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Sáb, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

No es necesario que me identifique como alguien que defiende una manera actualizada de acercarse al teatro clásico español, en general, porque creo que los contenidos de muchas de esas obras son a la luz de los criterios sociales actuales, no convenientes, ya que transmiten una idea muy machista, una concepción excesivamente jerarquizada de la vida política y religiosa y otros detalles que no es cuestión ahora de ir repitiendo. Es difícil decir esto y ponerlo en práctica. Sin lugar a dudas es parte de nuestro gran acerbo cultural, literario, teatral, pero su puesta en pie de manera museística, puede crear una confusión, especialmente porque son textos y montajes a los que se “obliga” a leer o ver a los jóvenes y uno teme, que si no se hace con una buena introducción contextualizadora, los resultados pueden ser en primer lugar contradictorios con lo que sucede en la vida real y después puede reforzar una involución machista basada, perdonen la reducción, en ese exacerbado valor del honor del varón, naturalmente.

 

Lo he escrito varias veces, lo he argumentado lo mejor que he podido, he sido contestado con educación o sorpresa, pero también he sido tachado de todo lo que se puede imaginar por intentar advertir de algo que no busca la censura, ni siquiera una revisión, sino un “Punto de Vista” propio que nos haga sentir de manera constante que esos mensajes son de otros tiempos, y que ahora se deben cuestionar e incluso rebatir. Nada más. Ni nada menos. 

Por eso los rebrotes censores que se están produciendo sobre algunas películas me parecen un tanto extravagantes, ya que una película, la que sea, es una obra cerrada, que no se debería manipular, aunque sí se debería explicar época, motivos y un largo etcétera que llevaron a sus creadores a llegar a esos puntos. “Lo que el viento se llevó” es una de esas películas que pertenecen a la historia del cine y claro que analizada hoy sus contenidos son cuestionables. ¿Hay que prohibir su exhibición? No. Hay que exhibirla y que cada espectador saque sus conclusiones, pero no estaría de más que se extendiera una suerte de costumbre de colocar siempre un dossier previo o posterior para saber de qué va, cómo, cuándo y los porqués. No con esta, sino con todo el cine, los audiovisuales, los libros, el teatro, la danza y hasta la gastronomía. Sería recomendable que una ciudadanía libre, bien informada, pudiera acercase a todo lo hecho por la humanidad y disfrutarla sabiendo distinguir sus valores y colocarlos en el lugar apropiado.

Produce una cierta inquietud ver la ola anticolonialista española desatada en todo América, la reacción tan acrítica que se hace a ello desde aquí, la península Ibérica, que es desde donde se produjeron los mayores actos de violencia y posterior trata de seres humanos para venderlos como esclavos, porque si acaso los motivos puedan estar confusos, los hechos de incursión violenta e imperialista en aquellas vastas extensiones de tierras que estaban todas habitadas por otras culturas, no se puede quedar en esas crónicas evangelizadoras de un carácter racista abrumador. 

El Teatro de ambas orillas ha tenido épocas en las que se acercó a estos peliagudos asuntos con espíritu crítico, o al menos con espíritu revisionista. Hasta marzo estábamos preocupados por otros asuntos, hoy, con la pandemia en plena fase mayor en América y en una desescalada atrabiliaria en Europa, puede que nuestros escenarios se pueblen de otros temas, pero existe una realidad social extendida que nos va descabalgando de sus pedestales a los iconos de todo lo que se quiso convertir en un descubrimiento para ocultar su maldad depredadora intrínseca. 

Pero como en paralelo crecen los movimientos fascistas, como a pesar de los pesares, se debe insistir en que la ciudadanía debe educarse en la libertad, lo último que se recomendará desde aquí es que se ejerza ningún tipo de censura. Contra nadie ni nada. Y lo decimos con conocimiento de causa, por edad y condición de estar en demasiadas ocasiones en las afueras del sistema, por lo que se convierte uno en una pieza fácil de abatir desde todos los censores ideológicos que usan, ahora mismo y de manera consensuada y constante la censura económica, que es su arma de destrucción unitaria o de colectivos concretos.

Es una alegría que se vayan abriendo los lugares de exhibición de teatro, danza y música. Hemos visto algunas decisiones decorativas realmente escalofriantes por su banalidad, pero esperemos que la reconstrucción del tejido productivo y creativo se vea acompañado por unos públicos que se sepan organizar y quitarse los temores, lógicos en algunos casos, para acudir a ver los espectáculos, que por su parte van a ir sufriendo en su puesta en escena cambios debido a las propias recomendaciones sanitarias.