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Vie, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Escribo por la mañana del lunes 18 de junio del año 2018 cuando la radio me informa de los resultados electorales en Colombia y del ingreso en prisión del cuñado del rey de España. Estoy ultimando los detalles para viajar a Sevilla porque esta noche se celebra la gala de entrega de los Premios Max, que representa el evento sobre las artes escénicas más importante, o al menos, el más promocionado, el que tiene más trascendencia y una mayor repercusión relativa en la sociedad. 

Estos premios se organizan desde la Fundación SGAE y tienen en su reglamento un condicionante que conforme pasan los años se convierte en más significativo. Solamente pueden participar aquellos espectáculos creados a partir de miembros de la misma sociedad de gestión que los organiza. En un principio, la inmensa mayoría de los espectáculos de artes escénicas se hacían bajo el amparo de la SGAE, porque era única. Y obligatoria en tiempos del régimen anterior. Unas denuncias y unas sentencias, confirmaron que era una gestora de derechos, no la gestora única. Y a partir de ahí empezó lo que algunos consideran una discriminación, por lo que hay movimientos cada vez más amplios de gente no afiliada a la SGAE, que los ven parciales. No participan el total de los espectáculos estrenados en el Estado español. Esa es una realidad innegable.

Lo he contado varias veces, pero lo repito. He participado en estos Premios en diferentes etapas. Primero cuando otorgábamos un premio Max de la Crítica, algo que se hacía en un pequeño comité de informadores y críticos especializados de Madrid, Barcelona y Euskadi, fundamentalmente. Como hay decenas de premios Max que pormenorizan los gremios que participan en una producción, por lo que se optaban por premiar asuntos tangenciales, periféricos, de gran importancia pero que no entraban en competencia con la producción y exhibición. Eran, por decirlo de alguna manera, unos premios más parecidos a un homenaje, a un reconocimiento, que a un espectáculo en cartelera.

Cuando desde la propia organización se decidió revisar el sistema de votación, que era abierta, previa inscripción, y se optó por una selección in situ, dividiendo en zonas el Estado español con la competencia de unos comités que elaboraban una primera lista que era cribada por otra comisión que dejaba a los tres candidatos a cada premio, para que otra comisión eligiera los ganadores, estuve en dos ocasiones participando en esas comisiones. Después, se cedió el voto a los miembros de la Academia de las Artes Escénicas, y ahí se produjo el desastre, la falta de credibilidad, los resultados eran tan parciales y tan territorialmente mal distribuidos, que fue solamente un año, y se ha vuelto a la fórmula de las comisiones.

Ninguna fórmula es infalible. Todas son criticables. Todas mejorables. Todas pueden ser fruto de la parcialidad de los jurados. Pero después de varias décadas y pese a todos los pesares, estos premios Max son, por desgracia, la única imagen colectiva que dan las artes escénicas a la sociedad. Ignoro de manera fehaciente, el valor de un Premio Max para la vida sobre los escenarios de un espectáculo, una actriz, una productora o un dramaturgo, pero he notado año tras año la desafección de algunas partes de la producción escénica estatal, la ilusión de los emergentes, la discusión entre lo que son y lo que deberían ser.

Sea la calidad que sea la puesta en escena de la gala, de la hora y repercusión de su retransmisión televisiva, insisto, es una de las pocas ocasiones en las que la sociedad en general tiene de acercarse a las Artes Escénicas desde una idea de unión, de fiesta, de reconocimiento, de esperanza, en positivo. Quizás se trate de un acto ilusorio, ilusionista, que disfraza la realidad tozuda, bastante dura y degradada. Creo que se deben mejorar, se deben buscar las posibilidades de que estos premios sean universales, que puedan participar todas las producciones realmente, pero, mientras tanto, seamos un poco, sólo un poco, posibilistas.

Nadie, nunca, en ningún lugar de la tierra puede ver todas las obras, coreografías, performances que se realizan en un territorio concreto, pongamos que España, en sala, calle, infantil, danza y demás posibilidades. Nadie, nunca, ni con todos los vídeos pude verlos todos. Así que debemos confiar en que entre todos somos capaces de hacer el relato más cercano a lo real, y que cada premio se otorga pro decantación entre los que han sido seleccionados.

Sé, porque he asistido a reuniones varias, desde otras instancias e instituciones, que quieren crear unos nuevos premios para que sean mejores y más abiertos que los Max. Es tarea difícil. Por la organización ya existente y hasta por la tradición. Ojalá alguien o algunos sean capaces de cuadrar el círculo y logren que unos premios sean aceptados de manera unánime hasta por los perdedores. 

También sé que nunca, jamás, todos los premiados son los mejores según mis criterios. Son los que se han llevado un Premio Max este año. Y con eso tengo bastante.