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17
Sáb, Ago

Y no es coña | Carlos Gil

En la mitad del siglo apareció el Teatro Documento, que era una forma de mantener la memoria histórica a partir de la fijación de unos hechos dentro de un proceso dramatúrgico en donde fueran los datos los que contribuyeran a establecer un tejido dramático en el que los personajes debían ser fehacientemente contrastables con su correlato de autenticidad. Es decir, se hablaba con personajes reales, de acontecimientos históricos reales, pero existía un tratamiento teatral, escénico, que le aportaba una verosimilitud a partir de la propia convención teatral.

Estamos hablando de un tiempo en el que la televisión no tenía el uso globalizador actual, en el que las redes sociales no se intuían, en donde el tiempo transcurría a otra velocidad y en el que el teatro, todavía, tenía un valor curricular en la ciudadanía que se ha ido perdiendo, al menos en la sociedad española, de una manera muy evidente. Hoy el teatro no es un acto social, ni cultural, es una opción de diversión, entretenimiento, en el que no se busca una identificación más allá que de pertenencia a una clase o sub-clase, sino que se usa como una manera de evasión, más que de conocimiento.

Probablemente sea fruto de la misma realidad de los medios utilizados para relacionarse con el mundo, del uso de esta reserva ecológica y espiritual del ser humano que son las Artes Escénicas, de su contaminación, de su tendencia a la comercialización de su actividad como única objetivo y a una universalización que no es otra cosa que una disfraz de la colonización ideológica, económica y cultural a través de las franquicias.

Pero esto de traer a este rincón el teatro documento, del teatro y la memoria es porque en Argentina, Chile, Uruguay, entre otros muchos lugares, pero especialmente en sus dramaturgias más actuales, hay una constante incursión de algunos teatristas en su memoria, en su historia reciente. Se ha encontrado una válvula de escape de las dudas provocadas por el relato oficial, en lo contracultural, que subido a escena adopta una fórmula que empieza a ser muy visitada, por lo que podríamos estar entrando en una fase de moda.

Me explico, y resumiendo mucho, Lola Arias ha logrado que hijos de los dos lados enfrentados, los militares y dictadores y los sufrientes militantes de izquierda represaliados, torturados y exiliados, puedan subir a un escenario a contar su realidad, enfrentada democráticamente las otras, desde su propia memoria. Esto, trabajado desde una verdad teatral, con una dramaturgia muy refinada y elaborada, da una obra de arte, que raspa, que enfrenta, que eleva el testimonio a debate, a expurgación, a búsqueda de una paz real, a un perdón o una convivencia sin escollos en pos de una reconciliación definitiva..

Pero cuando la fórmula es usada para contar justo lo contrario, no desde lo individual llegar a lo colectivo, sino desde lo individual trazar una visión familiar aislada, de un tiempo y unas circunstancias, si además se hace con los protagonistas, es decir, pongamos un ejemplo, las abuelas del director, el asunto por muy enternecedor que sea, se coloca en otro territorio más cercano a la autocomplacencia, al costumbrismo, a la poética del recuerdo nostálgico, fijando una memoria estática, parcial, de mesa camilla y no de alcance colectivo.

Entonces se puede sentir una sensación de estar ante un acto demasiado privado, impúdico, en donde lo anecdótico impregna el discurso, una exhibición de asuntos familiares a la que somos incapaces de entrar. Como nos ha sucedido con el trabajo del chileno Ítalo Gallardo visionado en el Festival Hispano de Miami. Un mal gusto en la boca. Ingenuidad, amor de nieto, memoria pequeña que no alcanza una expresión artística lo suficientemente importante como para trascender su localismo.