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Mar, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

Salimos de una semana convulsa, pendientes del espectáculo mediático que sucedía en París. Llegamos a este lunes con la conciencia, la razón, la idea del mundo bastante tocada, comprometida. La Libertad está en juego. Vidas humanas sesgadas de repente, violentamente y de inmediato todos acabamos etiquetados. Manchados de sangre o de suspicacias. Suenan las palabras tabú y se detiene cualquier proceso intelectual. Solamente se puede seguir a la manada, al cornetín o te señalan. No se puede dudar. La duda es considerada como un sedición. Y nos habían enseñado que la duda es el motor de la historia. O de la dramaturgia. O de la política evolutiva.

Mi nombre es Charlie. Sí, no tengo que hacer ningún ejercicio de cinismo, ni de travestismo político. Charlie Gil Zamora, et vous? Pero pertenezco a una generación que hemos sufrido en nuestras carnes todas las intolerancias, todos los actos en contra de la libertad de expresión. Hemos convivido con decisiones políticas que han terminado en cárcel, torturas y hasta muerte. Con secuestros de revistas, cierre violento de periódicos, procesos a periodistas, dibujantes, escritores o pintores. Con actores en el exilio y la cárcel, con procesos militares por desacato. Con demandas por injurias a la bandera, por blasfemia, por meterse con la corona. Y no les quiero contar cuando la censura era textual, física, y hasta simbólica, sé en propia biografía como te cercenaban una frase, un escote o un movimiento porque atentaba contra el régimen instituido. Hoy la censura es económica, de exclusión de los circuitos, pero es de la misma calaña moral. Sí, lo digo con la frente despejada, con las arrugas al viento, je suis Charlie.

Si pudiéramos hacer una abstracción interesada, benéfica, podríamos ponernos en plan de comprensión ecuménica y cinética y pensar que todos los que dice que son Charlie, saben lo que dice. Y que saben lo que significa defender la República. Y que la libertad de expresión es algo que les preocupa. Vale, nos colocamos en esta actitud entre zen y ausente, y preguntamos, muy bien, ¿y ahora qué? ¿Qué hacemos en nuestros escenarios para confirmar en cada representación esa actitud, esa postura solidaria? ¿Podemos ejercer nuestras profesiones con plena libertad de expresión, creación en nuestros ámbitos de residencia social, física o fiscal? ¿Sabían ustedes que en nuestro código penal está contemplada la blasfemia como delito? Pues eso.

Si miro la manifestación de París, me entran escalofríos. Una muestra del transformismo coyuntural, del cinismo político. Allí estaban algunos campeones de la limitación de todas las libertades en los países donde gobiernan. Pero los medios masivos nos han estado bombardeando y vendiendo ese acto como una panacea, como un hito. Lo que a algunos solamente nos activa de nuevo la duda sobre lo que hemos visto y lo que nos han ocultado de todo lo sucedido en París. Y otra vez, la Gran Duda, sobre la función de la Cultura y el Arte. ¿Puede la cultura por sí sola regenerar esta situación de deterioro de los derechos y libertades individuales y colectivas que se está produciendo? Mi postura es de partir de un convencimiento previo: el no intentar cambiar lo establecido que no funciona es contribuir a su mantenimiento, a su perpetuación. Quizás sea muy poco, pero es algo.

Insisto. mi nombre es Charlie, en la solidaridad y en la actitud crítica sobre el mundo que nos rodea, los hombres y mujeres que los habitan y los dioses que lo condicionan. Y esa es una definición del Teatro que considero necesario e importante. El teatro que es un adorno, un entretenimiento, un divertimento alienante es el gran pecado. Estamos tocando el fondo. Estamos tocando fondo. Cada cuál con sus decisiones. Y en esto, la culpa no es del IVA ni del gobierno, sino de la falta de criterios, la ausencia de ideología más allá que la supervivencia hipotecada. No somos lo que decimos que somos, sino lo que hacemos. Yo diría, que hay que ganarse en cada acto diario ser Charlie.