxo, difícil de clasificar. Su trabajo esconde una técnica corporal refinadísima. Podríamos decir que, tanto por su formación como por su calidad en el movimiento, se trata de un bailarín que no baila, pero actúa, en un show teatral muy peculiar. Como actor tampoco se restringe a interpretar personajes que lo camuflen o lo hagan desaparecer tras la entidad ficcional. El actor siempre está presente en el escenario, del mismo modo que el escenario siempre es el escenario y no un espacio dramático de ficción. Sin embargo, su poética no es metateatral, sino mestiza y postdramática. El actor no interpreta personajes, los invoca y aparecen en su cuerpo, como en una posesión diabólicamente fascinante. Los actúa más que interpretarlos.

Interpretar implica, en cierto sentido, un trabajo de reproducción mimética de un referente externo, mediante una especie de identificación que genera una ilusión de realidad, de que el personaje existe gracias a que el actor desaparece. Actuar, por la contra, posee unas connotaciones más creativas y demiúrgicas, el actor actúa un personaje creado por él, un personaje que no podríamos econtrar en la realidad (sea lo que fuere eso de la realidad).

Por tanto, el actor no interpreta un personaje sino que actúa una criatura. Velahí Symon Pédícrí (2013), Cascuda [Cucaracha] (2008) o O alemán [El alemán] (2005), retomada en 2020, en el Teatro Ensalle de Vigo, donde también abrió al público, en el mes de octubre, una muestra del proceso creativo de O deus do pop [El dios del pop], alrededor de Michael Jackson. Seres que parecen venidos del alén mundo. Incluso su Michael Jackson va más allá del referente real. Criaturas cercanas pero, al mismo tiempo, fantásticas. Criaturas que conviven en el escenario con el propio actor, como en un show de apariciones. El escenario es el actor y en él comparecen esas criaturas extraordinarias, a través de un delicado trabajo de teatro físico, con momentos casi dancísticos y con el mestizaje de otras disciplinas como el clown, la ventrilocuia (explícita en Symon Pédícrí), el disfraz, el transformismo... En un estilo de tonos retro, kitsch y naif.

Lo que más me fascina del universo Diego Anido es su humor singularísimo, una mixtura indefinible entre la pesadilla kafkiana, el humor medio negro medio blanco (¿gris quizás?), lo paranormal y lo fantástico.

O alemán es un cuento alegórico sobre el sacrificio, la muerte y el sentimiento, con un yogurt de sabor natural, en sus últimos momentos de caducidad, que actúa como víctima propiciatoria de esta comedia negra fantástica.

Asombro y risa. Una risa que, a veces, viene de la criatura, que te hace gracia cómo se mueve y lo que dice y, otras veces, viene de la situación surrealista y friki que genera en lo que le acontece.

Los guiños macabros ou tétrico-cómicos, de estos cuentos que inventa Anido, siempre rematan con una redención poética. Porque su teatro, al final, es un show que nos conecta con la vida como juego y fiesta.

 

P.S. – Algunos artículos relacionados:

Danza y poéticas postdramáticas”, publicado el 5 de abril de 2013 (incluye una breve descripción de la pieza Symon Pédícrí de Diego Anido).

Colectivo Marciano Balboa desvela lo inevitable con humor”, publicado el 3 de febrero de 2019.