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Mar, Abr

Y no es coña | Carlos Gil

El calendario nos formatea las energías. Andamos culminando la revista ARTEZ número 226 de enero/febrero de 2019, con un suplemento de FETEN, esa grandiosa muestra de la especialidad de las ferias, en este caso con una reverencia absoluta por su dedicación al teatro para niños y niñas y familiar. Esto quiere decir que, ente felicitaciones, correcciones, faltas de artículos que llegan tarde, circunstancias diversas, darse cuenta de que hemos llegado a lunes es un descubrimiento algo traumático.

Además, nos colocamos en medio de unas fiestas donde el teatro no deja de existir, pero se transforma en otra cosa, con otra relación. Estamos ante los desvelos, ante los sueños perdidos o los instintos recuperados. Avisa el fin de año, el fin de mes, el fin de ejercicio ese tiempo de recopilación de facturas y ajustes contables. La vorágine administrativa obligada. No hay manera de pensar en otra cosa que no sean tus obligaciones impositivas, en la compra de unos mariscos que no te arruinen y en conseguir un punto de asado perfecto. Lo imposible.

El trabajo de informar sobre lo que sucederá en los próximos meses es una tarea que abre el apetito, que ayuda a hacerse una composición de lugar, para comprobar que no hay nada mejor que entrar en tiempos electorales para que todos los estamentos inviertan de manera abundante, dentro de sus posibilidades, y hasta llegue a la cultura y a las artes escénicas ese brote de generosidad. Después llegarán tiempos oscuros, cuando los que se van no quieren y los que llegan no pueden. O viceversa. Ya estamos acostumbrados, pero siempre incomoda. Si existieran unas leyes de estabilidad esto no sucedería. Al igual que las fuerzas armadas, es un decir, el mundo de la cultura y de las artes escénicas debería tener un marco de estabilidad presupuestaria que no permitiera nada más que pequeños ajustes coyunturales a quienes llegaran a tener responsabilidades en estos asuntos. Ahora parece que todo es gracioso, que existe porque se quiere, no porque se debe o es obligatorio.

Vamos a ir defendiendo la libertad, como siempre, la discrepancia, la versatilidad, la variedad, diversidad y frecuencia relativa. Pero vamos a ir tomando conciencia de la necesidad de empezar a solidificar lo obvio. Se llame Ley, reglamentos, pacto por la cultura, da lo mismo, pero algo que acabe con las incertidumbres, que no dependa de competencias impropias, sino de reglamentaciones orgánicas que hagan que los teatros tengan estabilidad, las compañías sedes, las dramaturgas compañías que les requieran, los directores proyectos factibles y los públicos, es decir, la ciudadanía un servicio público democrático que le satisfaga. 

Y después veremos y analizaremos las estadísticas de consumo cultural, el porcentaje de la población que usa estos servicios de manera habitual. Seguro que los resultados no son todo lo buenos que quisiéramos, pero insistiremos con políticas adecuadas para que sean mejores a base de buscar maneras que no permitan el desfallecimiento. Que los sueños se puedan cumplir y los desvelos contribuyan a lograrlos. Todo en un conjunto de acciones positivas.

Este es mi cuento de Navidad.