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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

En alemán, "los lassen" significa, literalmente, "dejar suelto", o sea, soltar. ¡Qué difícil se nos hace, a veces, soltar! Sobre el escenario y en la vida misma. Nos enganchamos a historias, amores, personas, fracasos, tormentos o emociones cuyo momento, hace tiempo pasó, y, sin embargo, en vez de dejarlas ir, nos empeñamos en mantenerlas vivas artificialmente a costa de constreñir, de agarrar fuerte, de oprimir, de no liberar el aire viciado del pulmón. Lo que sea, antes de soltar la pena, la obsesión, el sentimiento o la emoción y reconocer que aquello ya pasó. Agarrotados por el mundo y en escena, se nos olvida que para poder volver a inspirar hay que vaciarse primero y nos empeñamos, como dice Galeano, en hacer el boca a boca a un muerto.

Este fenómeno de agarrar y no soltar se da con frecuencia en las improvisaciones escénicas y es relativamente fácil de reconocer cuando sucede, siempre y cuando uno esté mirando la escena desde la butaca, claro. Cuando se está inmerso en el meollo del asunto, resulta bastante más complicado ser conciente de lo siguiente: En vez de soltar el impulso y dejarlo ir con la misma solvencia y naturalidad con la que nos apoderamos de él, nos empeñamos en manosearlo una y otra vez sin percatarnos de que hace ya tiempo que dejó de aportar algo nuevo. Y es que resulta difícil reconocer el momento de soltar lo que uno tiene entre manos. Resulta difícil dejar las cosas ir.

Aunque sea ésta la única forma que tenemos de poder volver a llenarnos. ¿Cómo pretendemos recibir lo siguiente que vendrá si estamos rebosando de emoción o de sentimiento? (Y aquí caben desde el odio y la desesperación hasta el amor puro o un simple calentón). Es como si pretendiéramos dejar entrar de nuevo el aire en los pulmones sin haber espirado antes el que tenemos dentro. Parece ser, por tanto, que no queda otro remedio que aprender a soltar para poder acoger un nuevo impulso, escénico o vital, da igual. Claro que tampoco podemos olvidar que si hemos llegado al punto de tener que aprender a soltar, es porque, al menos, hemos aprendido a agarrar.

Si esto último es verdad, sabremos recibir en nuestro cuerpo el impulso que haya surgido en la improvisación en la que participemos, sabremos procesar dicho impulso internamente y dejar que nos transforme. El siguiente paso consistirá en enviarlo de nuevo al mundo exterior para que sean otro compañero o el propio espectador quienes lo recojan. A menudo, somos capaces de identificar una situación nueva y de recibirla, pero, después, somos incapaces de dejarla ir, se nos olvida soltar el aire, se nos olvida respirar. Es entonces cuando la escena empieza a girar sobre sí misma en un círculo cerrado que no aporta nada nuevo y el actor se agarrota, sus rodillas se bloquean, sus muñecas quedan rígidas y todo sus ser es presa de una tensión ineficaz e inorgánica que no sólo paraliza a los del escenario, sino también a los de la butaca.

Saber vaciarse es casi más importante que saber llenarse. Porque sólo podremos empaparnos de nuevos impulsos y nuevos aires si hemos espirado antes. Si hemos soltado o nos hemos vaciado. Cuando se trabaja en colectivo esto es vital, ya que no tiene ningún sentido llegar con el 100% de la personalidad a compartir y crear con los demás. Porque si uno llega con su 100%, no albergará nada de sitio para acoger propuestas diversas a la propia. Hay que llegar vacío, al menos, en parte. Así puedes recoger ideas creativas que jamás se te hubieran ocurrido por ti mismo. Puedes recogerlas y dejar que te transformen y devolverlas transformadas al mundo, para que, a su vez, otro las haga suyas por un tiempo antes de soltarlas de nuevo.

Son muchos los artistas, escritores, pensadores y escultores que han trabajado sobre la idea del vacío. El vacío puede aterrar. Sobre todo hoy en día, donde parece que hay que llenarlo todo de cosas, de vicio, de productividad, de listones cada vez más altos, de tamaños XXL en todo menos en el vestir, de tiempo ocupado, de tarifas cada vez más planas y de tacones cada vez más peliagudos. ¡Cómo impone el vacío su presencia de muerte! En nuestra sociedad, el pavor ante la falta de estímulo es grande y el aburrimiento es uno de los grandes miedos de hoy en día.

Y sin embargo, una vez traspasado el miedo que nos obliga a hacer, a no parar quietos en todo el día y a proponer constantemente acciones sobre el escenario, el vacío, es decir, la quietud, se convierte en un instante que lo alberga todo, al menos, potencialmente hablando. Todo es posible justo antes de que el aire entre de nuevo en el pulmón, antes de que todo vuelva a empezar, antes de que el sol vuelva a asomar por el horizonte. En ese segundo que late entre el último soplido y el nuevo aire que vendrá está contenido el mundo entero con todos sus horrores, sus misterios y sinsabores. Toda la vida en potencia reside en la apnea que se da justo antes de que el gallo cante de nuevo anunciando un nuevo día.