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Mié, Mar

Y no es coña | Carlos Gil
Desde esta columna tendemos últimamente a acercarnos a los asuntos estructurales, de producción y programación con bastante profusión. El ambiente de crisis así nos impele a ello, pero intentamos siempre dejar claro que lo fundamental es la parte creativa y su relación con los públicos. En el planteamiento clásico, una de las maneras de enlace entre unos y otros, entre creadores y públicos, había sido a través de los medios de comunicación, aunque ahora se insiste mucho en que las redes sociales están teniendo una importancia cada vez mayor.

Este pobrecito hablador se siente concernido por todo cuanto tiene que ver con los medios de comunicación y las Artes Escénicas. Y observo con mucha tristeza que el deterioro económico que están sufriendo las empresas periodísticas, la anorexia cultural que están padeciendo los medios de comunicación en general, nos lleva a una invisibilidad de las Artes Escénicas que no formen parte de un especial sistema de producto comercial. Repasar los medios de comunicación, sean locales, regionales o estatales, en papel, digitales, por ondas radiofónicas y no hablemos de televisiones, es hacer un cómputo de la comercialidad, de lo que está de moda, de apoyo y propaganda acrítica a unos productos de consumo que se ofrecen encima de algunos escenarios muy elegidos.

Si existe algo similar a la información es simple publicidad encubierta, no hay una elaboración más allá de copiar y pegar la nota de prensa de la compañía, el teatro o el festival. Si después se hace una crónica nunca tienen que ver con el hecho escénico y sí con el acto social y si, por casualidad, hay una crítica, demasiadas de las veces está contaminada por la misma tendencia a seguir la corriente y a hacer de las anécdotas una categoría de opinión. Eso sin entrar en calidades, ni en señalar fobias o filias.

Estas reflexiones volátiles, domingueras, agosteñas, no excluyen a este periódico digital. No. Formamos parte del mismo problema. Podemos declarar en nuestro favor que intentamos superar esos condicionantes, pero eso no quiere decir que lo logremos. Las circunstancias actuales no son propicias para el rigor, aunque sea más necesario que nunca, y se deban recordar todos los días los principios de la información, el compromiso con el lector y ese largo etcétera de asuntos olvidados, perdidos en estos tiempos de molicie cultural.

Por ejemplo en el último estreno del herido Festival de Mérida, una Antígona, versionada por Ernesto Caballero, dirigida por el mexicano Mauricio García Lozano e interpretada por Marta Etura y con un papel intenso por Blanca Portillo, las crónicas de varios medios, por no decir todos, y hasta las críticas o los sucedáneos que se nos presentan como tales, insistían de manera reincidente y prioritaria en que el público usaba abanicos. Los abanicos de Mérida atravesaban todas las opiniones. No sabemos mucho más de ese estreno. Que fue un éxito mayúsculo o relativo, que fue estupenda o muy mal planteada, lleno hasta la bandera, o casi lleno, pero lo importante en todos los que escribieron sobe ello fueron los dichosos abanicos. Y no salían en escena, no, eran los abanicos para paliar el calor emeritense de un día de la mitad de agosto, ¿qué pensaban que iba a hacer frío para usar rebeca y manta? Les faltó decir a todos quién patrocinaba los famosos abanicos.

Pero lo que de verdad me ha dejado en estado de prestaciones básicas y a punto de pedir asistencia respiratoria es leer la pregunta que hacían a sus lectores en la edición digital del periódico barcelonés La Vanguardia en su encuesta diaria: "¿Declinas la crítica literaria en el siglo XXI frente a la ficción y otros géneros literarios?"

Socorro. ¿O era un homenaje a Cantinflas o es una pedantería supina? Por cierto un sesenta y muchos por ciento contestaba NS/NC.

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