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Mar, Nov

Y no es coña | Carlos Gil
Reflexión epidérmica: esta columna semanal se está convirtiendo en un monográfico obsesivo sobre los sistemas productivos, la gestión, las políticas teatrales o su inexistencia, casi en una suerte de panfleto definitorio de una concepción de la Cultura que puede considerarse utópica, porque no parece el momento más adecuado para proclamar esos parámetros políticos en los que establecer la relación del poder institucional con la ciudadanía más allá de un acto puntual.

Realizada la confesión, la penitencia viene adherida en la propia formulación. Mantenerse dentro de una mínima coherencia entre la prédica y la acción, lleva a una psicosis, por lo que abandonaremos por prescripción facultativa esta vía de martirio y nos daremos unos baños de pragmatismo, aderezado con unas gotas de cicuta en forma de cinismo anti-inflamatorio. Es posible que los demás tengan razón, que el Mercado lo regula todo, y que es necesario establecer una sistema de economía de escala en las artes escénicas para que se mantenga, aunque sea en un nivel bajo de calorías culturales, la producción teatral. Admitamos este discurso revisionista.

Como nadie es capaz de objetivar el concepto calidad en las artes escénicas, mientras que hablar de compromiso es un arcaísmo repudiable desde todos los frentes, ¿con qué criterios mediremos el valor de una obra de teatro a partir de ahora? ¿Los ingresos por taquilla, los minutos de aplausos, el interés que le prestan los medios de comunicación, el número de famosos en su reparto, los impacos de twiter? Acaba de terminar la Muestra de Alicante donde se ofrecen espectáculos exclusivamente de autores contemporáneos españoles, ¿podría ser una pista para la acción programática general la de atender a la producción contemporánea española?

Sí, estoy hablando de proteccionismo. ¿Por qué se puede proteger el aceite y no la danza española? ¿Por qué debe estar protegida la moda y el diseño y no el teatro de autora española? Es más, uno se pregunta que como los gestores de los teatros, en general, son españoles, ¿por qué no se importan profesionales de la programación para mejorar la especie? Muchos directores españoles, algunos con cargo en institución teatral de gran relevancia, sienten animadversión con la autoría española viva, de tal manera que se gastan los dineros de las producciones en clásicos contemporáneos americanos, franceses, británicos o polacos, que les parece son una buena percha donde colgar sus montajes museísticos.

Digo yo que los pocos dineros que se van a destinar desde las instituciones públicas a la producción y la exhibición de las Artes Escénicas, ¿no deberían dedicarse primordialmente a mantener las dramaturgias propias, al igual que protegen a los actores o productores propios? Que nadie se soliviante ni reclame agónicamente la libertad de expresión, ni se ponga campanudo proclamando la defensa de que no se puede condicionar su creatividad, ni su capacidad de elección. Yo estoy a favor de la libertad en términos absolutos, pero con los pocos dineros públicos, se debe regular y proteger la creación propia.

Y después, que cada cual haga lo que le dé la gana, pero con su dinero y el de sus públicos. Libre mercado, pero de verdad. El otro, el mercado protegido, subvencionado, el que paga a los gestores con los impuestos de todos, debería ayudar al crecimiento de todos los sectores de las artes escénicas. Y la autoría, la dramaturgia, es un sector que, digo más, hasta puede exportarse con cierta facilidad, como así sucede. Proteccionismo como un mal menor.