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17
Sáb, Ago

Y no es coña | Carlos Gil

Desde la izquierda donde yo he soñado, cuando sufríamos una desilusión lo achacábamos a unas supuestas condiciones objetivas que no eran propicias. Por lo tanto nuestra labor principal era crear las políticas que cambiaran las condiciones objetivas y desde ahí incursionar en la práctica de la cultura y como uno es monoteísta cultural, en las artes escénicas. Una vida buscando en compañía de muchos las condiciones objetivas y cuando parecía que ya estaban al alcance de nuestra mano, van y se convierten en una nebulosa plagada de condicionantes subjetivos, partidistas, una retahíla de regalías y sospecha constante de trampas y la creación de unas castas menores de protegidos que han copado en todas las autonomías y el despacho central de subvenciones capciosas y politizadas que se conoce como INAEM.

¿Estamos en un momento donde las condiciones objetivas nos ayudan a ser optimistas? Dudo. Insisto por última vez en este verano que el mayor condicionador de cualquier idea de política cultural o de las artes escénicas es la Constitución Española y sus diecisiete gobiernos autonómicos. Existen en la actual composición administrativa creo que cuatro Estatutos de Autonomía vigentes que en el tema de Cultura, se ponen dos puntos y se expresa de manera clara: "Exclusividad de la Autonomía". Es una contradicción que no somos capaces de alterar. Las unidades de producción estatales residen en Madrid y por otras razones más difíciles de comprender, no salen casi nunca de gira y cuando salen su coste es tan alto que no cabe en ninguna lógica ni cultural ni economicista.

Se pagan con los impuestos de todos los impositores españoles pero solamente se disfrutan en Madrid, capital. Y más aún, y ahí va mi ascua a mi sardina, la publicidad de sus espectáculos solamente se pone en las revistas gratuitas de difusión exclusiva en Madrid. Algo que es injusto. Pero que lo hacen con toda la altanería posible. Los responsables del instituto inservible y los directores de las unidades de producción viven en su burbuja, con unos sueldos y unas prebendas que les hacen ser modositos, calladitos, cumpliendo los objetivos de sus superiores, preocupados en hacer unas programaciones laxas, con los palmeros que reciben la publicidad tan contentos de sobrevivir y acabando, entre todos, aquí me apunto a la pena, con un equilibrio crítico, algo que desde la humildad y el rigor cree una opinión menos aduladora, que nos coloque ante las posibilidades de regeneración de nuestros escenarios institucionales.

La frase final vale para todos los lugares e la península donde existan teatros públicos con producción propia definida. Yo diría que en esos lugares es donde hay unas mejores condiciones objetivas para el ejercicio de la profesión, pero el resultado, siempre es mejorable, incluso hay momentos en los que uno siente una especie de vértigo ante el bajón general en todos los sentidos. Es decir, ni con las mejores condiciones, se varían las condiciones generales que nos colocan ante unas artes escénicas dependientes, subsidiadas, bipolarizadas. La inmensa mayoría de los que hacen teatro no pueden vivir de ello de manera digna. Lo dicen los datos vertidos por los sindicatos, se sabe con la simple comprobación de ir a todas las salas madrileñas donde hay decenas o centenares de propuestas a nuestro alcance, pero que ni llenando sus aforos dan para un salario apropiado a las compañías actuantes, quizás con la sobre-explotación de las salas los que las rigen puedan estabilizarse en salarios mínimos.

Existe una pauperización evidente. Se ha asumido el trabajar sin mínimos sindicales, en cooperativismo de la miseria, sin muchos objetivos artísticos. Y lo malo es que en los llamados partidos del cambio han encontrado una panacea, hacer todo de manera colaborativa, utilizar la demagogia vieja de la gratuidad de la cultura para establecer otro cordón de minorización valorativa de las artes escénicas. Uno se siente cansado de tener que reivindicar la necesidad de la profesionalización, del valor de la formación, de la experiencia y la calidad y a la vez fomentar la participación popular, las artes escénicas como instrumento de disfrute de toda la ciudadanía, pero no la única manera de justificar presupuestos y planes improvisados y populistas.

Considero que no se ha sabido consolidar un marco estable para la creación, la programación y la difusión de las artes escénicas. Es decir seguimos esperando que mejoren las condiciones objetivas. Esto claro chocará con la impresión que tienen los cientos de funcionarios que sin formación ninguna, tienen un sueldo estable superior a la media de la inmensa mayoría de sus administrados y contratados y que no saben, porque nadie se ha preocupado en pensar qué se puede hacer con sus teatros y salas. Intentaremos luchar por mejorar las condiciones objetivas de todos para que todos podamos prosperar y tener algo de ilusión y hasta de futuro.

Misión imposible. Los perdedores somos así señora: pertinaces. Y es que el rey va desnudo. Bueno con unos harapos clásicos que huelen muy mal.