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Mié, May

Y no es coña | Carlos Gil
¿Qué pensarán los públicos de todas las diatribas que entretienen a sus artistas favoritos? En lunes agosteños, uno siente la desazón de después de la siega. Todo un año trabajando para que ahora en los silos se almacene el grano que nos pagan a un precio más bajo de lo estipulado. Pero ese trigo un día será pan de diseño, tostadas, pasta o sémola y tendrá un precio de mercado que el cliente acarreará de las estanterías del supermercado o le servirán meticulosamente en una boutique del pan. Cuando comemos una hogaza de pan nunca pensamos en el segador, ni en los días de solanera. Queremos que el pan esté crujiente, sabroso y que no sea muy caro.

¿Existe alguna especie de público de las artes escénicas que se preocupe por las condiciones sindicales de los artistas, o que se fije más en el programador que en la primera actriz? Probablemente ni ese público, no tan público, pero sí más contaminado que son los profesionales del medio, acude a las representaciones con más prejuicios, incluso, que quien va a ejercer la crítica. El resto de ciudadanos que deciden convertirse estadísticamente en un número de la cuenta de resultados de los espacios teatrales, va en busca de emociones, entretenimiento, función social, consumo cultural y un larguísimo etcétera.

A este labrador de verdes campos de un Edén perdido, le preocupan hoy más que nunca los públicos. Los efectos colaterales que la situación económica y de desbarajuste en el sistema productivo español en las artes escénicas va a tener no solamente con los profesionales o asimilados, sino en ese ente que los totalitarios llaman Público y que ya sabemos que son Públicos, por su diversidad y volatilidad. Los secuestradores de público, aquellos latifundistas del público, que se llenaban la boca con esa frase desmedida, desdichada y que tanto ha corroído el quehacer funcional de las artes escénicas: "no te contrato porque esta obra no le gusta a mi público", ¿qué nos dicen ahora? ¿Han liberado a su público? No. Era todo una mentira, una falacia, una alucinación de recién llegados, un despropósito que se vuelve contra todos.

Entre unos y otros, el sistema de producción y distribución, es un mecanismo roto porque se basaba en premisas falsas y en un oligopolio desnaturalizado. Sin entrar en más detalles localistas, en la Red, lo que se programa mayoritariamente son (¿eran?) producciones con famosos de la tele. Lo pagaban a precio de juzgado de guardia, rompiendo la escala lógica del mercado, y con eso conseguían a base de demagogia con los precios de las entradas, porcentajes de ocupación realmente considerables. Por cierto, nadie se ha entretenido en depurar esos porcentajes para saber, como se sabe de los teatros en Barcelona, cuántas butacas se ocupan de pago y cuántas por cortesía. Ese sistema es el que se ha vuelto inviable, porque esos grandes empresarios del pesebre, los que se han enriquecido con este sistema, ahora no están dispuestos a reorganizar sus cuentas, y si se ha acabado el dinero, no hay famosos y si no hay famosos, no hay públicos de aluvión. Y volvemos a empezar.

Lo malo es que esa opción de talonario había contaminado a todo el sistema, llegando a propiciar que festivales de la entidad cultural que debería tener Mérida, fuera una pasarela exhibicionista para cantantes del pesebre, artistas de la tele y proyectos megalómanos de corta vida, pero de mucha repercusión mediática, que llenaban las piedras de su teatro. Este año, como hemos sabido, las directoras dimisionarias del festival, con una propuesta de programación coherente, fundamentada, con poso cultural y contenido ético y de relevancia artística fuera de dudas, declaran que hay una bajada de espectadores considerable, lo que les hace reunirse con el nuevo presidente de Extremadura para conseguir el compromiso de cubrir el posible déficit que se ocasione y poder pagar así todos los compromisos contractuales.

Sin más. Pensemos, mientras vamos a la huerta a regar. Estos son efectos colaterales que vamos a sufrir durante años. Y una de las pocas soluciones es empezar, sí, soy un pesado, de nuevo, por aquello que se hizo hace décadas, y se dejó orillado, llevar las artes escénicas a las aulas pero de manera de introducción a ellas, para conocerlas, para practicarlas. Y hacer un seguimiento para que en un tiempo lógico, tengamos jóvenes que sepan qué es el Teatro y sean aficionados, no estadística de ocupación. Y que no falte en la universidad, ni en ninguna casa de cultura, ni en ningún hogar del jubilado. Encender hogueras teatrales en cada esquina.