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Dom, Sep

Velaí! Voici! | Afonso Becerra

El destino, la voz de la conciencia, la intuición, ángel o demonio, el susurro de la voz interior que detiene o empuja. Presencia oculta, imprevisible, que determina actos y decisiones que no podemos explicar racionalmente. ¿Qué es esto? ¿Te parece que esto puede ser importante para ti, para mí, para nosotras/os? Yo creo que sí.Creo que en esa especie de definición, que baila en la ambigüedad, esa ambigüedad que la tradición considera como una de las particularidades del carácter gallego, está la médula de nuestro vivir cotidiano y de las posibilidades de remontar(lo). La miseria no es algo que nos quede lejos, está agazapada vigilándonos, esperando para tomarnos, para introducirnos en su orbe, para convertirnos en miserables. Ni siquiera dedicarnos al teatro, a la danza, a la música, a la pintura… nos libera de caer en la miseria o de ser unos miserables. La miseria puede ser la indigencia económica, pero si va ligada a la miseria intelectual y ética, entonces, incluso sin que haya pobreza económica, agárrate que hay curva.

 

Las dos frases largas con las que comienzo este artículo, en las que danza el significado, son de la dramaturga y directora gallega Ana Vallés. Con ellas intenta decirnos lo que es el Daimon.

Daimon es, pues, un concepto basilar de la última creación de Matarile Teatro, titulada Daimon y la jodida lógica, que se ha estrenado el viernes 6 de septiembre de 2019 en la Sala Ártika de Vigo.

Daimon y la jodida lógica es obra de un equipo de 14 personas. En la dramaturgia y la dirección, Ana Vallés. En el escenario actuando: Ricardo Santana, Nuria Sotelo, Celeste, Alba Loureiro, Cristina Hernández Cruz, Nacho Sanz, Jorge de Arcos Pozo, Neus Villà Jürgens y Ana Cotoré. En la iluminación, espacio y producción musical, Baltasar Patiño.

Daimon es un concepto con el que Matarile juega a dar forma, en un espectáculo sumamente atractivo y arrebatador. Un concepto que puede salvarnos de la miseria más menesterosa, que es la intelectual, la ética y la sensitiva. Porque desde nuestra capacidad para la emoción estética, desactivando nuestros prejuicios más prosaicos, podemos obtener, quizás, esa transformación.

Me intento explicar un poco mejor: desde nuestra capacidad para empatizar y experimentar una emoción estética, más allá de la jodida lógica, que tantas veces no nos funciona en la vida, desligándonos de las conveniencias y expectativas concretas, más podremos emanciparnos de la amenaza de la miseria, que se agazapa en cualquier rincón para apoderarse de nosotras/os. En fin… no sé si me he logrado explicar o si aún la he liado más.

La cuestión es que el Daimon tiene relación con nuestra posibilidad de ser un poco mejores que quien maltrata, quien es clasista, racista, misógino, homófobo, especista… alguien mejor que quien incendia montes para especular, que quien no tiene escrúpulos en pisarle la cabeza a otros para trepar al poder, que quien manipula a los demás en beneficio propio, desde la política, por ejemplo, instrumentalizando todo lo que tiene a su alcance, desde la cultura hasta la vivienda, etc. Quiero decir con esto que Daimon y la jodida lógica no se ocupa de comenzar la casa por el tejado, sino de ahondar en las bases y en los cimientos que nos pueden catapultar hacia la miseria o salvarnos de ella.

El espectáculo comienza con una luz maravillosa.

¡La luz de Baltasar Patiño en esta pieza es sublime!

Comienza con una luz maravillosa y con Cristina a los teclados haciendo música, porque la música se hace.

Se hizo la luz y la música y el mundo, de esta manera, comenzó bien.

Sin necesidad de palabras.

Se hizo la luz y la música y… ya sabemos que la música amansa a las fieras. Y que la fiera vive en nosotros.

Después el bailarín Ricardo Santana habla y sin dejar la palabra por el suelo de lo obvio o de las conversaciones baratas, mantiene un registro casi poético para referirse a todos esos desasosiegos que, en cierto sentido, atenazan a la gente que se dedica al arte. Pero esos desasosiegos no pueden serle ajenos al público del teatro. Primero, porque la profesión de las artes escénicas, como sigue demostrándonos la actualidad, tocando el 2020, es una de las más vulnerables. Y, segundo, porque los asuntos que trata el discurso, proferido por Santana, no dejan de ser metáfora de aspectos que se dan también en otros ámbitos profesionales y humanos. Asuntos que, a la postre, nos afectan a todas/os. Porque la miseria nos acecha.

Después el escenario se va poblando de seres que se nos aparecen en su excepcionalidad, sin desconectarse, por ello, de la persona que está ahí, dándolo todo. Dándolo todo en equipo, en coreografías de voguing, con profusión de poses y gestos de brazos y manos, en dúos, en solos, etc.

En este Daimon y la jodida lógica las presencias del elenco se vuelven excepcionales, por la actuación y el movimiento, por el vestuario colorido y en ciertos cuadros brillante, de lentejuelas.

En este Daimon y la jodida lógica la música y el sonido, en general, en primer término o como telón de fondo, dibujando lejanías de fiesta, son excepcionales, por la transmisión energética que les infunden las actrices y actores que hacen música en escena. Pienso en la desbordante percusión en la batería de luces que toca Nacho Sanz. Pienso en la voz aterciopelada de Cristina Hernández Cruz, cuando canta y toca, como un río, los teclados. Pienso en la fiereza de Alba Loureiro, desgajando sonidos penetrantes de su viola mientras baila. Pienso en esos toques de trompeta, casi como si fuesen los del Juicio Final, y en los rugidos vocales artaudianos de la bailarina y coreógrafa Nuria Sotelo, que compite, en la pista, con las baquetas de Nacho Sanz a la batería, en un diálogo-contienda acoreográfico, que funciona como una improvisación o un partido de futbol. Pienso en el bajo eléctrico estruendoso de Neus Villà. Pienso en la regulación del volumen del sonido, en la descarga de decibelios, en los ecos, en el fondo sonoro de fiesta o feria de atracciones… que pilota, a la mesa de sonido, Baltasar Patiño.

Y la iluminación, en este Daimon y la jodida lógica, también es excepcional, con efectos deslumbrantes, nunca vistos, y con sutiles matices, que delatan una dramaturgia de la luz realizada no solo desde la interacción con el resto de acciones escénicas actorales, dancísticas y objetuales, sino también desde la efervescencia de un inventor de artilugios lumínicos, Baltasar Patiño.

Por tanto, estoy hablando de lo excepcional. Y de cómo el arte y el amor, en cierta medida, o en cierta desmedida, contribuyen a intensificar nuestra vida y a liberarnos de caer en lo que nos opaca y nos acaba por hundir.

Recuerdo la figura emblemática de Pinocho, en el cuerpo magro y fibroso de Jorge de Arcos, que evoca, en cierto modo, al personaje alegórico de la mentira. Una mentira que camina sobre unos zancos especiales (fabricados, por el escenógrafo José Faro, Coti, con patas de mesa). En algunas secuencias se completa, la figura, con un par de muletas antiguas, para componer un ser de 4 patas que se alza por encima de los demás. Esa mentira que flota por encima de nuestras cabezas y que camina de manera ortopédica, que nos resulta simpática y amable… el ángel que lleva las alas al hombro. El demonio de la mentira que se nos antoja como ángel salvador a corto plazo.

Pienso que en este Daimon y la jodida lógica hay, como en todas las obras anteriores de Matarile Teatro, una búsqueda tenaz de la verdad. Esa verdad que no es la del relato que nos montamos desde la jodida lógica. Esa verdad que no es la de las argumentaciones, que igual sirven para justificar una guerra que una acción de paz. Esa verdad que no se fabrica con palabras y que no existe a expensas de nuestros caprichos y conveniencias.

Esa verdad, me parece a mí, es la verdad material y palpable de los cuerpos en acción. Desposeídos de la resignación que los va doblando en el día a día cotidiano, cargados por esas obligaciones que nos marcamos y nos marcan, por todas las concesiones que debemos hacer, por todo lo que debemos callar, por todo lo que debemos aguantar.

Me parece a mí que la verdad que busca Matarile Teatro es esa verdad material, palpable y vibrante de los cuerpos en acción. Cuando adquieren el sentido pleno y convocan en si mismos la autenticidad de una belleza fuera de los cánones de la moda, incluso desde “un sabor decadente”, como señalaba, en un comentario en las redes sociales, la dramaturga AveLina Pérez. Esos cuerpos que también son los haces de luz, las ondas sonoras de la música o de la voz, o cualquier objeto que, por obra y gracia de la dramaturgia, se activa y cobra vida poética sobre el escenario.

Me refiero, por tanto, a una verdad poética que se siente, que te entra por los poros de la piel y que se escapa a cualquier coartada o justificación argumental que la pueda doblar o doblegar.

Una verdad refulgente como los cuerpos de Ricardo Santana, Nuria Sotelo, Celeste, Alba Loureiro, Cristina Hernández Cruz, Nacho Sanz, Jorge de Arcos Pozo, Neus Villà Jürgens y Ana Cotoré, en Daimon y la jodida lógica.

Forma parte de esa verdad poética, además, un discurso verbal que nace de la necesidad. Por ejemplo, el texto magnífico sobre el tormento, del que nos habla Ricardo. “Esto no son más que notas atormentadas, como era de esperar, no podía ser de otra manera. Todo lo vivimos de forma atormentada, nos vamos de un lugar porque estamos atormentados, no lo aguantamos más. […] El tormento de dejar o no de bailar, de actuar. El tormento del deseo y la expectativa. El tormento de la belleza. Lo demás, cuando decimos ‘estoy bien’, son momentos de distracción, entretenimientos, alivios. Pero son tan maravillosos los momentos de distracción!”

He aquí lo que bien podría ser una reivindicación de esa verdad que surge cuando no la buscamos, cuando nos liberamos de las expectativas y nos distraemos. Porque la distracción, esos “maravillosos momentos de distracción”, casi siempre implica una desconexión de la jodida lógica.

Las palabras también aparecen con una cierta refulgencia, análoga a la de los cuerpos de las actrices y los actores, sostenidas en un registro, como he señalado, casi poético, despegadas de la conversación común. Y desde ahí, sin ceder a lo explícito, abren reflexiones y, en ciertos aspectos, ejercen una crítica que nunca se cuadra ni se vuelve hegemónica dentro de la dramaturgia de esta pieza. He aquí un fulgurante ejemplo, Santana dice: “No paramos de hablar. Ponemos nombres a las cosas y nos quedamos tan tranquilos, como si supiéramos ya algo. Pero no sabemos nada, solo nombres. Decimos África, por ejemplo, ¿pero sabemos qué es África? Y tampoco nos importa, vivimos estupendamente, incluso atormentadamente sin necesidad de saber nada de África. Todo lo más leemos de vez en cuando a algún escritor sudafricano. Un gran escritor, pero de raza blanca y, para colmo, residente en Australia… Y nos deleitamos con su personaje estrella, Elisabeth Costello, militante contra el maltrato animal, porque nos va bien el tema y nos permite desvelarnos en el sofá, planteándonos si dejar de comer animales muertos o seguir dándole al jamón ibérico. Reconozcámoslo: los blancos somos racistas. No puede ser de otra manera, hemos sido los privilegiados de la Historia. Una Historia de cientos de años de no escuchar.”

El humor, ese humor irónico, tan gallego, siempre presente en las obras de Matarile, también nos guiña el ojo en este Daimon.

“Una Historia de cientos de años de no escuchar.” Y seguimos sin escuchar con todos los sentidos. Vamos al teatro para escuchar lo que queremos escuchar. Pero Daimon y la jodida lógica nos sorprende, se cuela por otros lugares.

Daimon sienta a la mesa a actrices y actores, que nos miran, que nos sonríen, y a su lado también sienta a las imágenes espectrales de Antonin Artaud, Tadeusz Kantor, Marguerite Duras, Louise Bourgeois (que hace, del acto de pelar una naranja, un acto escultórico), al actor gallego Xan Cejudo, y a otros artistas que ya están muertos, pero que forman parte de esa exploración sobre el Daimon de Matarile, el único vivo es el escritor rumano Mircea Cartarescu.

Se trata de retroproyecciones de vídeo en blanco y negro, en 2 pantallas aplicadas a 2 mesas, con el tamaño necesario para que la imagen de los espectros de estos artistas y pensadores comparezcan a la mesa de Daimon y la jodida lógica, en una proporcionalidad equivalente a la de la imagen real de las actrices y actores, que también comparten mesa. Esta ha sido otra de las escenas emocionantes, por la tensión rítmica generada gracias al contraste entre presencias reales, corpóreas y en color, y presencias virtuales, animadas y en blanco y negro. Vivos y muertos en una misma mesa. Tiempos pasados hechos presentes.

También ha sido emocionante por la carga vital de la imagen de esos artistas que actúan de manera virtual, por los rasgos de sus facciones tan peculiares, por sus expresiones habitadas por la intensidad de sus pensamientos, por la mirada que aún podemos adivinar llena de vida y de utopías.

En otra secuencia, Celeste, se aproxima al público, nos habla de las expectativas, imagina a Cartarescu discutiendo con Becerra sobre culturas minorizadas. Y yo, claro, me sorprendo, aunque no es la primera vez que aparezco nombrado en alguna pieza de Matarile Teatro. Me sorprendo también porque no conozco a Mircea Cartarescu y nunca lo he leído. Pero estoy casi seguro de que ambos podríamos coincidir y estar de acuerdo, aunque él se refiera a su vocación de escribir sobre asuntos humanos que trascienden las fronteras de su país, Rumanía, sin quedarse restringido a lo local, igual que hacen los escritores de los países hegemónicos en Europa, tipo Alemania, Francia, Inglaterra, etc. Estoy casi seguro de que podríamos coincidir y estar de acuerdo, salvando las distancias, claro está, porque mi concepción de lo local entronca con la concepción filosófica oriental de que en lo local también reside lo universal, de que en lo pequeño y en lo micro está contenido lo macro, más allá de la etiqueta de un “nacionalismo” cerrado, solipsista y exclusivista. También desde una posición singular de rechazo a la uniformización y homogeneización colonialista de las culturas de poder, del globalismo de las multinacionales, etc. Pero este es otro tema, otra deriva.

¡Por cierto, qué maravillosa es y está Celeste! Recuerdo su solo de danza, vestida como una sirena áurea, encadenando poses en la vertical para acabar en el suelo, desde un hieratismo de elegancia sensual y dolida. Todas sus transformaciones, con los cambios de ropa en cada entrada que hace. Sus interpelaciones a las espectadoras y a los espectadores, con esa voz profunda, dulce y sensual. La performance en la mesa con la media en la cabeza, recortando la boca y moviendo en ella una dentadura ortopédica, al mismo tiempo que, en una de las pantallas, recuperamos la imagen en vídeo de Mauricio González en Truenos y misterios (2007), realizando la misma performance. Un juego plástico que convoca tiempos distintos, igual que los convocan los vídeos de los artistas que ya no están vivos o presentes en cuerpo, pero sí presentes en imagen y en pensamiento. Y, al lado, en la mesa, la performance musical de Nacho Sanz, mordiendo un plato dorado, amplificado, para generar un cuadro de alta intensidad rítmica en el juego de contrastes y complementariedades, en la producción de asociaciones y en la impresionante plasticidad de su ejecución. A la que se suma Nuria Sotelo, semidesnuda, evolucionando, con su cuerpo escultural, por encima de la mesa corrida, que se sitúa paralela a la grada del público, cerca de nosotras/os.

Hubo muchos números espectaculares en los que me emocioné y me sentí arrastrado por la acción que afloraba o estallaba en el escenario.

La emoción es importante en la vida, porque implica un movimiento interior que nos lleva hacia algún lugar. Aunque su procedencia sea misteriosa y ese lugar hacia donde nos lleva también pueda ser un misterio. Pero cuando nos emocionamos es porque algo pasa, algo acontece. Emocionarse con la danza musical de Neus Villà, que hace girar el cencerro de una vaca alrededor del cuello; o con la danza ondulante y quebrada de caídas de Ana Cotoré, con sus juegos de melena, sus ojos inmensos y su dicción del fragmento de Morire, de Giuseppe Adami para la ópera de Puccini; o con Celeste, cuando ensaya una canción apasionada de karaoke; o con el texto de Ricardo Santana, vestido con una faldita plisada y una blusa blanca, que intenta escanear el lugar en el que nos encontramos, en lo artístico y en lo vital, etc. puede, la emoción ahí, incluso, resultar comprensible. Igual que puede resultar comprensible emocionarse con el solo de danza y viola de Alba Loureiro, o con las descargas musicales de la percusión de Nacho Sanz, porque la música y el sonido, en su fisicalidad vibratoria, nos toca directamente.

Sin embargo, emocionarse con el cambio de luz, desde una bola gigante de espejos al vestido de Alba, dentro de una atmósfera de sueños, eso se sale de los cánones de la emoción comprensible. Eso nos lleva hacia un afecto, con A, en el cual el efecto, con E, lumínico-cinético-musical, se transmuta en afecto, con A, y en movimiento espiritual. Y ahí cambió mi respiración y se alteró mi ritmo cardíaco, ahí pasó algo inefable, pero totalmente experiencial.

Daimon y la jodida lógica es una apoteosis daimónica que la medida de la dramaturgia convierte en belleza. Esa belleza en acción que nos mueve. Esa belleza que no es la del paisaje o la de una puesta de sol magnífica, sino la belleza humana que, a veces, el teatro consigue hacer brotar e incluso estallar en los escenarios, en un ofertorio en el cual la presencia, de cada espectadora y de cada espectador, suma.

¿Cómo se lleva Daimon con la lógica? ¿Cuál es la relación entre Daimon y la jodida lógica? ¿Y si, en vez de ser Daimon y la jodida lógica, fuese Daimon o la jodida lógica?, considerando ese “o” como una conjunción disyuntiva, en plan: o Daimón o la jodida lógica, tú eliges.

Como te que quedes con la jodida lógica a ver cómo disfrutas de la vida, de la poesía, de la música, del teatro, de la danza…

Como te quedes en la jodida lógica a ver cómo disfrutas.

Y si no disfrutas estás jodida/o.

¿Merece la pena vivir sin disfrutar?

Pues eso. Más Daimón y menos jodida lógica.

 

P.S. – Sobre la obra de Matarile Teatro, en esta misma sección de Artezblai:

Todo lo demás y los limones y la nieve de Matarile Teatro”, publicado el 13 de noviembre de 2018.

Humores y comicidades en la XXXV MITCF de Cangas do Morrazo”, publicado el 7 de julio de 2018. (Sobre Teatro invisible.)

El FinALT. Matarile. Sonia Gómez. Begoña Cuquejo. Masu Fajardo. Mariví Martín. Celeste González”, publicado el 15 de abril de 2017. (Sobre Antes de la metralla.)

Algunas notas Antes de la metralla”, publicado el 31 de julio de 2016.

Lo alternativo en las artes escénicas desde Vigo. 1. Cuerpos en juego”, publicado el 26 de marzo de 2016. (Sobre El cuello de la jirafa.)

Dramaturgia de relación en Matarile Teatro”, publicado el 16 de octubre de 2015. (Sobre El cuello de la jirafa.)

Cosmogonía teatral y Hombres Bisagra”, publicado el 17 de octubre de 2014.

Teatro invisible”, publicado el 17 de marzo de 2014.

Staying Alive”, publicado el 11 de octubre de 2013.