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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor
Alguien con parálisis cerebral desde que era una niña, habla por la radio con voz melodiosa y con una sonrisa que llega a través de las ondas dice: "Si no llega a ser por el amor que me dió mi familia de adopción y por mi amor propio, yo no estaría aquí, haciendo lo que hago."

Escuchar la expresión amor propio dicha con tanto amor sorprende y engancha a la vez, porque pronunciada así, no parece una cosa mala eso del amor propio. Y eso que en nuestro lenguaje habitual siempre va acompañada de un adverbio de cantidad que nos recuerda una y otra vez lo mal que andamos de amor propio la mayoría de los humanos cuando se trata de encontrar su justa medida. Cuando de este tipo de amor tan íntimo se trata, nunca acertamos: o vamos "sobraos" (tiene demasiado amor propio) o nos quedamos cortos (un poco más de amor propio no le vendría nada mal). Sobre el significado del concepto en cuestión, el diccionario define el amor propio como afán de mejora de la propia actuación.

Lo cierto es que ya sea por exceso o por defecto de amor propio, mejorar la propia actuación nunca es tarea fácil para un actor. Llega un momento, además, en el que si se quiere seguir ampliando limites, no hay más remedio que comparecer ante uno mismo. Llegado ese instante, no queda otra que dejar a un lado el cómodo cobijo que aporta el trabajo en grupo y empezar a meter horas en soledad en la sala de ensayo. Y eso cuesta, porque, entre otras cosas, siempre es más sencillo que a uno le digan lo que tiene que hacer.

Así, no resulta raro que toda la fiereza, la determinación, la valentía y la fuerza que parecen acompañarnos cuando trabajamos con más gente o ante alguien que nos dirige, desparezcan cuando uno se ve solo en la sala. Porque ya no hay norte. O mejor dicho, lo que no hay ya es brújula. Y para convertirse en brújula de uno mismo hace falta amor propio de verdad, para darse a uno mismo la potestad de seguir trabajando a pesar de tener dudas o de no saber por donde tirar.

En el caso de los actores que trabajamos con otros actores (en principio la mayoría, ya que por eso es este un arte colectivo entre otras cosas), esto de lograr trabajar solo para mejorar la actuación me recuerda a la situación del fumador o bebedor social. Estas personas solo fuman o ingieren alcohol cuando están acompañadas. Si están solas no lo hacen. Pues así somos también algunos actores. Podríamos denominarnos actores sociales ya que solo nos colocamos acompañados. Eso de hacerlo solos es harina de otro costal.

Quizás, el sentirnos inseguros o incluso ridículos cuando trabajamos solos en sala tenga que ver con el hecho de que el acto teatral precise de dos personas para suceder. Actor y espectador. Cuando se trabaja en grupo o con un director, esos dos roles quedan cubiertos de alguna manera, pero cuando se trabaja solo, la situación es tan extraña que uno se llega a preguntar: ¿Pero qué coño hago yo aquí? Y esa preguntita, aparentemente llana, pone en cuestión hasta el fin mismo de la cosa.

Ante este escenario hace falta una buena dosis de amor propio para dejar de comerse la cabeza y hacer lo que sea que uno haya venido a hacer. Nótese que en este ejemplo que he dado el actor que va a trabajar solo ha conseguido llegar hasta la sala de ensayo, que no es ninguna tontería. Ahora solo tendrá que confiar y tatarear por lo bajito aquello de: A mi me gusta el mole que Soledad me va a moler, a mi me gusta el mole que Soledad me va a moler...