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Mar, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

Hace un tiempo, el por entonces director de la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, manifestaba con un profundo sentimiento de fracaso que “estamos sacando licenciados que acaban de figurantes en los parques temáticos japoneses”.  Quizás se podría añadir a ese destino laboral poco gratificante desde el punto de vista de las ambiciones y de las ilusiones con las que se emprenden los estudios de Arte Dramático, que muchos más acaban de figurantes o de actores episódicos en las series televisivas menos gratificantes en cuanto a su estética.

La figura de un joven que ha pasado cuatro años en una Escuela Superior, dando vida a un muñeco de goma espuma que represente a la tortilla de patatas, o que haga cinco pases disfrazado de torero o de flamenca para entretener a los turistas, es un destino honrado, una salida laboral provisional pero no parece que sea nada recomendable como objetivo final de una carrera que tiene valor universitario y un componente artístico que deberíamos poder diferenciar, buscar una jerarquía que ayudara a dotarle de una mayor valoración.

En el mejor de los casos, un profesional que tenga la suerte de estar en las agendas de los productores, encargadas de casting o directores que desemboque en su aparición en los repartos de alguna película, alguna serie y una o varias obras de teatro no deja de ser otra cosa que un jornalero. En algunos casos un jornalero especializado que tiene un buen poder adquisitivo, pero que no puede decidir sobre su futuro. Si se está a la espera de que suene el teléfono, se puede tener mucho, poco o nada de trabajo, pero siempre será formando parte de un proceso, de una idea, de una producción cuyas intenciones, ideas y objetivos artísticos le son ajenos y en los que se debe encajar, en ocasiones aportando bastante.

La mayoría de la producción que se hace en Europa se hace a base de jornaleros. Con todas excepciones que se quieran, loables, pero el sistema de producción en España, especialmente, se ha ido convirtiendo en unas micro empresas que buscan los recursos y después completan su producto a base de contrataciones externas, puntuales. He dicho micro, pero podemos añadir que también existen las macro empresas, los que mantienen la preponderancia, el oligopolio asfixiante que ahoga cualquier desarrollo artístico de la producción, la distribución y la exhibición. Quizás este apartado de la producción delicada requiera de otro análisis más tranquilo y diferenciado.

El sistema de producción está marcando lo que llega a los escenarios de una manera bastante palpable. Ya no existe ni rastro de la noción de creación colectiva, el compromiso en el proceso creativo y productivo se ha ido difuminando, en ocasiones desapareciendo, incluso en la parte más factible como es la de cooperativa de riesgos económicos, por lo tanto ha triunfado el modelo neo-liberal, el modelo empresarial y se lleva en ocasiones hasta el extremo, no en los grandes empresarios sino en pequeñas empresas que mantienen en la fachada el nombre de lo que fue antaño un grupo o un colectivo.

Ello no ayuda a que se desarrollen lenguajes propios, a que se vean iniciativas rompedoras y que tengan alguna intención investigadora. No se corren riesgos, ni se descubren autores ni directores que busquen algo más que cumplir con un contrato Lo que llena las programaciones son productos de mercado. Todos iguales o parecidos, con una misma factura, en ocasiones de un nivel alto, pero sin espíritu. Se están promocionando a los mejores copistas. No hay nada nuevo en este sistema de producción en donde vale más un mal actor que sale en la tele que una desgarradora actriz con personalidad y discurso. Y eso no figuraba en el impulso de dedicarse al teatro de casi nadie.

Algún día los jornaleros se darán cuenta que el teatro es para quién se lo trabaja.