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Vie, Oct

Y no es coña | Carlos Gil

Es pronto para analizar los resultados electorales de Galicia y Euskadi. Lo primero que uno siente es que le aumenta la pesadumbre hasta niveles del colesterol. Que el futuro está todavía más oscuro. Que hay que volver a medir las fuerzas para emprender las acciones inmediatas, las de medio plazo y las otras, esas que anhelamos, dejarlas para momentos de mayor lucidez. No es que se pudiera esperar mucho de unos comicios autonómicos, pero al menos detectar la sensibilidad social ante la situación. Desesperante.

En Euskadi, la campaña ha sido anodina, todo ha ido como por un carril marcado, nadie ha gritado demasiado y la palabra Cultura, o cultura, o Kultura, ha sido, con mucha diferencia, la menos pronunciada, ni para bien ni para mal. Es decir que a nadie le ha interesado mostrar a los posibles votantes qué piensa hacer en este asunto que cada vez más se está convirtiendo en una especie de lujo para unos elegidos, y que los políticos la utilizan para fotos, inversiones inmobiliarias y reclamo turístico. Una vergüenza. Una desazón. Un desaliento. Van a cambiar de gobierno, pero el campo cultural va a seguir estando yermo. Y no nos lo merecemos.

Lo de Galicia, al seguir con mayor impunidad los que ya estaban, los presagios pueden ser del mismo calibre de desazón pero de mucha mayor intensidad si cabe. Todas las quejas sobre las actuaciones pasadas, acaban de ser anuladas por la acción de la ciudadanía la votar. Tienen argumentación para seguir en sus recortes, sus destrucciones de tejido cultural, el derribo de lo poco que se había ido construyendo.

Los dos párrafos anteriores son aplicables a cualquier realidad local, autonómica o estatal. No soplan aires de renovación, ni de pacto. Todo va a ser imposición. Y como existe amplia documentación refranera o de otro rango más científico, Mercartes, programado para el día 14 y 15 de noviembre, ha sido pillado por una huelga general para el día 14, por lo que debe recomponer la figura y trasladarse al 12 y 13 de diciembre. Del mal el menos. Pero un mes de retraso, con una agenda tan complicada, la proximidad de las navidades y un largo etcétera, hace que las energías empleadas para que esta edición de este encuentro sevillano sirviera, al menos, para hacer un poco de piña, tomar alguna decisión contra los ataques ministeriales y de las consejerías, se aplace. Es un designio. Intentemos mantener el espíritu en la misma efervescencia. Seguramente un mes más tarde la situación será peor. Y ya sabremos lo que nos espera para el año próximo, que es lo que nos han dicho antes del 21 de octubre y lo que van a descubrir ahora, pasadas las elecciones, para que nos vayamos enterando de lo que vale un peine neoliberal y un rescate europeo.

Así que insisto, midamos las fuerzas. Pensemos mucho más. La cultura no puede ser autónoma y puramente mercantil, pero tampoco debe ser sumisa y entreguista. Los problemas no son estrictamente económicos, sino plena y profundamente políticos. Las excusas son financieras, las decisiones ideológicas. No hay una solución única ni definitiva. No se puede entablar una batalla suicida, pero tampoco se puede mantener un silencio cómplice o un pactismo pastoril. Hay muchos sectores dentro del sector. Hay intereses culturales por encima de los laborales, sindicales y empresariales. Si defendemos lo cultural, lo demás vendrá por añadidura. Hacerlo al contrario es hacer el juego a los economicistas de pensamiento único. O así me lo parece.

Digeramos los resultados electorales, extrapolemos, lloremos y cantemos con cinismo reconfortante porque estamos más cerca de la solución.