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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Dice una amiga mía monja que cuando uno pide un deseo hay que insistir. No vale con echarlo al aire, hacerlo propio bebiendo de una fuente o materializarlo en palabras que se expresan ante una vela, una sala vacía, un paisaje espléndido o un instante de rencor, estupor, clarividencia, tristeza, ansia, recogimiento o sublimación.

A Dios rogando y con el mazo dando, dice una expresión popular que viene a decir lo mismo que lo que afirma la religiosa. Insistir en las propuestas en el sentido de no abandonarse al malabarismo diario para seguir persiguiendo los sueños o, mejor aún, materializar esos sueños hasta convertirlos en parte del malabarismo diario. Creo que eso es lo que hacen la mayoría de artistas que siguen insistiendo a pesar de los años.

Si insistimos, la vida empuja, la vida ayuda y contribuye a que generemos un mapa propio, a veces rocambolesco, donde todo acaba encajando: horarios, dinero, disponibilidad, sacrificios que no pican por gustosos y un largo etcétera que, una vez conformado, parece milagro. Si antes de construirlo de a poco, nos hubiéramos parado a pensar en cómo hacerlo, nos hubiéramos echado para atrás mucho antes de empezar a materializar el sueño.

Un gran porcentaje de las personas que se dedican a las artes escénicas en este país vive flirteando con el nivel de la pobreza. Es esta una afirmación bestial que hizo un actor al que oí hablar en no se qué manifiesto a favor de no se qué historia algunos días atrás. Al oírlo, no me extrañó. Conozco a muchos. A muchas. Conozco a muchas actrices y actores, directores y directoras de escena a los que no les queda más remedio que hacer lo que hacen, o sea, teatro, porque no saben hacer ni quieren hacer otra cosa. Y hacen entonces malabarismos propios del más digno escenario, en plena vida real para que todo cuadre y poder estar en el ensayo a la hora prevista, a la hora citada. Un lugar donde un equipo de carne y hueso aguarda al gran día, o mejor dicho, a los grandes días donde todo ese trabajo se materializará en oportunidad. Una oportunidad que se llama "una función tras otra", donde el espectáculo crece y vive y donde el amor por una disciplina se convierte en oficio.

Pienso en todos los compañeros que están ahí, malabareando en lo cotidiano para poder hacer oficio de esta profesión, escurridiza en la frecuencia, amorosa en todo lo demás y pienso que son milagro. Un milagro insistente que no deja de pedir o que pidió una sola vez, pero que insiste y se reafirma, bien con un "Seguimos, seguimos", o editando libros teatrales, rascando horas de ensayo, trabajando con grupos internacionales y/o hasta vendiendo funciones.

Insisten y el teatro, gracias a ellos, resiste.