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Jue, Oct

Y no es coña | Carlos Gil

Escribo estas líneas horas antes de la celebración de la gala de entrega de los Premios Max que, un año más, despierta sensaciones encontradas. He escrito mucho sobre estos premios, he sido parte de ellos, hace unos años con un premio autónomo, que entregábamos algunos periodistas especializados y críticos, cuando cambió de modelo formé parte dos años en los jurados que seleccionaban los candidatos, y en una ocasión también del que otorgaba los premios. Antes la votación era abierta, se apuntaban los interesados en participar y votaban. Hubo un año que se cometió el gran error de que el voto final estuviera en manos de los miembros de la Academia de las Artes Escénicas. Un desastre. Los miembros de esta entidad, en aquellos momentos estaban muy atomizados en varias comunidades. Y se notó. Vaya si se notó. Rozó casi el escándalo.

 

Decía que he escrito mucho, he intentado pensar mucho, buscar vías, soluciones para que estos premios, además de la repercusión mediática moderada que tienen, tengan un valor en el mercado, cosa que es difícil porque muchos espectáculos que hoy serán premiados probablemente ya no estarán en cartel, en distribución, asunto muy difícil de entender desde fuera, pero que tiene que ver con nuestro sistema de producción y exhibición. Y se ha avanzado algo en este sentido, ya que la duración de las producciones se alarga en el tiempo, aunque de manera intermitente. 

Otro defecto básico es que solamente concurren aquellos espectáculos cuyos autores pertenezcan a la SGAE, que es la entidad organizadora, por lo tanto, es parcial, aunque los porcentajes sean amplios, pero, por ejemplo, quedan fuera la inmensa mayoría de los musicales que son, por otra parte, los espectáculos que, por lo general, aportan mayor número de espectadores.

Con todos los problemas existentes, con todo lo que se puede detectar de mejorable, formo parte de esa corriente de opinión conformista que se sitúa en la realidad de que es en la única plataforma que de manera más o menos unitaria se pone en valor las Artes Escénicas. Se retransmite por televisión, se utilizan los tópicos, la inmensa mayoría de los medios de comunicación generalistas le prestan atención y se crea una burbuja temporal en la que creemos que es algo que importa a la sociedad y que se puede codear con otros rubros del mundo del ocio cultural, como el cine o la televisión.

Así que sean cuales sean los ganadores, tenga lo que tenga de proyección, estos premios en el mercado interior, sin saber de una manera fehaciente lo que puede tener de incentivo para los públicos para acudir a ver esos espectáculos premiados si es que están en cartel, celebraremos esta reunión, saludaremos a amigos y conocidos, felicitaremos a los ganadores y consolaremos a los que se han quedado ahí, a las puertas. A todos les diremos con una sonrisa que nada de los estructural ha variado. Que pueden estar muy felices o un poco contrariados, pero que estamos en precariedad perpetua. Y en eso es en lo que hay que incidir.

Lo importante es que mañana se empiece a pelear por que se regulen mejor todas estas actividades, que no dependan de unos premios que otorga una entidad privada, que quizás se debería tener una cierta contención y organizar los premios con un objetivo más de consolidación interna, de cohesión, y que se estudien las posibilidades diversas para organizarse estructuralmente, sabiendo, además, que tenemos un complejo entramado institucional, con estatutos autonómicos que llevan escritos la exclusividad para la Cultura. Es un escollo político que se debe estudiar. Me canso de decir esto. Veo cómo se reparten subvenciones desde el INAEM rozando lo ilegal, este año con la excusa de la pandemia. Además, subvenciones con unas cifras vergonzantes. Por ejemplo, cuatro mil quinientos euros para hacer veinticuatro actuaciones. Esto no es de recibo. Esto es una invitación a forzar todo, a no girar, porque es imposible. Se harán, se firmarán, se admitirán sin rechistar y eso es un paso atrás, es una nueva ofensa a la profesión entera.

En términos globales, los premios Max de hoy, premian a lo que se considera por una parte de la profesión y alrededores lo mejor de esta última temporada. Hay otras obras que ni concurren. Es casi imposible que la selección de los espectáculos sea equilibrada. Las producciones periféricas que no se den en Madrid o Barcelona tienen muchas menos posibilidades de acceder a una competitividad real. No hay una fórmula mágica que lo solucione. Se deberá seguir pensando en ello, y cuantos más piensen y sin egos ni intereses por medio, mucho mejor. 

Felicidades a los organizadores, a los ganadores, a los participantes y a los medios de comunicación que los difunden.