Sidebar

16
Lun, Dic

Y no es coña | Carlos Gil

El lunes anterior acababa defendiendo incondicionalmente los Premios Max, y posteriormente estuve en el acto de entrega de los premios, sentí en vivo y en directo la extraña situación de la filtración, publicación, o como deba llamarse, de los ganadores horas antes de la ceremonia debido a “una interferencia informática” según palabras de Óscar Millares, responsable de estos premios desde la Fundación Autor de la SGAE. Vivido el acto desde la sala de prensa, las reflexiones nos llevan a matizar algunas declaraciones y a reformular algunos de los conceptos.

Es más que lógico el cabreo de algunos candidatos que se volvieron a su casa, o simplemente no acudieron, al conocer que el ganador era otro. Es más que lógico el cabreo de algunos medios de comunicación al verse con lo noticiable del acto ya colocado desde horas antes en los digitales, las agencias, las radios y algún canal de televisión, lo que hacía que el trabajo de los periodistas desplazados fuera bastante limitado. Es más que lógico el cabreo de los presentadores, guionistas, actores, productores del acto escénico y de la cadena de televisión pública que lo retransmitió en falso directo, con una hora de retraso (asunto que algún día se explicará). Es lógico el desánimo general, la cara de circunstancias de los responsables de la SGAE. Era lo que les faltaba a estos premios para ponerlos todavía más en cuestión, en duda.

Todo se unió: en la calle, a las puertas del salón del Museo Reina Sofía, trabajadores despedidos dels SGAE, apoyados por sindicatos, montaron una protesta ruidosa. La marca SGAE es la peor valorada en España, las noticias que de su seno llegan a los medios son siempre negativas, por lo que los Max, que son un poco su cara más amable, deben cuidarse con mucho tacto. Entonces, esta “interferencia informática”, que desconocemos su origen o si era voluntaria, casual, error, o incluso boicot como se dejó traslucir, vino a descomponer la figura de todos, de tal manera que fue como un punto y aparte. En la sala de prensa se sentía hasta pena por el desaguisado, una suerte de conmiseración porque todo les sale mal.

Pero antes, durante y después, de esta “interferencia informática”, lo que pasa es que desde el equipo directivo se había decidido hacer una edición, la número trece, para más señas, de perfil bajo. Se volvía a Madrid, sí, pero no se hacía en un gran teatro ni coliseo, sino en una sala apañada. No se le dio el nombre de gala, ni siquiera de ceremonia, sino de acto. Los responsables artísticos del acto, nos señalaban semanas antes que se habían acordado de ellos, ahora, justamente, cuando no había un presupuesto grande. En el mismo día se hizo el acto de proclamación de candidatos, considerada por los asistentes de poco adecuada por las urgencias y falta de calor. Este acto de los maximinos tenía hasta esta ocasión una categoría superior, con la presencia institucional muy evidente.

Por lo tanto, la “interferencia informática” vino a darles una puntilla que no sabemos si puede ser definitiva. Se sabe que desde el interior de la SGAE hay posturas que apuestan por su casi desaparición, que sea un acto todavía menor. Y siempre es la crisis económica la coartada. Y nadie puede negar que estamos en horas bajas, pero precisamente por ello, hay que buscar el apoyo, la ayuda exterior, la complicidad de la profesión para seguir con estos Premios. Nos tememos que para muchos, su desaparición sería un alivio. O lo considerarían como un éxito. Está claro que con estos fallos e interferencias, pierde parte de su valor, pero al desaparición sería volver a la oscuridad absoluta. No es que den mucha luz, pero al menos ocupan unos minutos audiovisuales y unos centímetros en el papel o en internet en positivo.

Quizás sea el momento de volver a pensarlos, a analizar con profundidad las categorías, los requisitos para las candidaturas, la metodología de las votaciones, pero de acuerdo con los profesionales en su conjunto. Resumiendo: o se potencian, se apuntalan, se ajustan a lo existente y se hace con apoyo suficientes o creemos que el futuro de los Premios Max está, ahora mismo, en entredicho. Sin más compromiso, desde aquí intentaremos colaborar para que se sigan haciendo y mejoren. No sirve de mucho, porque los problemas graves residen en otros puntos de decisión.