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Mar, Ago

Y no es coña | Carlos Gil

Los que estamos acostumbrados a la escritura de columnas sabemos que una imagen, una frase, una palabra anotada en una servilleta de papel puede ser el ancla que nos ayude a superar el mayor temporal de todos que es la nada. No tener un asunto de relevancia del que tratar es un vacío que se rellena con oficio, paciencia, oportunismo o retórica. Juntar letras que conformen palabras es fácil, lo que cuesta es que esas palabras lleven a ideas, tengan contenido, discurso, advertencias o memoria.

Pero en situaciones tan volátiles como las actuales, en donde la inoperancia política provoca tanta inestabilidad por culpa de la corrupción y la falta de idearios fundamentales tanto en la banda que parece retirarse como con los meritorios que nunca parecen llegar hace que en el interín sobrevivan todas las miserias arrastradas en los ámbitos culturales y muy específicamente de los referidos a las artes escénicas. La inercia suple a las intenciones, el enroque, tierra quemada, hechos consumados y otro año perdido.

Asistir al bochornoso espectáculo que el equipo de Celia Mayer está dando en el ayuntamiento de Madrid es todo gratificante. Nadie sabe si sigue en su sitio, si Santi Eraso ha realizado un plan estratégico, si van a convocar plazas de dirección de los espacios, si han consultado a alguien más que a los suyos. Porque el drama no es que esta señora que está ahí de rebote tenga capacidad o no para el cargo, que ella misma lo pone en duda día a día, sino que llegaron sin tener una idea clara, sin preocuparse de la Cultura, la Kultura, la cultura como algo de primera necesidad, algo importante y no solamente por incorporar los discursos venenosos de que es una fuente de ingresos para la rstauración, que los museos atraen turistas, sino porque la ciudadanía debe recibir una cultura de calidad, fuera de las tensiones mercantiles y de los idearios reaccionarios y alienantes que son los preponderantes en ciertos escenarios y, sobre todo, en el sustituto de todo eso en nuestras vidas que es la televisión.

La alcaldesa Manuela Carmena se refirió con un maternalismo, una bondad de amiga a su Delegada de Cultura que además de producirme ternura, me provocó un cabreo absoluto. No se hubiera tratado así si estos "errores" hubieran sido en otro tipo de concejalía. Es subvalorar la importancia de la Cultura, y se hace desde un pensamiento de desprecio involuntario a su categoría a su valor esencial. No se puede jugar con la Cultura porque puede ser el último lugar desde donde empezar la regeneración política, donde atajar el deterioro de valores en nuestras sociedades. Si se valora adecuadamente el bien común cultural, ambicioso, democrático, de transmitir valores más allá del oportunismo y el mercantilismo, tenemos posibilidad de salvación. De lo contrario todo se desmoronará.

Por eso duele que no se escuche a ninguno de los supuestos dirigentes políticos en almoneda hablar de la cultura. La barata demagogia de Pedro Sánchez de reunirse con los empresarios de las industrias culturales para hablar del IVA es un signo de que no va a existir cambio alguno. Todo su documento de propuestas son culturalmente inanes, retóricas, funcionariales, sin ningúna proyección social, ni un plan de recuperar el sentido de lo cultural como eje de la reconstrucción de valores sociales e individuales. Si la cultura se mira solamente desde el lugar de los que viven de ella, mal vamos. La cultura es de todos, de quienes la hacen y de quienes la aman, la disfrutan. Vale, me rebajo a decir hasta de quienes la consumen, pero por estas palabras es por donde se nos van todos los objetivos de grandeza.

Nos quedaremos otra vez en algo pequeño, utilitario, algunos se harán ricos a costa de los presupuestos del estado, pero las programaciones, las mejores programaciones de nuestras carteleras, son poco, muy poco, en su conjunto. Los teatros institucionales no cumplen su misión, y de ahí para abajo todo es orégano.

No sé si se está a tiempo de emprender alguna acción que cambie este rumbo. Pero sería necesario que llegara alguien con poder político e inteligencia cultural para marcar algunas pautas. Mientras va llegando la luz, el tuerto es rey.