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Vie, Oct

Y no es coña | Carlos Gil

Sabemos muy poco sobre nuestros públicos. Pero no sabemos absolutamente nada sobre nuestros NO públicos. Un no público es ese ciudadano que reiteradamente, encuesta tras encuesta, asegura que nunca va al teatro. ¿Cuántos son? La media de personas que dicen no acudir nunca al teatro en el ámbito iberoamericano según el Latinobarómetro llega al 67%, y enfocando más de cerca resulta que en Centroamérica se llega al 76%, y Nicaragua tiene un 86%. Uruguay con el 48% y Argentina con el 49% son los que ofrecen los mejores resultados, seguidos de Costa Rica con el 51% y Chile con el 55%; Colombia con el 60%, Brasil con el 62%, Ecuador con el 67%, Venezuela con el 68% y México con el 69 % les siguen, y el resto supera el 70% de NO públicos.

Estos datos son del año 2013 y la encuesta se completa con la frecuencia en la que los Públicos, asisten a ver representaciones habitualmente. Una manera de mirar panorámicamente la situación. No manejo las cifras en el Estado español, no se trata de comparaciones, sino de tomar conciencia de una situación real, de unas circunstancias que no parecen variar demasiado y que no se estudian desde perspectivas de acción cultural, sino de operatividad y eficiencia de mercado. El síndrome televisivo. Y se necesitan políticas activas de acción cultural y de integración en las claves de las artes escénicas. Crean ciudadanos interesados en las artes, no clientes, ni estadísticas. Individuos de uno en uno que forman el cuerpo social.

En los países que más admiramos, donde damos por supuesto que el teatro es algo fundamental, resulta que la mitad de la población no va NUNCA al teatro. Y me temo que no irá nunca al teatro. Los motivos son múltiples, pero además de aquellos recalcitrantes que aseguran que nos les gusta, pese a no haber ido nunca, el resto ven el teatro como algo que no les concierne. Se debería hacer un estudio profundo por zonas, clases, estudios realizados, posibilidades económicas y con ampliación a su experiencia escolar y su nivel de socialización, para ajustar mejor el diagnóstico de estos NO públicos.

Todos los problemas que tiene el teatro, las artes escénicas, no se solucionan solamente con reglamentos, ayudas y asuntos concretos de programación o de fiscalidad, sino que son consecuencia de los defectos en la educación y en el ambiente cultural y social general. El teatro para los NO públicos es algo aburrido, intelectual, que trata asuntos incomprensibles. Para muchos Públicos su concepto de teatro es todavía peor, porque lo consideran un entretenimiento banal, una diversión, una forma de ver a sus ídolos televisivos en vivo, una alternativa de ocio.

Contaba en público el gerente de un teatro sede de una compañía muy reconocida que tiene una larga experiencia en teatro escolar y teatro para la familia, que este año han perdido más de la mitad de alumnos que acudirán a sus programaciones escolares. También en las abiertas, las familiares han tenido un notable descenso. Pero el dato definitivo es que el noventa y cinco por ciento de los niños y niñas que acudirán son de la escuela concertada. De la pública un escaso cinco por ciento, cuando lo normal era mitad y mitad, lo que certifica la impresión de que se están creando clases muy diferenciadas. Niños y niñas que habrán visto teatro alguna vez y aquellos que no lo verán en su periplo escolar. ¿Incidirá eso en los públicos del futuro? No se sabe, pero sí incidirá notablemente en los ciudadanos del futuro.

Cuando hablamos con tanta frivolidad de crear nuevos públicos, se debería atender a estos datos, que son similares en muchos lugares de la tierra. Se deben acortar las diferencias evidentes que se detectan que bien se puede considerar una discriminación. Las políticas democráticas de educación y cultura son las que pueden rectificar estas tendencias con tiempo, esfuerzo, técnicas y planes adecuados y presupuestos, es decir, inversión.

Por cierto, han cambiado hace pocos días al director del Instituto Nacional de Artes Escénicas y de la Música de España. No podemos llorar la marcha del saliente. No podemos celebrara la llegada de la persona entrante porque no tiene ninguna vinculación directa con el asunto más allá de un sillón en un Consejo del Teatro Real, al que, para incidir en el asunto, están investigando desde Hacienda por sobre costes en algunas producciones. No tienen ningún respeto a las Artes Escénicas y este cambio bien pasada la mitad de la legislatura es un síntoma. Pero hay que recordar que es el ministerio de Wert, pero peor aún, porque es la parte que desgobierna el señor Lassalle.