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Vie, Nov

Y no es coña | Carlos Gil
Debe ser bastante frustrante tener una larga vida inmaculada de premios y que de repente alguien, con muy buena voluntad, te ensucie el currículum con un reconocimiento. ¿Qué hacer en estas ocasiones? Un rechazo puede ser considerado una falta de respeto, una descortesía o incluso un acto de soberbia. Aceptarlo es meterte en el redil, tener que callar para siempre. Quien haya fundamentado su biografía a base de enfrentamientos, bordeando lo correcto, en la periferia de los poderes, entrar de repente en una sala de trofeos es un trago duro de pasar.

Bien mirado son bastante más los millones de seres humanos que nacen, crecen, se reproducen y mueren sin haber recibido jamás un agasajo, una medalla, un certificado, un reconocimiento ni un premio. Y muchos más los que nunca lo han tenido de manera pública, porque es posible que en la mili, en el internado, o en unos juegos florales o en la hora de la jubilación sí hayan sentido el apoyo de sus seres más cercanos.

Hoy, lunes nueve de mayo de dos mil once, se van a entregar, en una ceremonia celebrada en el Gran Teatro de Córdoba, los Premios Max que son, en estos momentos, los únicos premios concedidos directamente por sufragio universal por los participantes de un censo de votantes formado por profesionales de las distintas ramas de las Artes Escénicas.  Tienen resonancia estatal, y sitúan al Teatro y la Danza, en los medios de comunicación durante unos minutos en clave positiva. Cuestión que no es baladí dadas las actuales circunstancias.

No se trata en un día como hoy cuestionar el sistema de convocatoria, los automatismos para poder estar en la lista de los primeros candidatos, ni siquiera pensar en si son adecuados los rubros, la fiabilidad de la votación o constatar, en buena lógica, que las producciones y espectáculos de Madrid o Barcelona parten con una cierta ventaja. De esto se ha hablado, se habla y se hablará, porque es difícil encontrar un método seguro, equitativo, que reconozca todas las realidades, dado que la fragmentación por comunidades, los circuitos de consumo interno, la poca movilidad de los grupos y un largo etcétera nos va a dejar siempre con una sensación de extrañeza por al desigualdad de opotunidades.

A mí, sinceramente, lo que me preocupa de estos Premios Max, ligados a la Fundación Autor de la Sociedad General de Autores y Editores, es que se den a obras y espectáculos que, generalmente, ya han acabado su periodo de explotación, cosa que podría evitarse o paliar un poco con otro tipo de reglamento, y así, al menos, los Max, podrían servir para darle un tirón de apoyo para su explotación. Ahora mismo, es difícil detectar el valor añadido que aporta un Premio Max, a una actriz, un autor, una compañía o un espectáculo. Es decir, uno de los objetivos que deberían plantearse en la organización de los Max, los medios de comunicaciones, los gremios e instituciones que concurren de una manera u otra en su existencia es ponerlos en valor. No que salga más o menos en la tele, no, que ya salen, y dan malos resultados de audiencia, sino que tengan un valor interno, profesional, que sean un premio, no una estatuilla.

Formamos parte de los Max, o así lo sentimos. Notamos una cierta desaceleración general en cuanto a su valor emocional.  Dudas, cansancio, incomprensión. Todo tene su lógica. Ni la sombra de la SGAE debe pesar tanto, ni se puede caer en un pasotismo postural . Quienes concurren acepta las reglas del juego. Quienes  quieren mantenerse al margen, no tienen ninguna obligación de estar. Deben ser una fiesta, un lugar de reconocimiento entre todos, un acto cultural, no solamente una pasarela, un mercadillo o una colección de frases hechas. Son parte de la historia reciente de las Artes Escénicas. Algunos pueden pensar y hasta defender que los Max probablemente no aportan mucho, pero sin los Max, seguro, seríamos todavía más pobres, más invisibles.