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Vie, Mar

Y no es coña | Carlos Gil

Cuando se huelen los síntomas de la depresión primaveral, antes ese estado poético de enamoramiento y de ensoñaciones, aparecen como subgéneros de nuestra agonía el debate entre lo micro y lo macro, que llevado al terreno cultural nos sitúa en un ejercicio de medición que al ser conceptual es imposible de reglar de manera científica. En días como este lunes fallero en el que vemos el corralito oficialmente instalado en Chipre, el debate sobre la conveniencia de atender lo cercano, local, es decir lo micro, frente a lo global, lo macro tiene un sentido práctico además de filosófico.

Los nuevos lenguajes para difuminar la realidad hablan de "teatros de cercanía", y algunos mantenemos que todos los teatros (edificios) son de cercanía o de lejanía, dependiendo del lugar desde el que venga el espectador. Pero además, un teatro (creación) de cercanía, es necesario, preciso, obligatorio, recomendable, fehacientemente operativo. Y si juntamos ambos conceptos, teatro de cercanía hecho en teatros de cercanía, nos da un sistema micro de una rentabilidad macro.

Si se trata de hacer únicamente números en el campo minado de la economía, entonces debemos tomar otras referencias, pero si se trata de entender la inversión cultural como una apuesta de futuro, si calibramos el valor de uso de lo creado y ofrecido a la sociedad, entonces las variantes son múltiples, y las cifras relativamente micro, son expresiones de una alta rentabilidad cultural, social que a la larga es económica, porque se va creando un ambiente propicio a la autoafirmación, la autoestima, eso que a veces en nuestros desvaríos llamamos felicidad y que en los momentos más zopencos llamamos estado del bienestar.

Lo otro, lo macro, lo que tienen nombres rimbombantes, estructuras descomunales que consumen presupuestos imposibles solamente tiene sentido si es el colofón de una política en donde lo micro está completamente cubierto y en pleno funcionamiento para que exista una masa crítica suficiente como para asumir lo macro orgánicamente y no como una excepcionalidad turística o académica. Una de mis dudas más razonadas desde hace muchos años es la ubicación de salas y teatros. Un caso concreto, el Teatro María Guerrero de Madrid, una de las sedes del Centro Dramático Nacional, en el lugar donde está situado en el mapa madrileño, ¿es un teatro de cercanía? Dicho de otra manera ¿de dónde llegan los diferentes espectadores que ocupan sus butacas? Sí, una estadística nos lo diría mejor, pero la pregunta concreta es sobre si ¿son del barrio, de otros barrios, de la periferia o de fuera de Madrid?

La pregunta sirve para casi todos los teatros y salas del globo terráqueo. Obviamente, el centro urbano atrae, pero el comercio se ha ido a las periferias y parece que están llenas tiendas y bares de franquicia. Algo está cambiando. ¿Sería una aberración intentar poner salas de teatro en los grandes Centros Comerciales? No disparen todavía al pianista. Pensemos un poco.

Pero volviendo al discurso inicial, en estos precisos momentos, me temo que lo que está en peligro es lo micro. Se está descomponiendo, deshilachando el débil tejido social más local. Esos grupos aficionados, que a la vez empujaban a las escuelas o los talleres y que indirectamente le indicaban al programador algunas de sus preferencias. Esos teatros o casas de cultura que demás de las programaciones comerciales del oligopolio daban cabida a las producciones locales, provinciales, regionales. Los talleres y escuelas diseminadas por todo el Estado español que han desaparecido o van a desaparecer por falta de recursos y de alumnado. Y en una gran ciudad conviven lo macro y lo micro. Es más, en las capitales hay mucho micro ocultado por muy poco macro pero muy grandilocuente.

Si nos quedamos solamente con protección para lo macro, seremos mucho más débiles,. Porque lo macro es mucho más dependiente, trabaja en unos presupuestos y estadísticas que corresponden a una lógica de mercado, sin apenas consideración cultural más allá de las declaraciones formales. Y ahí se puede destruir mucho futuro. Lo micro es más flexible, más ágil, más espontáneo, pero también necesita oxígeno para respirar, y en el campo municipal entramos en ese vacío legal de las competencias impropias. Es decir que si se hacen es por voluntad política, no por reglamentación legislativa. Una debilidad muy grande. Y si se cortan programaciones no hay respuesta social suficiente.

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