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Vie, Sep

Lo que pienso, lo que digo y lo que callo

Y no es coña | Carlos Gil

La inseguridad, la hipocresía, el bien quedar, los cálculos exógenos a la función propia hace que la crítica varíe de su primera fase espontánea, a pie de obra, con el saludo en la retina y los aplausos revoloteando en la cabeza, que cuando han pasado unas horas, se ha aposentado el raciocinio, se ha decodificado todo el mensaje, todos los impulsos se han colocado en su lugar apropiado y se ejerce conscientemente el ejercicio de criticar el trabajo de un conjunto de individuos, decenas posiblemente que se han presentado ante un público para ofrecer el fruto de meses de ensayos, pruebas, emociones, concreciones, descubrimientos y frustraciones.

Parece que estoy hablando de la crítica profesional, pero esto sirve para todo aquel que opina de manera pública sobre una obra, un espectáculo, una performance o un monólogo. Los críticos, que formalmente así se presentan, tienen sus fórmulas para empaquetar bien sus opiniones, darles forma, continuidad, llegar a conclusiones, expresarlas de la manera que consideran más oportuna. Hoy, lunes 18 de diciembre de 2017, me considero un ex excrítico en estado contemplativo. Veo obras y espectáculos casi diariamente, pero no me pongo a hacer una crítica como se debe hacer. Como mucho un comentario en las redes, una mención en un artículo concreto. Por lo tanto, tengo más tiempo para la teorización del ejercicio, el sentido, la función de la crítica. Leo a quienes así se presentan, me identifico con alguno, discrepo con otros, respeto a todos. Menos a los que no respetan al trabajo de los demás, ya sea con despreciativos comentarios en contra como en despreciativos comentarios laudatorios exagerados fuera de contexto y rituales por suceder en casi cada entrega.

Normalmente voy al teatro acompañado. Tengo una pareja de teatro con la que me encanta ir porque somos capaces de pasarnos dos horas posteriores hablando del montaje visto. Y casi siempre discrepamos, que es la mejor manera de crecer. La diferencia de cultura teatral, formación y edad, es una fuente de enriquecimiento, al menos para mí. Aprendo, rectifico  y hasta me confirmo en algunas de mis apreciaciones, muchas de ellas, tumurales. Es decir incrustadas ya en mi cuerpo pensante de manera cronificada.

Por eso hay diferencia entre lo que pienso, lo que escribo y en muchas ocasiones, lo más importante es lo que callo. Y, lo juro, a veces callo por prudencia y otras por miedo. Hay un ambiente fanatizado al hablar de ciertos autores, directoras, actrices o actores en boga que se defienden de manera irracional. Apartarse de la manada es convertirte en un proscrito. No me gusta esta situación, pero es lo normal. Todos tienen sus derechos, y el de aplaudir al poderoso es uno de los que nadie les niega sino que se les anima a ello. La injusticia en los juicios críticos se producen tanto por la animadversión, el insulto, como el halago empalagoso sin fundamento.  Aunque el mayor problema es la falta de conocimientos, la falta de formación y referencias, el convertir un ejercicio de análisis en una opinión parcial y sin consistencia. Por eso, yo digo que una cosa es hablar en una taberna y la otra es escribir algo que se considera, demasiadas veces de manera infundada, una crítica.

A todos mis compadres y comadres, amigos, admiradas almas que se ganan la vida haciendo críticas o se quieren ganar los cielos, les deseo felices fiestas. A todos aquellos a los que he ofendido con mis críticas, les deseo les regalen más agujeros en el cinturón. A quienes no les importo nada, que sigan así, eso se llama reciprocidad. Y al resto, os quiero por ser tan tiernos, infantiles, mágicos y atronantes como creo debemos ser los que somos incapaces de recitar ningún himno, ni silbar a ritmo.

Todo lo anterior ha salido así por no hablar de verdad, en profundidad, de un espectáculo para mí controvertido: “Esto no es la casa de Bernarda Alba”. Ya os lo diré con calma tras superar comidas, bebidas, cuñados y recuerdos emocionales navideños.