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Lun, May

Y no es coña | Carlos Gil

Hay un movimiento político y social que está reclamando la adecuación de los horarios en todos los órdenes, empezando por los laborales, de todas las actividades para emprender un camino hacia otra concepción de nuestra vida y nuestras relaciones. Por ejemplo el huso horario que usamos lo estableció el dictador Francisco Franco para congraciarse con su admirado Hitler. Tenemos el mismo que Alemania, cuando deberíamos tener el mismo que Inglaterra, Portugal o las Islas Canarias según la ciencia. Este pequeño detalle, parece ser, nos causa muchas molestias para cosas tan puestas en valor actualmente como es la conciliación familiar, el rendimiento en la producción en fábricas y oficinas y la capacidad de aprendizaje de nuestros vástagos.

Creo que es un asunto que en varias ocasiones me he parado a analizar o simplemente comentar porque uno que tiene varios quinquenios a sus espaldas recuerda los horarios en el teatro en Barcelona, Madrid, y en las giras veraniegas por todos los nortes y sures de la península y lo cierto es que, además de ser muy estresante para los actores, estaba de acuerdo con las costumbres sociales de al época. Había funciones a las seis y media de la tarde o las siete y posteriormente otra segunda a las diez o diez y media de la noche. Y si era en verano se podía empezar la segunda función, en las ferias y fiestas patronales, sobre las once o más tarde, tras los fuegos artificiales. Y en ocasiones sin apenas descanso para los artistas entre función y función.

Pero de repente, nos hicimos europeos y en nuestro ámbito, tras instaurarse la lógica y deseable función única, se puso un horario de las funciones que podríamos llamar continental. No creo que nadie lo hiciera de mala fe. Pero creo que tampoco nadie lo estudió. Fueron muchos los factores los que llevaron a poner esos horarios, entre ellos alguna legislación sobre la restauración. Y digo en plural porque no parece que exista una normalización absoluta. Lo digo muchas veces, por los mismos motivos expresados por los programadores, a saber: es el horario que mejor va en mi pueblo, se hacen funciones a las ocho, las ocho y media, las nueve, las diez, las diez y cuarto o las diez y media. Y todo en apenas un radio de cuarenta kilómetros. Y todas las funciones apelotonadas en dos días, viernes y sábado, y se debe dilucidar si antes o después de la cena. O sea, esto es un asunto a resolver. No creo que sea nada sencillo, pero se debe pensar bien.

Porque los horarios son otra manera de exclusión de parte de nuestros posibles espectadores. Si te dedicas al comercio no puedes ir nunca en días de labor. Y si trabajas en oficinas, con mucho cuidado y estrés. Solamente los funcionarios con horario no partido tienen todas las posibilidades. Y muchos más, claro está, pero algo no acaba de cuadrar. Pongo el mismo ejemplo, cuando me dirijo al teatro en el sur de Francia, las representaciones empiezan sobre las nueve de la noche, que es un horario nocturno, con muchas horas desde que se acabaron las clases, se cerraron los comercios y las oficinas. Por eso llegan bien arreglados y relajados al acontecimiento teatral.

En esos movimientos para armonizar los horarios de una manera más racional, se habla con insistencia del adelanto del horario de cierre de los comercios, y algo que m deja siempre muy enganchado: adelantar el prime times de la televisión. Y además de ello, acortar su duración, porque ahora mismo hay canales en los que sus series duran cerca de dos horas con sus cortes y su minutaje excesivo. Todo va en la búsqueda de un fin que no percibo muy claramente, pero que debemos atender porque en lo nuestro, las artes escénicas sí tiene mucha incidencia. Además de unas doscientas cosas anteriores o paralelas, pero esto de los horarios de las funciones me viene preocupando con intensidad variable desde los años ochenta hasta hoy, es algo que comento con asiduidad con los interesados pero no acaba de ser tratado como pienso se merece la cuestión.

Y debo reconocer que se han ido haciendo variaciones sutiles, pero que van demostrando como las funciones de la noche en muchas salas funcionan muy bien. Y otros detalles que deberán colocarse sobre una mesa y estudiarlos, porque si cambian los horarios de todas las actividades, la nuestra, tan dependiente de los demás, deberá estar al tanto para adaptarse lo mejor posible y no ponerle ningún impedimento a ningún posible espectador. Además me parece que estas propuestas sobre los cambios de costumbres horarios pueden ser una pequeña revolución social en los próximos años.