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Mar, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

Ayer domingo, 18 de febrero, he estado en el Teatro de la Abadía, para despedir a los amigos del Odin Teatret que han estado dos semanas en este teatro madrileño ofreciendo su obra “El árbol”. Estuve a la salida del público ya que había visto este montaje en Wroclaw cuando su estreno hace un años y medio y en Madrid hacía unos días. Las espectadoras al salir de la sala se compraban el programa de mano, que lleva el texto, y le pedían a Eugenio Barba que se lo firmase. Otras personas además, se compraban otros libros de los miembros de este grupo histórico que se mantiene con fidelidad a su compromiso ético, estético y político.

De las personas, en su inmensa mayoría mujeres, jóvenes para más señas, que le pidieron la firma estando yo presente, venían de València, Málaga o Palencia. Expresamente para ver en vivo al Odin Teatret. Una movilidad que ya había comprobado el día que acudí a ver la representación pues me encontré con conocidos de Murcia, Burgos y Galicia. Mi propio hijo me acompañó a la representación que presencié y al salir se sintió en un estado muy especial, verbalizando que “ya había visto al Odin”, como si fuera algo que le faltaba para cumplimentar su biografía teatral.

Eugenio estaba con su ojos penetrantes muy abiertos, innegablemente satisfecho al ver a personas jóvenes que hacían kilómetros para verlos. Es como sentir que existe un interés, que hay una familia secreta, según sus ideas, que saben que hay una manera de afrontar el teatro, las artes escénicas, desde otros parámetros, desde otras perspectivas de producción y sobre todo, desde otro compromiso ético con la profesión, el teatro, su significado en esta parte del siglo XXI en nuestra sociedad. Porque hay una parte de la profesión bastante importante que consideran que lo que hace el Odin es pasado. Lo mencionan con un cierto aire de suficiencia como si se tratara de algo perteneciente a otros mundos, a otros tiempos, a otros sistemas de producción y fama.

Y no les falta razón. En el mercado de hace muchos años, sus propuestas de entrenamiento, de construcción de personajes o espectáculos, no están en primer lugar, en primera instancia. Muchas son las escuelas oficiales que ni se mencionan en sus planes de estudios. Lo que sucede es que el Odin, Barba, Varley, Carreri, entre otros, dejarán algo más que su existencia, que sus espectáculos, dejarán unas huellas por las que seguir caminando aquellos que sientan cierta ansiedad por encontrar algo más que un oficio mecánico, productivista, marcado por lo mercantil y despojado de cualquier vestigio de compromiso integral, en su pertenencia a la tribu de las artes escénicas. Actores, actrices, directoras, dramaturgos, teóricas hay muchas, cientos, miles en el mundo, pero que pueden ser referenciales, que ayuden a los neófitos a encontrar vías de desarrollo de sus ideas, que contribuyan a que los ya formados puedan mantener dialécticamente formas de crecimiento, hay muy pocos.

Y el Odin, en sus más de cincuenta años de existencia, ha dejado muchas semillas que no siempre germinan, pero que están ahí y un día no muy lejano florecerán. No buscando séquitos, seguidores o feligreses, sino dando herramientas para que cada cual haga su proyecto independientemente con fundamentos profundos.

Yo escuché en el Teatro de la Abadía a una espectadora dar las gracias, expresarse como alguien que encontraba casi una fuerza de sanación en la obra que acababa de ver. Y eso es lo que me interesa, saber lo que queda tras una obra de teatro. Qué guardamos en nuestra cabecita rellena de imágenes seriadas y mensajes comerciales. El soplo de la vida, la ingenuidad de un pajarito, la voz eléctrica surgida de la profundidad de un cuerpo activado, el movimiento codificado de una danza balinesa nos deben servir para comprender mejor a nuestros congéneres. Y de ahí en adelante armarse para seguir resistiendo las tormentas neoliberales y desinformadas y amando el Teatro, sin concesiones ni melancolías. Y a quienes han dado su vida desde lo excepcional. Es decir, los del Odin, una historia que no tendrá continuidad por inteligente decisión propia.

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