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Lun, Dic

Sangrado semanal | Juana Lor

¿Qué obra artística guarda con celo tu corazón? Si pudieras crear una pieza escénica o escribir un texto: ¿De qué hablarías? ¿Qué verterías al mundo? ¿Qué es lo que te está esperando tras paisajes y paisajes de miedos profundos, filias, inspiración, placer y temor por estar en el mundo? ¿Qué es lo que asoma entre las grietas del muro del subconsciente? ¿De qué hablarías? ¿Que quisieras gritar al mundo, quizás, en susurros?

Cuando empezamos en esto del arte, el teatro, la creación, parece que venimos con ciertas cartas marcadas que señalan nuestras preferencias estéticas, un tipo de lenguaje concreto, una clase determinada de poetas, un imaginario que consta de ciertos colores, texturas, luces o sombras. Y, sin embargo, si tenemos la suerte de topar con compañeros que no nos dejen acomodarnos en tendencias y nos inviten a navegar en otras direcciones o a surcar mares creativos que nuestra psique nunca se hubiera aventurado de otra manera a imaginar... entonces, los territorios que la mente y el cuerpo recorren son otros, a menudo más sombríos de lo que hubiéramos imaginado, pero siempre fascinantes. Así es como se crece, visitando otros mundos y buceando en otras sensibilidades. Evitando el rechazo fácil ante lo que nos resulta desconocido o poco adecuado según mandan los cánones. Porque las obsesiones propias, esas, siempre vuelven.

Por lo tanto, pregunto de nuevo:

¿Qué tema elegirías para convertirlo en material humano, digerido por tu consciente y tus sueños y devuelto al mundo en forma de cuadro, de espectáculo, de libro? ¿Lo sabes? Un tema que surgiera por debajo de las apetencias y los deseos y los temores más ancestrales, esos que tenemos guardados bajo capas y capas de otros miedos más convencionales. ¿Te avergüenza algún interés que tienes? Probablemente sea por ahí, por donde habría que empezar a tirar del hilo. Para averiguar qué hay en ese tema, esos escritos, esa práctica humana que tanto te llama sin que entiendas el por qué.

En esto de la búsqueda del tema que nos preocupa, nos llena, nos obsesiona, hay pistas. Normalmente, hay pistas. Pero hay que saber escucharlas y tener la valentía de reconocerlas. Amarlas, identificarlas, bucearlas y atravesarlas. A mí, por ejemplo, me llaman los mandalas.