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Dom, Sep

Y no es coña | Carlos Gil
Hemos estado en Oporto, en su legendario Festival Internacional de Teatro de Expresión Ibérica FITEI, en un Portugal en estado de depresión económica, campaña electoral y hasta día electoral. La convivencia entre teatro y sociedad se puede entender de muchas maneras. Asistimos a una actuación muy curiosa en una plaza, rodeados de banderas, charangas, gritos, cánticos y eslóganes de un partido con opciones. Son esos momentos en los que se encoje la razón: lo importante, socialmente, eran las elecciones, pero allí estaba una actuación teatral, aislada, contando algo muy especial, y la inmensa mayoría ni se enteró y algunos, simplemente curiosos, miraban, opinaban manifestando su extrañeza y seguían con sus ilusiones partidistas. ¿Cómo es posible convocar, programar simultáneamente esos dos actos tan disímiles?

A raíz de esta circunstancia, y después de pasarnos una jornada debatiendo sobre la incidencia de las revistas especializadas, o la crítica especializada en medios generalistas, sobre los públicos, uno acaba con muchas más preguntas que respuestas, alguna certidumbre nada optimista y muchas ganas de seguir insistiendo en lo fundamental, sin perdernos en emociones y euforias simplistas. ¿Qué lugar ocupa el teatro en la vida social, cultural y política? Esta pregunta no se puede responder solamente desde la teoría, ni desde la información, sino que debe implicar una reflexión política en profundidad, en determinar desde los poderes políticos y transmitirse a los administrativos qué se quiere hacer con la Cultura en primer lugar y después específicamente con las Artes Escénicas, que tiene su singularidad y su relevancia especial.

Tampoco es recomendable (como ahora se hace) dejar a las administraciones y sus funcionarios ágrafos como timoneles de esos barcos fantasmas, sino que debe ser en primer lugar los profesionales, los docentes, las partes implicadas quienes resuelvan, fuera de toda presión de urgencia, las grandes líneas por donde deben transcurrir las acciones. Salirse del gremialismo, pensar en la auténtica necesidad de crear espacios de simbiosis entre creación y sociedad, es decir entre quienes proponen obras de arte y quienes deben ser sus receptores, sostenedores. Para resumir: definir de manera sencilla lo que debe ser la Cultura en los próximos años, de qué forma se incardina en lo cotidiano, qué horizontes se buscan. Todo ello más allá de la situación personal de cada cual. En general, para ir acercando posteriormente estas decisiones a lo concreto, a cada circunstancia.

Si alguna vez se logra definir, aceptar, normalizar fuera de intereses partidistas una idea estatal, autonómica y local, en estas cuestiones, se podrá pensar en qué tipo de formación se requiere, cómo comunicar lo que se hace, quién debe guiar los instrumentos comunes, y cómo se hace para dar a conocer a la sociedad entera la buena nueva de la existencia del Teatro, la Danza, la Música, y todas las otras artes performativas. Y buscar complicidades con la sociedad para que nos acompañen en las aventuras culturales que convivan con las comerciales, mercantiles, que son las que se han apoderado de nuestros escenarios.

Lo que ahora parece existir es un aislamiento, un mundo cerrado, estabulado, protegido de creadores sustentados con las migajas de los presupuestos generales, que no tienen respaldo social, es decir que no tiene un número suficiente de espectadores que lo sustenten, y que pueden encontrar eco en una serie de revistas especializadas, de tiradas minúsculas, que llegan a los mismos creadores o a unos pocos elegidos, cerrando un círculo poco saludable para todas las partes implicadas, y que se juntan de vez en cuando para autoproclamarse mediadores entre los creadores y los públicos, cuando es algo bastante difícil de sustentar con los hechos, con las estadísticas.

Es decir, que debemos aprender todos a debatir, a proponer cuestiones generales, abiertas, que intenten buscar otras vías, otras maneras diferentes de producción, exhibición, distribución, porque, aunque parezca imposible, esto va a empeorar económicamente de manera inminente y provocará cataclismos imparables a no ser que todo el mundo se rearme y se concentre en ocupar el lugar que le corresponde y asuma su importante insignificancia, con humildad aceptar su relativa importancia. Para que la mediación, no sea simplemente una palabra que rima con sifón.