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08
Dom, Dic

Y no es coña | Carlos Gil

A la cartelera madrileña van llegando espectáculos en los que se nota una necesidad de influir en lo que sucede, en acercarse a esta realidad hedienta que nos aprisiona. Quizás todavía sea una tendencia expresada de manera tímida, en cuanto al número y en cuanto a las maneras de ese acercamiento. Y a la vez, van a coincidir en los escenarios del Centro Dramático Nacional, dos trabajos de autores vivos españoles en los que se trata de revisar unos años atrás de nuestra vida social y política, yo no diría de manera contundente que se trata de espectáculos de la memoria histórica sino de la memoria cantada.

Me explico, la Movida madrileña de la mano de Maria Velasco, una joven autora que era una niña cuando eso sucedía, puesta en pie por Jesús Cracio o La Transición a cargo de una obra escrita a cuatro manos por Alfonso Plou y Julio Salvatierra, con dirección bicéfala de Carlos Martín y Santiago Sánchez, nos plantean con intenciones diferentes una mirada a dos momentos históricos que siempre se han despachado con una ligereza poco efectiva, y que ahora, en ambos casos y por cuestiones bien diferentes, vienen a los escenarios de la mano de un recurso ya experimentado: la memoria musical, las canciones o los anuncios de la época retratada y con una utilización de esa banda sentimental o emocional muy diferenciada, en el primer caso para dotarle de una entidad estética muy marcada, y en el segundo como una manera de enlace entre escenas y de hilo conductor.

Esto no es una crítica, sino una reflexión sobre esta coincidencia, y sirve para volver a preguntarse por las razones que ha llevado a la escena española a desentenderse tanto de la memoria histórica, la de verdad, por las dificultades existentes todavía hoy, para realizar un teatro documental, político en términos clásicos, sin miedos, que quede claro el punto de vista. Vemos y no nos cansaremos de repetirlo, como en Chile, Argentina, Uruguay, por poner tres ejemplos cercanos, desde los escenarios se ha pasado factura pública, se ha denunciado las atrocidades, se han marcado las distancias con sus dictaduras, y aquí esto sucede de manera espasmódica, circunstancial, casi anecdótica después de más de treinta y cinco años de desaparecida la figura de Franco.

Este mirara a otro lado, esta renuncia, nos lleva que cuando alguien se acerca se sienta enmarañado en una suerte de angustia vital, en no saber dónde están los límites, y si se va más allá de lo correcto, qué consecuencias pueden tener. Quizás por eso, antes de hablar de política nos dediquemos a cantar, a tirar de nuestra memoria sentimental para que aquellos recuerdos de juventud nos alivien y nos provoquen una nebulosa de memoria ebria, no política, sino conservadora de esas imágenes vividas con ilusiones. Algunos me dicen que ese teatro documento, de incidencia directa en asuntos políticos de gran magnitud no tiene sitio en nuestra sociedad. Que no se quiere recordar. Que las heridas están abiertas. No estoy de acuerdo. Al menos que se intente, que se haga y después veremos sus resultados. Se trata de tomar el pulso a la sociedad sobre su pasado, para entender su presente. Quizás sea una cuestión de volver a hacerse una pregunta simple: ¿para qué sirve el teatro? Según la respuesta mayoritaria entenderemos mejor nuestras carteleras. Quizás el mensaje sea el de Peret: canta y se feliz.