Sidebar

25
Vie, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

El pasado sábado tuve la ocasión de acudir a una representación de Sagunt a Escena y conocer ese espacio creado sobre las ruinas de un teatro romano y que podría entrar, por la puerta grande y con fanfarrias, en el museo de los horrores arquitectónicos interviniendo sobre el patrimonio cultural histórico. Fui a ver Amazonas, de la que había visto un ensayo, el escenario es tan insoportablemente antiteatral, que todo acaba convirtiéndose en un esfuerzo extra, por medidas, por imposibilidad de iluminar como se debe y un largo etcétera. Las butacas o localidades que no quiero describir por conmiseración, todas ocupadas. La función funcionó bien, una propuesta de Magüi Mira cargada de un punto de vista feminista. Las interpretaciones muy desiguales. Destaca de manera egregia Loles León. Hasta aquí la crónica. Ahora viene el dolor.

Porque produce mucho dolor ver una inversión pública de estas características para acabar siendo algo muy poco práctico, feo, mostrenco en sus consecuencias de incoherencia estética. Se saben los nombres de los arquitectos y los obvio por reminiscencias franciscanas. Pero no sé yo los nombres de quienes admitieron el proyecto, quienes firmaron los presupuestos, quienes recibieron la obra. Sé que hubo problemas de toda índole, estuvo hasta judicializado, se manoseó de manera partidista, pero ahí está el monstruo. Ahí lo tienen, se programa, pero es dificultoso. Tiene magia el subir hasta sus cavas de entrada, la zona, el barrio, pero una vez dentro, o te concentras en la función o pueden acabar desquiciado. Los minutos de espera, mirando el desaguisado es un suplicio. Yo fui acompañado de artistas del ramo y de otros y nos íbamos retroalimentando la rabia, el sentido crítico, la incomprensión.

No quisiera decir nada más. No se trata de hacer de Sagunt y su festival algo que no es. La dignidad profesional de programadores, técnicos, compañías y artistas, palían la incompetencia previa. Y lo peor es que no es un caso único. Es, desgraciadamente, bastante habitual encontrarnos con obras en marcos incomparables que no contribuyen a su realce, y en el campo de los espacios dedicados a las artes escénicas, el anecdotario es tan grande, extenso, sangrante que dan ganas de hacer un estudio serio sobre todas las barbaridades realizadas en los últimos quince años en los más de setecientos teatros y auditorios de titularidad pública que se construyeron de nueva planta en la burbuja inmobiliaria o se restauraron (es un decir). 

En marcos incomparables donde se utilizan con una suerte de decorado extra para atraer públicos que confunda el turismo cultural y las artes escénicas, hay casos flagrantes, pero, dentro de todo, el respeto ha cundido más que las florituras y los egos de arquitectos alimentados por concejales o alcaldesas. El auténtico terror viene en la propia concepción de las nuevas salas o teatros. Se construyeron sin planes de viabilidad cultural, sin tener otra idea que acumular una inauguración, un edificio en ocasiones hasta singular o pretendidamente rompedor, pero nadie contó que necesitaba ser alimentado, no solamente con luz, agua y mantenimiento sino con contenido artísticos.

Esos más de setecientos teatros y auditorios de titularidad pública están, en un porcentaje muy elevado, infrautilizados. Darles el presupuesto para que sus contenidos tengan un sentido adecuada es tarea políticamente asequible, pero como en su mayoría se diseñaron con conceptos decimonónicos, frontales, a la italiana, para entendernos, se renunció al debate básico de este siglo, que es la relación espacial de las artes escénicas y los públicos. Las artes performativas avanzan. La frontalidad seguirá preponderando, pero hay una tendencia artística actual, en todos los rubros creativos que no se puede realizar en esos nuevos espacios. Y esa contradicción y falta de conexión con el futuro es parte de los pecados capitales de la gestión cultural estandarizada y funcionarizada en unos dogmas superados. Este debate de los espacios dónde hacer el teatro, la danza, se está produciendo fuera de estos teatros y auditorios públicos. Los espacios dónde representarse condicionan la producción. Además de los presupuestos y otras tentaciones censoras.

Hay arquitectos amantes del teatro, especializados, estudiosos, pero no son llamados a asesorar con la suficiente habitualidad. Hay gestores, funcionarios, políticos que saben, estudian, se informan y respetan el trabajo de cada gremio. Y de manera consensuada se prospera y se toman decisiones para hoy y pasado mañana. Lo malo es que son una minoría, en ocasiones, no escuchada, o directamente marginada.